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sábado, 3 de noviembre de 2007

Los no-lugares: una criatura etnocéntrica

Alejandro Grimson y Pablo Seman (Argentina)

La visita de Marc Auge trajo a escena, en facultades y en la prensa, un concepto propuesto en 1992 en su libro Los no-lugares. Allí Auge sugería que una de las características de nuestra época es la producción incesante de "no-lugares": autopistas, aeropuertos, shoppings. Mientras los lugares -viejas rutas, mercados y ferias- se caracterizan por tener historia, identidad y asentarse en relaciones, los no-lugares serian series idénticas, reproducidas modularmente en cualquier lugar del mundo, sin raíces que lo vinculen a su territorialidad. En Buenos Aires, Auge agregó que hoy los hogares se están convirtiendo en "no lugares" por la TV y las tecnologías de comunicación.
Compartimos la voluntad de Auge por proyectar la antropología hacia lo que denominó 'mundos contemporáneos" y realizar una crítica política de nuestra cultura. Sin embargo, la crítica no puede basarse en una visión etnocéntríca, que no considera las transformaciones culturales y las perspectivas de los participantes de esos escenarios-. A través de los aeropuertos, buscaremos explicar por qué el concepto de "no-lugar" es fuertemente etnocéntríco. Los aeropuertos son vividos y usados por millones de per­sonas de enorme diversidad de lenguas, orígenes, posiciones y trayectorias sociales. ¿Para quién son espacios no relaciónales? No para sus trabajadores, que construyen relaciones equivalentes a cualquier otro lugar de trabajo. Los aeropuertos no sólo son ámbitos con trabajo histórico, sino de valor estratégico: un conflicto con los "proletariados de la aviación" tiene tantas consecuencias disruptivas como con el sector metalmecánico.


Tampoco los aeropuertos son no lugares para los viajeros. La fugacidad del pasaje no puede opacar tan enorme cantidad de episodios de interacción y las formas en que se los aborda: negociando, imponiendo, padeciendo interpretaciones de los otros y propias. En los aeropuertos hay conflictos en que los actores movilizan estrategias, símbolos y capitales acerca del valor de pasaportes, de la calificación de las excusas, de la forma en que se actúa la "portación" de un fenotipo, de la forma en que se interpreta un cargamento. ¿Podía sentir el arribo a un no-lugar un argentino que retomaba por Ezeiza en 1983 después del exilio? ¿O alguien que vuelve hoy, después de haber migrado por razones laborales? ¿Puede alguien creer que llegar al aeropuerto de Beijing, Puerto Príncipe o Londres es llegar a un espacio sin identidad? El aeropuerto puede ser un espacio con lo exótico o el espacio del regreso a casa. Lo fugaz del pasaje por el aeropuerto se compensa con lo extraño, lo intenso de la zona de liminalidad.


Las diferencias, también, son de poder. ¿Qué latinoamericano aceptaría que arribar a un aeropuerto de Estados Unidos es llegar a un no-lugar? Es lo contrario, un espacio de omnipotencia, la condensación de historias de desigualdad. Un aeropuerto es tan estructurante como cualquier puesto de frontera. Si todo esto todavía no ha sido recu­perado como material antropológico es tal vez porque la noción de "no-lugar" define ese espacio como "no-antropológico", tal vez porque la multiplicidad de puntos de vista en los "no-lugares" queda arrasada en esa clausura interpretativa. ¿Por qué un campo de con­centración, una cárcel o un manicomio serían lugares y los supermercados, las autopistas o los aeropuertos no? Los lugares que menciona Auge son antiguos, agradables y significativos, en oposición a los no-lugares: nuevos, gélidos y anónimos. Espacios sociales tremebundos existen hace siglos. La dicotomía que se desliza entre lo nuevo y lo desagradable con !o antiguo y lo agradable es ruto de una sensibilidad peculiar.
Si la antropología pudiera sintetizarse en un postulado. Sería evitar la interpretación de cualquier fenómeno social y cultural a partir de categorías de pensamiento de otra cultura y sin tomar en cuenta las categorías de los participantes del escenario estudiado. Cuando surgió el ferrocarril alguien puede haber pensado que todas las estaciones de tren son iguales, lo cual es cierto (tienen vías, andenes, boleterías) pero hoy las viejas estaciones nos parecen lugares que narran una historia, densas en relaciones y fuertes identidades. Si mañana los aviones fueran sustituidos por otro medio y los aeropuertos, abandonados o convertidos en museos, sus características de lugar serían evidentes.


El antropólogo debe dejarse interpelar por los sujetos que estudia. Escribir sus observaciones hasta que la densidad de las mismas restituya algo más que su prejuicio y pueda rasgar sus teorías previas. La experiencia antropológica no está adquirida de una vez y para siempre. Debe constituirse ante cada diferencia. Si no, la antropología traduciría el sentido común al lenguaje de un encuentro con un otro. La antropología seguiría siendo, como en sus orígenes, eurocéntrica, y continuaríamos creyendo en el su­puesto "salvajismo" de las sociedades indígenas. Cuando Auge afirma que en América Latina hay hogares populares de migrantes, indígenas y campesinos que miran la TV sin comprender sus palabras, desconoce las vidas y puntos de vista de esos grupos y se aproxima demasiado a aquella vieja antropología.

Publicado en Ñ Revista de Cultura, N° 186, Año IV, 21 de Abril 2007.

Conversar un poco

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Los matrimonios jóvenes no se imaginan lo que deben a la TV. Antiguamente había que conversar con el cónyuge. Isidoro Loi

De pronto esta noticia en los diarios: un estudio reveló que conversar diez minutos con otra persona cada día ayuda a mejorar la memoria y el desempeño intelectual.

De pronto esta noticia y la necesidad de conversar sobre esto: el mundo debería ser un lugar más conversado.

Que todos se sienten a conversar, que nadie quede afuera de las conversaciones, que todo entre en conversación con todo.

El presente que converse con el pasado, que conversen entre sí las diferentes culturas, que las instituciones conversen un poco con sus errores históricos.

Los mandatarios con otros mandatarios, que abandonen sus formales sillones donde conversan sin conversar realmente y hablen de lo que de verdad hace falta, aunque no sea elegante.

Que entablen conversaciones los dirigentes con sus pueblos y los pueblos con sus dirigentes, y nadie sea el único dueño de la palabra, sino mitad de cada uno.

De pronto este estudio que invita a conversar y que sostiene que cuanto más alto es el nivel de interacción social mejor es el funcionamiento cognitivo.

Que conversen abiertamente los padres con sus hijos y los hijos con sus padres, los empleados con sus jefes y los jefes con sus empleados, hasta llegar a lo que es justo; que conversen los que se odian antes de matarse. A lo mejor, hasta siguen vivos.

Y que a los chicos a veces los dejen conversar en la escuela, y conversen los compañeros de oficina y de paso que se converse de algo en los ascensores. Que no sea sobre el clima.

De pronto lo ha dicho la ciencia, la conversación sirve para uno, para ejercitar la memoria y para el desempeño intelectual, y sirve para el otro. Todos ganan.

De pronto, la necesidad de conversar sobre esto: que sean las palabras las guerreras, que sean palabras y no sangre, y que de tanto peso una palabra valga más que mil imágenes, que de tanto peso una palabra sea un contrato.

Y que si quiere el viento después se las lleve, porque ya dejaron su huella. Sólo valen las palabras; el resto es charlatanería, decía el genial Eugene Ionesco, que batalló contra el sinsentido del mundo y del lenguaje, y lo hizo con palabras.

De pronto lo ha dicho un estudio de una universidad prestigiosa: conversar para tener memoria y para ser más lúcidos.

De pronto, la urgencia de entablar conversaciones, de conversar con los que no entienden, para que entren en razones; de que se converse sobre lo que nunca quiere ser ni mencionado.

Que todos se sienten a conversar, que nadie quede afuera de las conversaciones, que nada quede sin ser conversado.

Y entonces sí, en un mundo más conversado, que el silencio sea un lugar que se elige, más parecido a un paraíso que a una pesadilla.

Por Mex Urtizberea
Para LA NACION
2/11/2007