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jueves, 13 de enero de 2011

Tío Enrique

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por Roberto Fontanarrosa



Me gusta Rosario cuando llega el invierno. Cuando caen las primeras nevadas y por el Paraná bajan los grandes bloques de hielo. De chico, yo subía a la terraza de mi casa, me trepaba a un pilar y desde allí veía, entre algunos edificios, pedazos del río y el rayón verde de la isla. Y también divisaba los hielos, derivando aguas abajo de la misma forma en que lo hacían los camalotes durante el verano. Quintina decía haber visto animales sobre aquellos témpanos. Monos, pecaríes y hasta víboras, pero no se le podía creer mucho porque ella era muy fantasiosa a pesar de su simpleza. Lo cierto es que yo había visto una familia de paraguayos bajando en un camalote y Eduardito contaba que una vez venía una lampalahua comiéndose un chancho arriba de uno de esos hielos.
Lo que a mí me encantaba era mirar la llegada del hidroavión. Yo sabía que llegaba a Rosario a eso de las cinco de la tarde y me escapaba hacia la terraza. Acuatizaba muy cerca de la zona donde yo vivía (Catamarca y Corrientes, el Edificio Dominicis) y entonces se lo podía ver, próximo y brillante, metálico, como si ya viniera mojado. Era un aparato panzón, hermoso, y se divisaba bajo las alas --y entre los dos inmensos flotadores-- la fila de ventanitas. Incluso a veces llegaban a verse los rostros levemente despavoridos de los pasajeros, aún no muy acostumbrados a aquellas aventuras. El hidroavión descendía y yo no lo veía tocar el agua porque ya me lo tapaban los edificios. Y eso que aterrizaba bastante antes de la Estación Fluvial porque, en aquellos tiempos, toda la zona frente a la estación estaba ocupada por la actividad increíble de las dársenas. Estoy hablando, por supuesto, de antes de que los porteños nos robaran el puerto. Mi viejo me llevaba muchas veces a visitar el puerto. No se permitía entrar. Siempre había un marinero de guardia pero mi viejo le decía un par de cosas, muy suelto, canchero, y el marinero nos facilitaba la entrada. De allí en más crecía un bosque de mástiles y de torretas de los barcos y, dejando el auto (un Fiat Balilla, negro), empezábamos a recorrer los depósitos y los galpones entre la multitud de gente. Aquello era una sinfonía de razas y de colores. Había marinos rubios y colorados, de pelo casi blanco algunos, muy atildados que llegaban de los vapores de ultramar europeos. Había hindúes, con sus turbantes y taparrabos. Chinos, malayos, que bajaban de sus praos procurando conseguir perros para comer (decía Quintina que tía Lilia les había vendido el "Batuque" cuando ya estaba viejo). Había árabes que siempre parecían pelearse por su forma aparatosa de conversar. Y había negros, gigantescos algunos, llegados desde Africa en galeones o esquifes que, en ocasiones, procuraban escapar solicitando trabajo en la construcción del Monumento a la Bandera (el primero, el que no se terminó). Todo eso le daba al lugar una algarabía, una vitalidad y una atmósfera formidable. Los gritos, las órdenes, el azote de las velas al desplegarse, los mil idiomas diferentes, las corridas de los marineros franceses cruzando el boulevard costanero para cambiar divisas en el Sunderland o en el Wembley. El rezongar de los animales, que también los había. Estaban los enormes caballos de la Policía Montada con sus jinetes de uniforme azul que los hacían caracolear entre los bultos y los cajones descargados procurando evitar robos y fundamentalmente peleas, entre los balleneros nórdicos y los atuneros de El Callao, que bajaban siempre absolutamente borrachos con agua de alcanfor. Y había chivos, camélidos, jaulas repletas de loros, guacamayos y monos amazónicos. Hasta una jirafa ví un día, algo absorta, como espantada por todo aquel caótico mundo que la rodeaba. Y los jueves (porque aquel día fue un jueves) se cruzaban desde la isla los charrúas a vender sus pieles de nutria y de manatí. Llegaban con sus chalupas gambeteando la multitud de falúas, bajeles, balsas y monitores hasta amarrar bien enfrente del espigón de madera del Náutico, donde ya los esperaban grupos de comerciantes, ávidos por adquirirles de todo, incluso artesanías. Antes, me contaba mi viejo, los charrúas venían casi desde la zona de Victoria (carpincheros, más que nada) pero habían sido muy corridos por los "ajeros", vendedores de ajo, rosarinos que recorrían los esteros en pequeños grupos trashumantes, muy agresivos y rencorosos desde que fueran expulsados del Circo Criollo. Después, con los años, lamentablemente los charrúas fueron cada vez más y más hostigados hasta que terminaron, unos pocos, fundando un club de fútbol, en la zona de Tablada. Pero aquel jueves volví a recuperar, por sobre todas las cosas, le impresión que me causaban los olores de esos indios. Relucían sus pieles curtidas bajo el baño de sudor (venían remando desde El Embudo) y resaltaban, nítidos, los tatuajes primitivos que reproducían sábalos, manduvíes y viejas del agua sobre pechos y muslos. Había uno de ellos, recuerdo, que me impresionó porque lucía en la espalda el esquema completo del sistema nervioso de un surubí, lo que demostraba hasta qué punto conocían aquellos salvajes la fauna del territorio. Pero el aroma era fuerte. Ellos embadurnaban sus cuerpos con grasa de boga macho para adquirir un olor familiar al de su presa predilecta ("bogueros" solían llamarlos antiguamente los querandíes), o bien con la sustancia que sacaban de una glándula suprarrenal que tienen las tarariras tras las agallas y que (según los zoólogos) les trae buena suerte a dichos peces. Era un olor penetrante, que aún hoy llevo instalado en las narices y que prevalecía sobre las mixturas a sorgo híbrido, a canela, a coco, pimentón, almizcle, alcanfor, láudano, bosta de caballo y goma quemada. Yo nunca me había acercado mucho a los charrúas, en parte porque de inmediato se arremolinaban en torno a ellos docenas de comerciantes procurando esquilmarlos y en parte porque mi padre tenía cierto recelo hacia esas criaturas (se hablaba de que habían dado muerte en la isla a fines de la centuria, a un abuelo de Candiotti, el famoso nadador de aguas abiertas). Pero ese día estaba tío Enrique con nosotros, y tío Enrique era policía. No policía de uniforme, si no detective, lo que lo hacía más interesante. Era un par de días antes de Navidad, fecha que siempre me ponía muy alegre y expectante, y yo con mi viejo y mi tío, nos estábamos encargando de las compras para las fiestas. El tío incluso me había prometido que si había llegado algún vapor desde el Kuomintang (Pekín) podría comprarme petardos y fuegos de artificios, dado que en eso los chinos eran verdaderos maestros. Pero el real motivo de nuestra visita al puerto era muy otro. Ya mi viejo había apalabrado a los charrúas para que nos trajeran un chancho jabalí, cosa de hacerlo al horno para la Nochebuena. Tío Enrique era un personaje casi mitológico en mi casa, especialmente porque aparecía muy de vez en cuando. Cuando venía, al llegar nomás, sacaba de abajo del saco un revólver gigantesco y se lo entregaba a mi madre, casi oculto, para que lo tuviera alejado de los chicos. Vestía siempre camisa blanca abierta, sin corbata, saco marrón y bombachas grises. Botas también, porque andaba mucho por zonas rurales y solía ocuparse de casos de abigeato. Manejaba un antiguo Ford --de los llamados "a bigote"-- y en él ese día nos fuimos para el puerto a buscar el chancho, programa que me encantaba compartir. Aquel jueves, sin embargo, tío Enrique me sorprendió al llegar a casa, no solo porque no le entregó el revólver a mi vieja, si no porque me preguntó algo.
-- ¿Tenés una lupa, Negrito? --me dijo--. Yo, sin decir nada, fuí a buscar mi lupa, la de la escuela, de plástico, que se prolongaba en un reglita de diez centímetros y, como tenía punta, podía hacer las veces de cortapapeles.
-- ¿Y la tuya, Enrique? --escuché que preguntaba mi viejo.
-- ¿La de la repartición? Sabés que pasa, Berto... la llevé a arreglar a Lutz Ferrando. Se descalibran las lupas. Y más con este clima puto de Rosario. Húmedo. Pierden balance. Uno empieza a ver cualquier cosa.
-- ¿No será que andás mal de la vista, Enrique?
-- Tu abuela, che ¿Encontraste o no encontraste esa porquería, m'hijito? --me gritó.
Yo ya llegaba con la lupa, que había quedado debajo de la mesa del patio, donde la había instalado procurando incinerar un cascarudo con ayuda de los rayos del sol. Tío Enrique se guardó la lupa sin decir ni gracias en un bolsillo interno del saco. Tenía al cuello un pañuelo rojo, me acuerdo.
Rato después estábamos en su auto --capota de lona blanca, muy maltrecha, ventanillas de mica-- rumbo al puerto. Me gustaba salir con mi viejo. Y él, cuando podía, me llevaba. "La vida está en la calle" repetía, justificando tal vez su escasa afición a quedarse en casa. Bajando por Laprida, rumbo a la Aduana, aquello ya era un caos de gente, coches y carromatos. No solo era el día de Navidad, si no que además, se hallaba surto en el puerto el acorazado norteamericano Maine (que tiempo después hallara trágico final en La Habana) escoltado por los avisos argentinos King y Murature, que ya desde esa época insistían con sus visitas a la Capital de los Cereales. A veinte, treinta, cuadras del puerto podía verse a los jóvenes marinos yankis, con el vivo rojo y blanco ribeteando sus gorras, erráticos por las calles, averiguando dónde quedaba el barrio de Pichincha, comprando empanadas turcas, preguntando por el Parque Independencia con la intención de ir a conocer la Isla de los Monos. Una multitud de curiosos, mujeres alborotadas por la presencia de los embarcados extranjeros con sus vistosos uniformes, desocupados, quinieleros y vendedores ambulantes, circulaba también por la bajada de la calle Buenos Aires, dificultando el andar de nuestro coche que prácticamente debía marchar a paso de hombre ante las puteadas torrenciales de tío Enrique, que alardeaba de mal hablado. Primero compramos unas barras de hielo que, envueltas en arpillera, metimos en el baúl. Sidra, también. Vino blanco. Frutas, a los isleros que llegaban desde El Puntazo, el villorio lacustre que se levantaba donde ahora están las Cuatro Bocas y que se llevó entero la gran creciente del año 52. Después ubicamos a nuestros charrúas y cargamos el chancho jabalí --envuelto en papel de diario-- en el asiento de atrás del auto, lo que me dejaba apenas un resquicio para sentarme. Resoplando por el esfuerzo, tratando de disimular la agitación, tío Enrique se metió en el coche y preguntó a mi viejo.
-- ¿Ya tenemos todo?
-- Tenemos que pasar por lo de Mecha.
-- ¿Por lo de Mecha y Celita?
-- Sí. Hacen el vitel tonné. El que hacen siempre.
Enrique miró a mi padre, frunciendo el ceño más de lo habitual.
-- ¿Y el turrón y esas cosas? --se interesó.
-- Las trae Elvira.
-- ¿Viene Elvira? ¿No estaba peleada con Eloy?
-- Vos sabés cómo son.
-- Puteríos de mujeres.
Enrique empezó trabajosamente a maniobrar el auto para sacarlo de aquel marasmo de gente y carromatos. Había en la rada un vapor belga, recuerdo, que venía cargado de guano, desde las islas guaneras del Perú, en el Pacífico. Ese olor, mezclado con todas las otras esencias fuertes de frutas y pescado podrido, hacían el aire levemente irrespirable. Personas grandes o los mismos marinos orientales, circulaban con la nariz y la boca tapadas por un barbijo.
-- Lo que hace el sitio más peligroso --puntualizó tío Enrique, recuperando su espíritu de policía--, jodido cuando la gente no anda a cara descubierta. Es como en los corsos, que deberían prohibirse. Antes de ayer, nomás, acá, un filipino tajeó a otro, por una cuestión de monedas. Y nadie pudo verle la cara.
Se prendió a la bocina, un poco harto sin duda por la multitud.
-- Me va a venir bien pasar por lo de Mecha --dijo como para sí.
-- ¿Por qué? --preguntó mi viejo, que le gustaba charlarlo.
-- ¿Eso queda por Callao y Urquiza, no?
-- Sí.
-- Ando en un caso... --anunció en su estilo un poco misterioso Enrique.
-- ¿Un caso? --se asombró mi viejo-- ¿Mecha y Celita están metidas en un caso?
-- ¡Qué van a estar metidas esas viejas chotas! --se rió el tío--. En lo único que pueden estar metidas es en la búsqueda de algún negro que les saque las telarañas... --se fue frenando en su ímpetu, tal vez consciente de mi presencia-- ... de la cotorra.
Mi viejo, su brazo izquierdo extendido por detrás de la espalda de Enrique, se volvió hacia mí y me guiñó un ojo.
Enrique hizo un vaivén con la cabeza hacia atrás, sin apartar los ojos de la calle.
-- Acá... el Negrito... --indagó.
-- No... --sonrió mi viejo-- el Negrito ya sabe todo-- volvió a guiñarme un ojo.
-- ¿Ya sabe, no?
-- En la escuela... ¿viste? Los pibes de ahora...
Sentí en ellos la complicidad para conmigo y volvió a inundarme un sentimiento de felicidad. Estaba compartiendo un programa de hombres.
-- ¿Qué caso? --la siguió mi viejo--. ¿Seguís con el asunto del robo del puerto?
-- Me sacaron, Berto --sonó serio lo de Enrique--. Me sacaron. Y... era claro. Yo ya tenía todas las conclusiones al alcance de mi mano. Son los porteños, Berto ¿quién no lo sabe? Los porteños que nos están robando el puerto.
Se quedó un momento en silencio, incluso pareció que no iba a hablar más del asunto, protegiéndose en la reserva profesional.
-- El mes pasado descubrí un galpón --continuó, sin embargo--. Un galpón, en Dársena 8, con un silo entero, desarmado, que se lo estaban por llevar para Buenos Aires. Mirá vos. Un silo entero. Y las grúas, bueno... las grúas están desapareciendo de a poco. Viste que tienen rieles, se desplazan sobre rieles de barco en barco. Bueno. De noche, empalman esos rieles con los de "El Porteño" y allá van las grúas, rumbo al puerto de Buenos Aires. Yo las ví, Berto. Y ahí fue donde me sacaron, me pasaron a otro caso.
Esta vez, sí, tío Enrique se llamó a silencio. Seguimos un rato sin que nadie hablara. Sólo Enrique silbaba entre dientes.
-- Che --preguntó de pronto-- ¿pacú no compramos?
-- No llega, Enrique. No sé por qué ya no baja desde Santa Fe. Dicen que se asusta con el ruido del puente colgante.
-- La puta madre que los reparió. Están haciendo cagar todo con este asunto de los adelantos técnicos y todas esas pelotudeces.
-- Te confieso que a mí mucho no me gusta. Muy grasoso.
-- Eso sí. Pesado. Después te tirás unos pedos que te queman la puerta del ojete. Los pelos del culo se te chamuscan.
Era el mejor el tío Enrique. El mal hablado. El que había originado una diversión entre mis primos y yo: jugar al tío Enrique. Nos escondíamos tras alguna pared lejana y decíamos malas palabras. Pero el tema del pacú era cierto, se estaba acabando. Aquel pescado casi circular, chato y oscuro, al que llamaban por la virtud de su carne "el conejo de río", ya no llegaba a nuestras aguas, poniendo fin a la costumbre navideña de servirlo en la fuente central acompañado con moras calientes, mamón y batata. El tradicional "Pacú de Navidad" que publicitaba en el diario la Casa Pompeo, tocaba ya a su fin.
A la casa de Mecha y Celita se accedía por un largo pasillo luego de pasar por un puerta estrecha de metal pintada de verde. Tras tocar un par de timbrazos anunciando nuestra presencia caminamos por el pasillo con Enrique a la cabeza, golpeando las manos, ruidoso, al estilo campo. Nos abrieron la puerta un par de viejas, no mucho más viejas que Enrique, que hicieron el consabido escándalo de fingido asombro y de reproches.
-- ¡Qué milagro que vengan por acá! --graznó Celita, toda de negro, por supuesto--. Parece que al fin se acuerdan de las viejas.
-- ¡Qué bien te veo, Celia! --mintió ostensiblemente tío Enrique-- ¡Siempre guapa, carajo!
-- Si no es para estas fechas, ni por teléfono la llaman a una. ¡Mecha, vení, mirá quién vino!
Por la galería llena de plantas llegó Mercedes, rengueando.
-- Va a caer piedra, Celita --se anotó Mecha-- nos vienen a visitar.
-- Puede ser que cuando Dios nos lleve se acerquen para el velorio --Celia era ácida.
-- Si ustedes dos nos van a enterrar a todos --dijo mi viejo, riendo.
-- Vos también estás muy bien --Enrique le dió un beso a Mercedes--. No me extrañaría que tengas algún bombero correntino que te caliente los pies.
Mecha se escandalizó, o fingió hacerlo, pero de inmediato la actitud de ambas cambió al descubrirme. Tuve que soportar los habituales apretujones, los aromas a polvo para la cara, a perfume dulzón, una reminiscencia a orines. Celia se volvió hacia la cocina. La casa era en un centro de manzana, amplia, con un gran jardín bastante descuidado, con árboles frutales, quinotos, damascos, y una fuente ornamental chiquita, revestida con pedacitos de azulejos blancos y azules. Mientras Mercedes nos contó su última operación, un alto apenas en su paciente espera a que el señor se la llevase consigo. Pronto volvió Celia con una gran bandeja cubierta prolijamente con papel manteca. Se la dió a mi viejo y mi viejo la llevó hasta el auto, por el largo pasillo.
-- Decime, Mecha... --Enrique frunció los labios como degustando algo y entrecerró los ojos-- ¿tiempo atrás vos no me dijiste que habías encontrado algo en el jardín?
-- Ah, sí. El túnel. Pero hace mucho.
-- Cuando te llamé por lo de Victorio.
-- Cuando me llamaste por lo de Victorio, pobrecito.
-- Porque si no es por una desgracia a nosotras no nos llama nadie, Enrique, es como si no existiéramos para la familia --terció vindicatoria Mecha.
-- ¿Cómo fué eso? --no le dió bola Enrique.
-- Le dijimos a don Campos que nos enterrara el tero --siguió Celia--. ¿Te acordás de don Campos? El señor que nos mantiene esto más o menos en orden --señaló el jardín.
-- Porque nosotras ya no podemos hacer nada --volvió a la carga Mecha--. Yo estoy loca con lo de mi cadera.
-- ¿Y te acordás que teníamos un tero? --dijo Celia. Enrique aprobó con la cabeza.
-- Te lo traje yo.
-- Nos lo trajiste vos. Muy guardián. Hasta a los gatos los sacaba cortitos --informó Mecha.
-- Bueno, se nos murió. Y le dijimos a don Campos que lo enterrara. En este mismo jardín también hay enterrados un par de perros. No sé si te acordás del Capitán. Y un gallo, el Heráclito, que se murió de moquillo.
-- Me acuerdo.
-- Bueno. Y cuando don Campos va a enterrar el tero, hace un pozo y se encuentra con algo duro. Sigue cavando y no va y encuentra la bóveda de un túnel. La rompió y entró al túnel y todo.
-- Con los años que tiene, fijate vos, Enrique. Si vieras que ágil, este hombre --añadió Mecha.
-- Y era nomás un túnel --siguió Celia--. Vaya a saber dónde iba. Yo le dije inmediatamente que lo tapara. No fuera a ser que se entere la Municipalidad y por ahí lo quieren declarar lugar histórico y te expropian el jardín.
-- Además --Celia no aflojaba--, no te permiten construir nada, Enrique. Vos querés sembrar coliflores y por ahí te lo prohiben.
-- O hacer de nuevo el gallinero, sin ir más lejos.
-- ¿Y lo taparon, nomás? --preguntó Enrique.
-- Por arriba, apenas --Celia señaló hacia el fondo y se encaminó hacia allí--. Le pusimos unas chapas para taparlo. Porque quedó el pozo. No vaya a ser que pase alguno, se caiga y se quiebre una pierna.
-- Yo, por ejemplo --se condolió Mecha--. Que casi no veo. No veo, Enrique.
-- ¿Vamos a verlo? --propuso Enrique.
-- Le habíamos dicho a don Campos que lo tapara con tierra --explicó Celia mientras caminábamos sobre un césped bastante alto--. Pero el pobre no sé qué peste se agarró y hace como dos meses que no aparece.
Llegamos atrás de un mandarino, casi junto a la medianera y vimos las chapas sobre el piso. Y tierra removida. Enrique, con la decisión propia de su oficio, apartó las chapas y quedó a la vista el pozo, la bóveda rota de ladrillos y la oscuridad.
-- Vení, Berto --ordenó Enrique--, acompañame.
Mi viejo dudó un instante.
-- ¿Tenés algo que hacer? --insistió Enrique.
-- No. Nada.
-- Vamos, entonces. Vení, Negrito.
Nos descolgamos dentro del pozo guiados por la luz de una linterna que sacó Enrique de quién sabe dónde. Era un túnel casi cilíndrico, de ladrillos, muy oscuro, donde el aire estaba fresco y olía terriblemente a humedad.
-- ¡Cierren nomás, Celita! --gritó Enrique hacia arriba--. ¡Cierren que nosotros salimos por el otro lado!
Ni esperó a recibir alguna respuesta. Muy decidido empezó a caminar por el túnel, iluminándose con la linterna, con nosotros atrás, como si estuviera en la calle Córdoba.
-- Ojo abajo --me alertó mi viejo, dándose vuelta--. Sacáte las manos de los bolsillos. El hombre que anda en la calle no puede ir con las manos en los bolsillos. Siempre una por lo menos afuera. Por si uno se cae, se tropieza. Ponés la mano y te protegés la cara, no te cagás de un golpe. Hay que saber caer. Hay que estar siempre atento.
-- Está lleno de estos túneles, Berto --llegó la voz de tío Enrique desde adelante, su silueta recortada por el haz de luz de la linterna--. No se puede creer la cantidad que hay. Toda la base de la ciudad está perforada por un laberinto de túneles que viene del puerto. Algún día se va a derrumbar todo, te garanto.
-- Había sentido hablar. Pero no creía que era tanto --dijo mi viejo.
-- El contrabando, ¿sabés? Han hecho túneles para todos lados. Algunos salen en Funes, fijate lo que te digo. Y éste, estoy casi seguro, es el que empalma con el que viene desde el Palacio de Justicia.
-- ¿Y adónde va? --dijo mi viejo, posiblemente algo inquieto.
-- A Pichincha, querido, ¿adónde va a ir? Te imaginás que los jueces no pueden mostrarse muy públicamente yendo al quilombo. Hay otro túnel, incluso, que termina debajo del escenario del teatro Colón, el de Corrientes y Urquiza. Lo usó el gran Caruso, cuando llegó en balsa desde Paraná, para rajarle a la gente.
Habremos caminado unos veinte minutos. Aparecieron luego unas pequeñas luces en el techo del túnel y finalmente, en uno de sus costados, una puerta pequeña metálica, herrumbrada. Enrique se apoyó en ella, trató de abrirla y luego, ante la impotencia de hacerlo, golpeó un par de veces.
-- Ya vas a ver --lo tranquilizó a mi viejo, mientras esperábamos. Por fin nos abrió la puerta una señora gorda, cincuentona, muy pintada.
-- Qué haces, Norma, cómo te va --dijo Enrique mientras pasábamos.
-- Subcomisario, qué sorpresa --se sonrió forzadamente la mujer mientras se ponía una mano en el pecho--. Los escuché de casualidad, porque bajé a buscar una botella de agua de Javel. Si no, no los escuchaba. No es horario habitual para que venga gente.
Estábamos en un sótano escasamente iluminado. Por una banderola minúscula entraba la luz del mediodía.
-- ¿Está la Polaca? --preguntó Enrique mientras subíamos por una escalera de cemento.
-- Está durmiendo. Terminó tarde anoche.
-- ¿Por qué no le decís que se despierte? Quisiera hablar un par de cosas con ella.
Norma se volvió para mirarlo.
-- ¿Es por lo del abogado?
Enrique no contestó. Habíamos llegado arriba y estábamos en un vestíbulo amplio, bastante bien puesto, con sillones. Enrique se derrumbó en uno de ellos. Yo me apoyé en el posabrazos de otro. Mi viejo imitó al tío.
-- Andá a buscarla. Haceme la caridad, Normita --repitió Enrique. La mujer desapareció por una puerta. Había olor a guiso. Enrique se tocó la punta de una bota, con esfuerzo.
-- La puta que lo parió con esta humedad de mierda --dijo--. Cuando se pone así, tengo un sobrehueso que vos no sabés lo que me jode, Berto. Tendría que operarme.
-- Y operate --aconsejó mi viejo, con el tono de voz bajo clásico de quien está en una casa que no conoce.
-- Tu abuela me voy a operar. A mí no me agarran esos matarifes.
Apareció la polaca, precedida por el cacheteo acompasado de sus pantuflas sobre el mosaico. Era notorio que se había puesto encima un vestidito liviano a las disparadas y todavía se seguía arreglando con las manos el pelo casi rojo. Era grandota y muy blanca. No podía decirse que fuera linda. Impresionaba, más bien. No esbozó ni una sonrisa al saludar.
-- ¿Qué hacés, Susana? --Enrique, en un impensado gesto caballeresco, se puso de pie y mi viejo lo acompañó--. Se me hace que recién te levantás.
-- Así es --la que se sentó ahora fue Susana, sin mucho estilo, casi zanguanga--. Estuve cantando hasta tarde anoche, casi las cinco.
Enrique se volvió a sentar.
-- ¿Siempre acá? --señaló con el pulgar--. ¿En el Panamerican?
-- Siempre ahí --Susana había sacado un cigarrillo con velocidad de prestidigitador y agitó la cabeza un par de veces más acomodando el cabello--. Me hablaron de otras partes. Me quisieron llevar a Buenos Aires. Desde Asunción también. Pero prefiero quedarme. Estoy cansada.
-- También, acordate, no podés salir del país.
-- ¿Por lo del abogado?
Enrique asintió con la cabeza. Susana exhaló por la nariz.
-- Se va a solucionar pronto --dijo.
-- De eso quería hablarte.
-- ¿De eso? --Susana se quedó mirando a Enrique--. Vamos a mi pieza --invitó. Otra vez todos de pie.
-- Vengan --dijo Susana. Mi viejo se retrajo un tanto, negó con la cabeza.
-- Nosotros esperamos acá, Enrique --dijo.
-- No, vení. Vení Negrito, --me incluyó-- es cosa de un minuto.
Seguimos a la polaca y a Enrique. Pasamos por un patio largo y estrecho. Subimos a un altillo. Susana tenía una habitación grande, arreglada minuciosamente con muchos mantelitos bordados y muñecas de porcelana. Ella se tiró en la cama, tío Enrique se sentó en la única silla. Mi viejo y yo nos apoyamos en una alacena. Enrique no perdió tiempo.
-- ¿Sabés que al abogado lo mató un tal Genovese?
-- Leí. Leí en el diario --dijo Susana.
-- ¿Lo conocías? ¿Conocías a ese Genovese?
Susana, casi recostada en la almohada alta, negó con la cabeza.
-- No. No lo conocía.
-- ¿No lo habías visto nunca con el abogado?
-- No. No lo había visto --pensó un momento, pellizcándose el labio inferior--. O creo que no lo había visto. Se imagina que después de tantos años, cuatro años... Eugenio me presentó a tanta gente que... es difícil acordarse de todos.
-- Me imagino.
-- Es como si me acordara de todos los que pasan por el Panamerican. O de todos los que vienen a saludarme al camarín.
-- Este es un morocho, alto, de Venado Tuerto, un comisionista de bolsa, de bigotes, buen pelotari.
Susana se encogió de hombros.
-- Por ahí lo conocí, no recuerdo.
-- ¿El abogado nunca lo trajo acá?
-- ¿Acá? No. Acá incluso veníamos muy poco con Eugenio. Usted sabe que Norma es muy celosa en esas cosas, con el prestigio de la pensión. Con Eugenio me permitía, porque sentía una gran admiración por él. Un hombre de leyes, decía. Y aparte porque Eugenio podía llegar a ayudarla en algún momento. Usted sabe que siempre hay problemas con los impuestos. Pero ya que Eugenio viniera con otro... muy difícil.
-- Sin embargo... --tío Enrique hizo una pausa, algo teatral-- supe que antes de anoche vino alguien a visitarte. Y era un hombre.
Susana se sobresaltó. Luego afirmó con la cabeza.
-- Mi hermano --dijo--. Vino mi hermano desde Las Varillas. Cuando supo lo de Eugenio vino a verme para saber cómo estaba --hizo un silencio--. Yo había ido un par de veces con Eugenio a mi casa, a visitar a mis padres. Lo querían mucho.
Tío Enrique miraba hacia abajo. Había sacado de un bolsillo un pedazo de papel y lo hacía girar entre sus dedos. Advertí que era uno de esos formularios donde se registran las huellas dactilares. Lo volvió a guardar en un bolsillo.
-- Tengo que hacer una comprobación, Susana --dijo de pronto, cortante, poniéndose de pie. Susana lo miró, seria.
-- Por favor, parate --ordenó tío Enrique-- y ponete acá delante, debajo de la luz.
Susana obedeció, levemente demudada. Caminó hasta Enrique y se detuvo a solo veinte centímetros de él, bajo el haz de luz de la lámpara que colgaba del techo. Enrique comenzó a estudiarle la piel de la frente, entrecerrando los ojos, silbando entre dientes, las manos en los bolsillos, balanceándose apenas hacia atrás y hacia adelante. Estudió las mejillas de Susana, la piel blanca y tirante a los costados de la nariz. De pronto, Enrique sacó mi lupa, la limpió con la falda de su saco y comenzó a escrutar el rostro de Susana a través del lente de aumento. Fruncía los labios y canturreaba. Detuvo un instante la inspección sobre el largo cuello de la mujer.
-- Por aquí anduvo gente --musitó.
-- ¿Co... cómo? --vaciló Susana, la mirada en alto, en algún punto del empapelado floreado.
-- Se notan claramente las huellas dactilares --dijo Enrique.
-- Serán mías. Estuve algo afónica. Me cuido para cantar.
Enrique dobló un poco las rodillas y depositó su atención sobre la zona de las clavículas. Chistó dos o tres veces, como quien azuza a un caballo, negando.
-- No son huellas tuyas, querida. Es huella de hombre. Se acumulan en esta parte. Y bajan.
Susana tragó saliva.
-- Hará cosa de dos días --murmuró tío Enrique--. Un hombre solo. Dedo de yema ancha. Las huellas se pierden hacia abajo...
Los hombros de la polaca se sacudieron. Meneó la cabeza. Parecía que se desarmaba.
-- No puede ser --lloriqueó--, no puede ser.
-- Y fijáte vos... --Enrique, sin dejar de sostener la lupa con su mano derecha, sacó el papel con el que había estado jugando minutos antes y lo elevó en el aire, a la luz, con la izquierda--. Son las mismas huellas que me dieron en la Jefatura, de Genovese.
-- ¡No! --estalló Susana, dando un paso hacia atrás--. ¡No es verdad! Usted miente.
-- ¿Querés verlas? --Enrique le estiró el papel. Susana negó con la cabeza--. Son idénticas. Y seguro que encuentro, más abajo, si me dejás seguir mirando.
-- ¡Yo me bañé!¡Me froté bien --lloró, ahora sí, desenfrenada, Susana.
-- Las huellas de un hombre sobre la piel --asesoró doctoral tío Enrique, guardando lupa y papel en un bolsillo y dando unos pasos junto a la cama-- pueden durar de veinte a treintaicinco días. Y si es un hombre de cutis graso, casi cuarenta.
Susana lloraba quedamente, de pie, ocultando su cara entre sus manos.
-- Le dije que se pusiera guantes --musitaba--. Le dije que se pusiera guantes.
-- ¿Fue Genovese el que vino el martes, no es así? --preguntó tío Enrique. Susana no dijo nada. Mantenía las puntas de sus diez dedos sobre la boca y miraba hacia la nada, los ojos llorosos. Asintió levemente con la cabeza. Tío Enrique nos miró a mi viejo y a mí.
-- Vamos yendo --nos dijo. Luego se volvió hacia Susana-- después nos vemos --saludó.
Bajamos las escaleras y cruzamos el patio en silencio. El olor a guiso recrudecía y desde la cocina aparecío Norma, presurosa, limpiándose las manos con un repasador, masticando algo. La saludamos y nos fuimos. Afuera el sol daba vertical y hacía calor.
-- ¿A cuánto estamos de lo de Mecha y Celita? --preguntó Enrique.
-- Serán ocho, diez cuadras --estimó mi viejo.
-- Vamos caminando. ¡Qué vamos a tomar tranvía!
-- Oíme, Enrique... --dijo mi viejo, lanzado a caminar--. Vos bien sabés que las huellas digitales no se detectan en la piel.
Enrique hizo un visaje,
-- Pero ella no lo sabía, Berto. A veces el asunto no es saber más cosas que los demás. A veces el asunto es encontrar alguien que sepa menos que uno.
-- Lo que ya es decir --aseveró mi viejo.
-- Puta. Lo que ya es decir.
-- Sacáte las manos de los bolsillos --mi viejo se volvió para reconvenirme--. El hombre que anda por la calle no debe andar nunca con las dos manos en los bolsillos. Siempre una, por lo menos, afuera. Se cae, se tropieza, y siempre tiene una mano libre para apoyarse.




de "La mesa de los galanes y otros cuentos", © 1995 by Ediciones de la Flor, SRL.


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martes, 16 de noviembre de 2010

Memorias de un wing derecho

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por Roberto Fontanarrosa



Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha. Y eso no me enseño nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centros o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing “ventilador” o wing “mentiroso” o las pelotas. Arriba y contra la raya.
Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la brasileña y otras estupideces.
¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como 6.800. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien yo hago en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo... Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. debe llevar más de 12.000 goles. por debajo de las patas... Y...¡el tipo está ahí!
donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡Pum! adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es maño tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco.
Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como 12.000 goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace 25 años, 25 años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos escegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltando todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está ésta cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.
Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro.
¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 años personal viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.
¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que se movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”. porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia , nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como 30.000 clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquél día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manajaba a los tres era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.
No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el corner y se me vino. Ibamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la masé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla ché, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha y ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic” “plinc” , “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad.
¡Por favor!


El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos © 1985
- Ediciones de la Flor S.R.L.


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domingo, 30 de mayo de 2010

La barrera

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por Roberto Fontanarrosa



Un paso más atrás. Dos más atrás. Tres. Ahí está bien. Ya está la barrera formada. Una baldosa más acá. Un momento. Ante todo, sacar las cosas del arco. Hay botellas debajo de la pileta. Ya la otra vez cagó una. Y dos sifones. El blindado no es nada, pero el otro puede reventar, y los sifones revientan y los pedacitos de vidrio saltan y se meten en los ojos de uno. Bien juntas las macetas de la barrera. El arquero muy nervioso. Miguel Tornino frente al balón. Atención. El rubio Miguel Tornino frente al balón. Una mano en la cintura. La otra también. La mano sacándose el pelo de la frente. La transpiración de la frente. De los ojos. Hay silencio en el estadio. Es la siesta. Hasta el Negro se ha quedado quieto. Resignado a ser simple espectador de ese tiro libre de carácter directo que ya tiene como seguro ejecutor a Miguel Tornino, que estudia con los ojos entrecerrados el ángulo de tiro, el hueco que le deja la barrera, la luz que atisba entre la pierna derecha del recio mediovolante de la visita y la pata de portland de la maceta grandota del culantrillo. Un solo grito en el estadio: Miguel, Miguel. El público de pie ante ésta, la última oportunidad del Racing Club cuando sólo faltan dos minutos para que finalice el match. Habrá que apurarse antes de que vuelva a adelantarse la barrera o el Negro insista en morder la pelota y hacerla cagar como el otro día que la pinchó el muy boludo. Sonó el silbato. Habrá que pegarle de chanfle interno. La cara interna del pie diestro de Miguel Tornino, el pibe de las inferiores debutante hoy le dará al balón casi de costado, tal vez de abajo, con no mucha fuerza pero sí con satánica precisión para que ese fulbo describa una rara comba sobre la cabeza de los asombrados defensores, sobre el despeinado pirincho del helecho de la segunda maceta y se cuele entre el travesaño, el poste, el postrer manotazo de la lata de aceite Cocinero que se ha lucido hasta el momento. ¡Tiró Tornino...! y... se hizo mimbre en el aire el arquero ante el latigazo insólito de curva inesperada y con la punta de los dos dedos allá voló la lata a la mierda, carajo que ladra el Negro, sí mamá... sí la guardo... está bien... pero mirá vos cómo la viene a sacar este guacho.


Los trenes matan a los autos. 1997. Ediciones de la Flor.
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lunes, 25 de enero de 2010

El “Pichón de Cristo”

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por Roberto Fontanarrosa



Te cuento, Macho, que la cargada la hicimos nosotros. Nos largamos a hablar, ¿viste? a farolear. Nos agrandamos, ¿viste? Y... ¿querés que te diga?, al pedo, al reverendo pedo. Porque, después de todo, nosotros no le habíamos ganado nunca, empatamos los dos partidos y fueron partidos parejos, ¿viste? que estaban para cualquiera. Pero, yo no sé, hubo gente que empezó a decir que nosotros la hacíamos de trapo. Y nosotros nos entusiasmamos, agarramos el bochín y, ¿sabés que? el agrande, viejo, el agrande. Entonces ellos se engranaron e hicieron la justa, porque la verdad que estuvieron bien, un día llaman por teléfono al club, hablan con el Tordo y le dicen que querían jugar con nosotros, ya que fuera del campeonato, que querían jugar con nosotros. Que al domingo siguiente que terminara el campeonato hiciéramos un partido en cancha de ellos, en cancha neutral, donde se nos cantaran las pelotas, mirá vos, nos relajaron.Me acuerdo que el Tordo vino todo cagado adonde estábamos entrenando, a decirnos.Y... ¿qué íbamos a hacer? Teníamos que agarrar viaje, no nos íbamos a ir al mazo después de todo el quilombo que habíamos armado, te imaginás. Pero la verdad que nos pegamos un sorete bárbaro, porque decíamos: “Estos, ¿sabés qué? nos deben querer pasar por arriba”. ¿Sabés el hambre con que nos debían estar esperando? Además, ellos estaban agrandados porque salían campeones, la gente los seguía por todos lados, nos querían romper bien roto el orto.Así que te imaginás cuando viene Lopecito, el preparador físico a decirnos que el Pacú se había lesionado, nos queríamos morir. El Pacú será medio loco pero es un arquerazo, es el mejor arquero de la liga, de eso no te quepa ninguna duda, y se nos viene a lesionar un día antes del partido con estos hijos de puta. Porque cuando nos avisaron lo del Pacú ya habíamos aceptado el desafío, porque eso ya era un desafío, ¿viste? un desafío de esos de los pibes y al día siguiente teníamos que viajar a Bombal porque, de última, se había decidido hacer el partido en cancha neutral. ¡Qué lo parió! Te imaginás el quilombo. A un día del partido y sin arquero. Porque el boludón de Medina no lo contábamos; primero, que es un bagre de no creer; después, que ni siquiera había ido a entrenar las últimas semanas y además no sé quién lo había visto con un pedo tísico, por ahí, por Chovet, de pura joda. No le íbamos a ir a hablar del partido porque no nos iba a entender el desgraciado.¡La mierda! Bueno... ¿qué hacemos? Incluso pensamos en llamar a estos tipos y decirles que postergáramos el partido, que esperáramos hasta que el Pacú se mejorase la gamba, se había jodido la gamba, un tirón. Pero... ¿sabés qué?, lo primero que iban a pensar era que nos habíamos recagado en las patas. Que arrugábamos. Que eran todos versos para ni jugar. En eso cae Manolito, cuando estábamos discutiendo el fato y dice que por qué no lo llevábamos al “Pichón de Cristo”. El “Pichón de Cristo” es un flaco que había jugado una vez en contra nuestro un amistoso, creo que en Máximo Paz. Un flaco, viste, esquelético, las piernitas, mirá, como las patas de esta mesa, te parecía mentira que pudiera atajar.Yo, personalmente, ni me acordaba cómo atajaba. Me acordaba de la pinta porque, la verdad, era un pichón de Cristo, no le decían al pedo así. Mirá, sería más o menos como el Luis, ¿viste? no sé si no era más flaco. Pero más alto, y más ancho de arriba, bien de arriba, para colmo con el pelo largón y barbita, cagate de risa, el “Pichón de Cristo”.Te digo que, cuando el Manolito vino con ésa, la mayoría de los muchachos estaba tan en bola como yo uno dijo que ese día había atajado un vagón, pero me perece que lo dijo por decir, pero lo cierto era que la gente de los otros pueblos, decían que el flaco se pasaba. Y eso que ni siquiera había firmado para “San Martín” de Chovet. Sabíamos que estaba ahí, pero no sabíamos si había firmado o no.Como ya era el día del partido y veíamos que se nos hacía la noche, el pato y el hijo del Pato cazaron la picá y se mandaron para Chovet a traerlo al ñato. Medio que había ¿cómo decirte? un acuerdo con los de “Independiente” de Bigand, de presentar los mismos equipos que habían estado jugando al campeontao. Digamos, no se había hablado de eso pero se daba por sentado que vos no ibas a caerte a jugar ese partido con cuatro o cinco monos de primera, ¿viste?, cuando los muchachos cazan las licencias del verano y se van al campo a hacer algo de mosca. Vos sabés que lo llamo al “Sopita” Martínez, le digo de ir a jugar y el “Sopita” viene como por un tubo. O el “Conejo”. Pero... pero... la joda era jugar con los mismos equipos que se había jugado en la liga. Ahora, en el caso del “Pichón de Cristo”, qué sé yo, podíamos decirles que lo teníamos a prueba para el próximo año, que ya había firmado, no sé. Además, ellos, con tal de no verlo al Pacú atajando para nosotros, cualquier cosa, mirá, que lo lleváramos a Fillol, a cualquiera, iban a aceptar cualquier cosa.Mirá, no te la voy a hacer muy larga. Fuimos a jugar y era un quilombo de gente. Mirabas detrás del alambrado y te daba miedo. Y ellos estaban con todo, ¿eh? Se habían aguantado una semana sin chupar, entrenando como siempre, sin salir de joda después de haber ganado el campeonato para agarrarnos a nosotros y rompernos el culo.Y bueno, te la hago corta. ¿Sabés quién nos salvó de que nos cagaran, pero que nos cagaran a goles? El “Pichón de Cristo”. ¡Dios mío lo que sacó ese animal! ¡Hijo de puta! Ellos no lo podían creer y, nosotros, ¿sabés qué? menos. Si vos le veías la pinta al flaco en el arco y pensabas: “acá le pegan un pelotazo en el pecho y lo destrozan al flaco”.Mirá, le sacó al “Tachuela” un cabezazo de pique al suelo que todavía no lo puedo creer. Un balazo, ¿eh? En un corner apareció el “Tachuela”, ¡qué bien cabecea ese hijo de puta!, entre mil, entre mil que habían saltado y se la pone de pique, abajo. Este se tira y la saca. Dos mano a mano con el wing, el negrito, ese que le dicen “Pacha”. Un voleo... ¡Uy Dios lo que fue ese voleo, me había olvidado! Un voleo que agarró el “Gallego” en el punto del penal, seco, abajo, que éste yo no sé cómo hizo, se tiró y la rechazó con esto, con el antebrazo, yo no sé cómo no se lo quebró, y rebotó como hasta media cancha. Y después, qué se yo, mil, mil porque nosotros no parábamos ni el colectivo, nos pasaban por el lado, nos pegaron un zaino que ni te cuento. Y no fue un ratito.¿Viste que hay partidos en que por ahí te agarran mal parado y los primeros diez, quince minutos, te cagan a pelotazos?... Acá no. No. Fue así todo el partido, querido, nos dieron un zaino que no te lo quieras creer. Y nada de toquecito o de ole. No. ¿Qué toquecito? Los negros se venían a sacamos los ojos, metían centros y entraban quince, qué sé yo, mil. Los hijos de puta la tenían adentro y nos querían basurear, nos querían pasar por arriba. Decí que estaba el flaco. Increíble. En el último minuto le tapó un bombazo al cinco que yo me di vuelta para no mirar porque dije: “Aquí lo mata”. Y en tiempo de descuento, otra, esa fue la máxima! Ya el área nuestra era un quilombo, estábamos todos ahí adentro. Se arma una de rebotes después de un comer y el ocho de ellos, el “Pantufla”, desde el borde del área, le da fuerte al palo derecho del “Pichón de Cristo”. El flaco se tira... ¡y no va Huguito y se la toca en el aire! Le pega ¿viste? le pega la cadera al Huguito que haba cerrado y le cambia el palo al “Pichón”. Yo la vi adentro, ¿viste? La vi adentro. Porque el flaco ya se había tirado, estaba en el aire cuando Hugo le cambia el palo. Yo no sé, no sé cómo hizo. Giró en el aire... ¿viste como los nadadores cuando llegan al final de la pileta y giran para volver para el otro lado? Este hizo algo así, en el aire, le pegó un manotazo apenitas con la punta de los dedos y la dejó ahí, picando a diez centímetros de la línea. Llegué yo y, ¿sabés qué? le puse tamaña quema que creo que la perdí. La saqué del pueblo. No la quería ver más a esa hija de puta. Y terminó el partido. Los de “Independiente” no lo podían creer. No lo podían creer. Se agarraban el bocho. Se la comieron doblada los hijos de puta, con un nudo en la tapún.Y bueno, te cuento. En el vestuario, te imaginás, los abrazos con el flaco, con el arquero. Una barbaridad, una barbaridad. Y el flaco, calladito, ¿viste? no decía nada, o se sonreía, tenía tierra hasta en el ojete pobre flaco, si se la había pasado revolcándose. Los muchachos se bañaron y yo me retrasé un poco. Medio porque antes de bañarme estuve como media hora tirado arriba de un banco de la palmera que tenía. Además, me habían pegado un puntín acá, detrás del muslo, que cuando se me enfrió el músculo me dolía como la puta madre.Después me bañé y me empecé a cambiar. Fue en eso que lo veo al flaco que salía de la ducha. Y fue raro... porque venía con la toalla atada a la cintura, en ojotas, y en eso pasó por debajo de una ventanita donde entraba sol y el sol le dio en la cabeza, ¿viste? y se le formó como una aureola, sabés de qué?, pienso... de ese vapor que te sale del cuerpo cuando terminas de bañarte. Lo estaba mirando cuando veo que tenía las palmas de las manos lastimadas, las dos. “¿Qué te pasa?” le pregunto. “¿Dónde?” me dice. “En las manos”. “Ah, me pisó el nueve”, me dice. Me pareció raro, ¿viste? porque me acordaba que el flaco había atajado con guantes. Después también le viché un raspón bastante fulero por acá, en las costillas. Pero parecía un raspón viejo, de algún otro partido. Después el flaco se cambió rápido, como si estuviese apurado, pero me dio la impresión de que no quería que yo le hiciera más preguntas. Y... ¿sabés lo que se me ocurrió pensar? Eso les lo que te quería contar. Sabés lo que se me ocurrió pensar? Mirá que uno a veces es boludo, porque por ahí el tipo es un tipo tímido y nada más. Pero pensé... “¿Este flaco no andará en alguna fulería, en algo fulero, y no quiere parlarla demasiado?”. Boludeces que a uno se le ocurren. Mirá cómo es uno de jodido, después de todo. Después el flaco se fue y no lo vi más. Lo buscamos, me acuerdo, durante toda la semana, para ver si no quería firmar para nosotros. Y no lo encontramos. Después volvió el Pacú y ya nos olvidamos del asunto.



"No se si he sido claro" Ediciones de la Flor 1996



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martes, 8 de diciembre de 2009

19 de diciembre de 1971

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por Roberto "Negro" Fontanarrosa



Sí yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero habla que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.

Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo “esos días”! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando, del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hennano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.

—Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para latelevisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!

Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.
Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de “Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato”. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.

Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése.El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos.o sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. te digo más, estuvimos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra el boludo de michi decía que él había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.

Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a perecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el “Ciudad de Rosario” y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mí viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir hablar de esa Posibilidad. Ni se nombraba la palabra “derrota”.

Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen “la papa”, o “tiene otra cosa”, “algo malo”, pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale. El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntas, “¿Cómo carajo hizo este tipo pata no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la cancha”. Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayás a. los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntarlos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. El iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano— que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.
Entonces ahí nos dijimos “Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar”... Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.

Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos “vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado”. Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.

La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore, que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.

¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle “Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodía Miguelito— ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro”. Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no.
Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al vicio en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. “Ese día —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego”. No quería escuchar ni los bocinazos el viejo. “Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada”. Porque el viejo decía y tenla razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para borrarse del asunto.

Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.

Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta afios no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un curro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y —la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él —viviendo como un bacan, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía escondido; y de no ir a—la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Mónaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.

El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.

Yo me acuerdo cuándo perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos futbolistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda! ... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan “Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria” y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.
Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o sino aguantarse que quince, veinte años depués, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de lepra sos nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano te juro.

El que organizó la “Operación Eichmann”, como lo llamamos, fue el Colorado. La llamamos así por ese general aleman, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba par ese entonces en la O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L “Organización Canalla Anti Lepra”. Son un grupo de ñatos como el Ku-Klux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.

Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensar maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo pero es un bocho el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.
Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no aparece en el “Selecciones” y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatro cientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la. duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.

Después hubo que hablar con los otros muchachos, porqu e convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colora manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.

Entonces, el Rulo, con los monos arriba Y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.

Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.

Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormido, incluso con la cara tapada con algún pulover, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.

Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía “Empalme Graneros presente” y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el. viejardo no la vichara.

La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo “¡Mirá vos!”.

Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo “En la esquina, jefe.”. Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, “En la esquina”. Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, “¡Soy canalla, soy canalla!” por las ventanas.

Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.

¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transfonnó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo.

Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una,verguenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.

Mirá hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis lujos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso si, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculoso casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refocilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menuttl que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me, gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; “¡qué importa!” ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.



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sábado, 15 de agosto de 2009

El monito

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por Roberto Fontanarrosa


a Osvaldo Ardizzone



Llore Monito, llore. Usted puede. A usted se le permite que no es vergüenza llorar cuando las lágrimas tienen la pureza recóndita de aquello que llega desde el corazón que no quiere aflojar ante terceros. Tal vez, pibe, tal vez Monito, son las mismas lágrimas que, años atrás, no tantos quizás, usted tuvo que enjugar con el revés de la mano sucia de tierra en el fondo de la casita del patio con geranios y malvones de barrio Arroyito. Tal vez son las mismas lágrimas vertidas por la rabia, la impotencia, la vergüenza, ante el coscorrón justiciero de su viejita laburante cuando usted no llegaba a la hora establecida para tomar la leche.¿Cómo iba a entender su madre, Monito, aquel cariño entrañable por la pelota de fútbol, que lo mantenía lejos de la casa, demorado,en ese romance infantil con la de cuero, en los yuyales sabios del campito que no sabía de redes ni de cal, tras de la vía? ¿Cómo podía entender su viejo, pibe, su viejo, don Telmo, el genovés terco de canzonetta y nostalgia, su noviazgo purrete con la de gajos y ese lenguaje dulcemente nuestro de los túneles, la pisada, el chanfle, los taquitos y la rabona? Porque no era, no, una piba quinceañera, rubia y pizpireta, de ojos celestes como los de la pulpera de Santa Lucía, lo que a usted le impedía volver en el horario, a gritos reclamado por su madre. No era, no, Monito, el despertar púber del primer amor enredado en los últimos giros de un trompo o en la galleta enojo sa del hilo de un barrilete, el que lo hacía terminar los deberes de la escuela a las corridas y escapar luego, gorrión ansioso, pájaro encendido, hacia la complicidad abierta de la calle, el griterío alborozado de los pibes y el llamado seductor de un taconeo. No Monito, lo suyo era más simple, como son simples las cosas que nacen del corazón y eluden las frías especulaciones de la mente. No. Lo suyo era tan sólo la caricia tierna de la capellada de su botín zurdo en la pelota, el toque, la volea, la suela que aprieta el fútbol indócil y lo convence, lo persuade, lo amaestra. Lo suyo era el amague, el pique corto, el freno seco, y el pecho amigo para que allí se durmiera la bella amada cuando caía desde el cielo como un globo cansado de volar sin rumbo cierto. ¡Mire qué fácil, pibe, que era aquello! De la misma forma en que el amor, el puro amor, se presenta, florece y crece como una flor nocturna, como un clavel del aire brotado en la luminosidad escasa de un pasillo, así creció en usted el sortilegio. Nadie le enseñó, como no se enseña el dolor ni la paciencia, ni se sabe de dónde surge el gusto por silbar o el de hablar bajo. Usted ya lo traía impreso, se lo digo, quizás desde el fondo de la historia de ese barrio que ha visto nacer a tantos ídolos y guarda en el aire la vibración, el eco, el reverbero de mil goles gritados en la tarde, atronando el cemento, quebrando la quieta y asombrada calma de su río. O lo aprendió como se aprenden estas cosas, mirando a los demás, tratando de atrapar con ojos asombrados el misterio metafísico del chanfle, la secreta ley física que hace que el balón vaya hacia allá y dé una vuelta. Por eso, por todo eso, pibe, no se inquiete si lo ven aflojar y su mirada se empaña como el cristal de una ventana cuando recibe el tamborileo sonoro de la lluvia. No. Llore Monito, llore. Usted puede. A usted se le permite.Así lo soñó usted tal vez, un día, allá, aferrado a la alomhada confidente de su cama, en la casita del patio con geranios y malvones, alguna de esas noches de verano cuando el calor aprieta y el sueño viene:Ya está el mago de varita presta. Ya está el ilusionista sutil que hace creer en cosas que no existen y miente que en el dorso de su mano se ocultan pañuelos, palomas y barajas. Está en el medio de la cancha y su eterna enamorada, la pelota, parece que se ha ido y está inmóvil, simula emprender vuelo y no se aleja, o bien hace creer que se le escapa pero vuelve bajo la presión apenas ruda de la suela. Ahora el estadio enmudece, el mago muestra el juego. El Monito arranca y empieza el toque, el pelotazo sabio, el amague que argumenta una cosa y dice otra. De la zurda precisa del insider brotan conejos, luces multicolores, toques lujosos, las dos cortas sabidas y una larga, la cabeza alta, el ojo inquieto. El público se deleita. Ya la metió de nuevo bajo el pie, la mostró, “ahí la tenés, es tuya” ha dicho, pero no está más, la sacó, la puso en otro lado, la cambió de lugar, la amarreteó de nuevo. Allá está el compañero, el wing derecho, no lo ha visto, pero gira y le pone el pelotazo desde cuarenta metros, en el pecho. Sólo faltan los clarines, los clarines, las fanfarrias, el galope incesante de los corceles blancos girando en torno de la cancha y las ecuyères de pie sobre sus ancas.Así lo soñó usted, tal vez, un día, Monito. Ya el espectáculo termina y, a pesar de la magia del insider, a pesar de sus moñas y regates, pibe, a pesar de las cuatro pelotas de gol que usted puso en los pies del centrofoward, el partido se agosta en la chatura aburrida del empate. Pero faltaba, nomás, la carcajada. El cierre magistral, la pincelada justa que el artista deposita por fin sobre la tela e ilumina el azul, aviva grises y ruboriza la macilencia de los sepias. Faltaba nomás, la carcajada. Ese balón que llega de atrás, como un balazo. El pecho receptor del entreala tan afecto a refrenar, mullido, el rebote previsto de la bola. Ya empieza la danza, el giro sobre un pie para enfrenta el arco y el resbalar mansamente de la globa del pecho a la rodilla y de allí al suelo. Allí, en la temible ferocidad del área, allí, donde la puerta de las dieciocho se convierte en muralla pertrechada, donde hay piernas, codos, tapones alevosos y guadaña, allí la puso en el piso el entreala. Allí, en esa media luna, en lo que algunos llaman la empanada, allí donde uno se olvida de la novia, del primer amor, de lo aprendido en la'escuela, de la Vieja, “vení conmigo” le dijo el Monito a su amiga del alma. Y se metió en el área con pelota dominada.No sé si hubo un caño o fueron cuatro. Quebró la cintura, pisó el cuero, pareció en un momento que pateaba, se le vinieron dos, se cerró el cuatro pero el Monito la llevaba atada.Tal vez ya no me acuerdo, decime vos si miento, pero quedó frente al arquero y la puso en un rincón, de cachetada. No el cachetazo mordaz, el del reproche, sino el empujón cordial, el que te aprueba, la palmada que se le da a un pibe y se le dice “cruzá que yo te miro”. La pelota entró pidiendo permiso y ni tocó la red de puro cauta. Luego, el pibe se fue hasta su tribuna y adentro de su puño apretó el gol, lo abrió de golpe y fue otra vez paloma y carcajada.Llore Monito. Así lo soñó usted tal vez un día, en la casa de malvones y geranios del barrio Arroyito. Y se quedó en sueño nomás, no se dio nunca.—¡Tan bueno que parecía de purrete! Nunca llegó a jugar ni en la tercera. Y en el equipo que se arma en la oficina a veces lo ponen un rato y otras, nada. Está gordo, pibe, algo pelado. Y me han dicho que ni va a la cancha.
Nada del otro mundo - Ediciones de la Flor
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