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domingo, 27 de enero de 2013

Las ciudades invisibles

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por Mario Goloboff



Durante toda su vida, Julio Cortázar estuvo sintiendo y pensando otra ciudad, que era y no era la que entonces habitaba, y esas dos ciudades, entre las muchas que recorrió, no dejaron de ser, casi siempre, las mismas. Como para Horacio Oliveira, “en París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido” (Rayuela, Cap. 3).


Desde temprano extrañó la vida europea, probablemente por haber nacido en Bruselas y por haber sentido de modo vital ese contexto, sobre todo lingüístico: “Abuelita y mamá –contaba su hermana Memé– hablaban francés con nosotros, mientras estuvimos en Europa, cuando éramos chiquitos”. Y al volver: “Cuando llegamos de Europa, no sabíamos castellano. Eramos dos franceses que causábamos gracia a todo el mundo”. Por eso, porque “toda su vida arrastró las erres” y por estar culturalmente adherido desde las lecturas maternas de Julio Verne, las adolescentes “de un tal Jean Cocteau” y las juveniles de los poetas simbolistas y del Parnaso, que enseñaría luego en Mendoza, deseó vivir en París y, a medida que el tiempo de su primera juventud pasaba, se le fue haciendo más urgente esta necesidad. Quizá en todo ello haya incidido cierta tristeza del lugar de infancia y de la primera juventud, para sentir que “Buenos Aires era una especie de castigo. Vivir allí era estar encarcelado”.

Pero el sitio de la infancia y de la adolescencia es algo que está demasiado pegado a nuestro origen y a nuestra sangre como para creer que, cuando partimos, lo abandonamos. De ahí la permanente nostalgia: “Argentina (Buenos Aires) era simplemente los rostros de las estampillas: San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde los esperaban a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino” (“Cartas de mamá”).

Y, fuera ya de la ficción, la extrañeza del hecho de volver, lo que el transterramiento produce en uno cuando vuelve a estar frente a la gente. Y ante el idioma, tratándose nada menos que el de un escritor: “Prefiero caminar solo por los barrios de Buenos Aires, donde nadie me conoce; detenerme en los barcitos para tomar un café y oír hablar a la gente, recomponer mi idioma, respirarlo de nuevo” (Tomás Eloy Martínez: “La Argentina que despierta lejos”, Primera Plana, 27/10/1964). Y años después, confesará: “... me siento como si mañana tuviera que ir a dar examen en el Mariano Acosta, igual que cuando era estudiante. Es exactamente igual, no han pasado treinta años. A lo mejor es porque mi sentimiento de tiempo es un tanto anormal; yo vivo en un tiempo que es evidentemente distinto” (Francisco Urondo: “Julio Cortázar: las armas políticas”, Panorama, 24/11/1970).

Es lo que le hace poner en la cabeza de Oliveira, al volver: “Se dio cuenta de que la vuelta era realmente la ida en más de un sentido” (Rayuela, Cap. 40). Esta confusión o superposición o fusión de espacios y de tiempos, hasta hacerlos intercambiables e indistintos, eran muy frecuentes en él, y hacían probablemente a la esencia más íntima de su personalidad, hasta para su propia historia, como lo revela en uno de los poemas de Salvo el crepúsculo: “¿Un antes, un después? Sí, en los calendarios, no en esa misma lapicera que seguía escribiendo desde la misma mano”.

Pero también durante toda su vida fue muy fuerte el deseo del descubrimiento y el conocimiento de París, al punto de estar tan relacionado con sus primeros cuentos y con sus textos mayores, lo que se ve palpablemente en “El perseguidor”, el relato en el que reconoce haberse acercado y descubierto al prójimo: “París fue un poco mi camino de Damasco, la gran sacudida existencial. (Creo que aquí se puede utilizar muy bien esa palabra.) Eso puede explicar por qué, de golpe me intereso en mi prójimo del que había estado bastante separado en la Argentina, un poco por razones de defensa propia, de protección de una soledad que cultivaba con fines culturales, para tener más tiempo para leer, para mis proyectos de escritor. Aquí todo esto queda barrido por una especie de presencia física del hombre como prójimo” (Ernesto González Bermejo, Conversaciones con Cortázar).

Y es en su libro más famoso donde intenta plasmar la siempre querida simbiosis, hasta la fusión. Cuando uno observa la curiosa génesis de Rayuela, en el Cuaderno de bitácora que lleva a medida que va elaborando la novela, descubre que en el origen de la misma hay un sueño, y que en ese sueño, realmente soñado por Julio Cortázar, hay una reunión de dos espacios: el de la Argentina, en la casa de Banfield, y el de París, en el departamento que ocupaba entonces. Dicho sueño, que luego aparece reescrito en el capítulo 123, tuvo lugar, como se asienta, el 7 de noviembre de 1958, y es llamativo ver hasta qué punto influye en la concepción de la novela toda. Como para hacer de este tema lo esencial de la misma, con los “lados” (“Del lado de allá”, “Del lado de acá”, “De otros lados”, con la particularidad de que, escribiéndola sin duda completamente en Francia y en París, “el lado de acá” es Buenos Aires...) y los saltos, los traslados, los viajes, las recorridas por los dos espacios primordiales. Y como para haber incidido al extremo de que una de las ideas proyectadas (y desechada después por considerarla demasiado fantástica) fuese la construcción de un puente, real, entre París y Buenos Aires.

También se advierten los continuos titubeos y dudas sobre si comenzar en Buenos Aires o en París y, en general, cómo el binomio de ciudades es esencial para la construcción del texto. Por otra parte, el Cuaderno... es receptáculo de las “imaginaciones topológicas”: “El puente”, “Siempre la idea del pasaje”, “El hombre en la esquina”, “La esquina que es también una esquina de París” (sic, títulos y anotaciones de puño y letra de Cortázar).

Esta idea de la fusión de ciudades obedece a cierta estética o, mejor, “metafísica” sobre simultaneidad de tiempos y de espacios. En lo que respecta a los primeros, algo que podría llamarse “formas tempo-espaciales”: acciones concentradas en un instante que, si bien pueden percibirse simultáneamente, no pueden contarse simultáneamente. Y, en lo que respecta a la idea de los espacios superpuestos, ésta aparece en relatos diversos: “Continuidad de los parques”, “El río”, “La noche boca arriba”, “La isla a mediodía”, “Todos los fuegos el fuego”, “El otro cielo”...

Algo parecido le pasaba, es probable, en la vida cotidiana con París, a la que descubrió en los cincuenta. Recorría físicamente y con la memoria sus callejuelas, sus plazas y sus puentes, y en muchos cuentos, y especialmente en Rayuela, están el Quartier Latin y el Sena, el Pont Neuf y el Carrefour de l’Odéon, y seguramente en su interior el barrio menos céntrico y más humilde que no en el mismo tiempo compartimos, el Xème Arrondissement, donde tuvo el departamento de la rue Martel, en el que vivió con Carol, y donde están también los hospitales del final, el St. Louis en que ella falleció, y el St. Lazare donde falleció Julio, y el hermoso Canal Saint Martin, ese canal de evocación tan argentina, uno de los que vinculan el Sena con el canal del río Ourc, donde habríamos podido cruzarnos alguna vez, sin que quedara registrado en ningún relato, en ningún cuento, en ningún verso. O como hombres invisibles para ciudades invisibles.


* Escritor, docente universitario. Autor de Julio Cortázar, la biografía.



Diario Página12 3/1/2012.-



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Hacerse humo

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por Juan Sasturain



Eran las siete de la mañana y estaban en el bar de la estación, en una mesa del fondo, debajo del ventilador que empujaba sin fe ni resultado aparente el aire cálido del primer lunes del año. El veterano de traje oscuro y camisa blanca, un poco echado hacia atrás, hablaba pausado y continuo, como quien riega a distancia, con el mentón algo más adelantado que la nariz en la que se apoyaban los anteojos estrechos y de la que pendía una gotita de sudor. El otro, un grandote de remera celeste y gorra mucho más joven, recibía sin pestañear la lluvia prolija de palabras con la frente levemente inclinada, los ojos chiquitos y oscuros fijos en la corbata rayada del otro y las manos grandes bajo la mesa.

–¿Cómo podés ser tan pelotudo, Pachequito? –terminó preguntando retóricamente el veterano–. ¿Pensaste que nadie se iba a dar cuenta? ¿Que lo ibas arreglar con una docena de cañitas, un par de bengalas y una caja de cuetes compradas en el kiosco de la esquina?

El otro tardó en argumentar, sin moverse demasiado:

–Fue para zafar: me di cuenta a las diez de la noche de que no estaban y no tenía cómo ubicarlo a usté, don Miranda. Me gasté toda la guita que tenía.

–¿De dónde decís que te las afanaron?

–Del baúl de auto.

–¿De la puerta de tu casa?

El otro asintió pero corrigió enseguida, apenas:

–De la esquina, bah. Enfrente de la pizzería.

El veterano, en el fondo, no podía aceptar lo que había pasado y acaso suponía que indagando en los pormenores algo de lo irreparable dejaría de serlo.

–¿Y por qué mierda andabas con todo eso encima?

–Usté me dijo que no convenía dejarlo en la muni. El viernes retiré las cajas truchas vacías, ¿se acuerda? Era peligroso que quedaran ahí, me dijo.

Era cierto. Toda la operación de adquisición de pirotecnia y de fuegos artificiales para los festejos de la llegada del Año Nuevo en la plaza principal se había hecho por izquierda. La supuesta compra oficial, con su partida adjudicada y toda la papelería correspondiente, nunca se había realizado y en cambio Oscar Miranda, jefe de la Dirección de Eventos y Ceremonial del municipio, había conseguido la mercadería a menos de la mitad de precio en una fábrica clandestina de Soldati. Angel Pacheco, precarizado supernumerario contratado a repetición, había estado en todas las instancias del negocio.

Hasta que a último momento, todo se había ido al carajo. A la hora señalada, con la última campanada de las doce y ya desatada la sirena de los bomberos, con la gente reunida y abriboca mirando para arriba, en lugar del esperado cuarto de hora de estruendo y luces de progresiva complejidad y colorido reventando el cielo municipal, de los oscuros jardines de la intendencia sólo emergieron, tímidos y opacos, algunos refucilos rojizos y breves, estallidos menores, algún chorrito pobre de una fuente de luz sin porvenir. En tres o cuatro minutos todo había acabado.

–Te cagaron, Oscar –había dicho la mujer de Miranda desde el balcón del quinto piso, inaugurando el año y el habitual hostigamiento a su consorte. –Te dije que lo que habías comprado era una basura.

Y Miranda, apenas asomado, con la copa de champán en la mano y de pronto sin nada que festejar, había corroborado el cielo de la desgracia por encima del hombro de su mujer.

Ahora había que encontrar la manera de remontar el desastre.

–Pachequito... –dijo el doctor Miranda tras un momento de meditación con suspiro incluido–. Date cuenta de que no me dejás opciones...

–Ya le dije... Si me afanaron, ¿qué quiere que...?

Sonó el celular. El doctor Miranda hizo un gesto. Atendió. Una voz femenina preguntó por él.

–Sí, soy yo –dijo y carraspeó.

–Un momento. El intendente le va a hablar.

El veterano se levantó y caminó hacia el mostrador, pidió otro café con un gesto, se fue a hablar lejos de la mesa y del otro.

Angel Pacheco, solo, recién entonces apartó la mirada del frente. Suspiró, observó un momento al doctor que prometía algo en voz alta y con ademanes y también se levantó haciendo sonar la silla. Fue al baño.

Se lavó la cara. Estaba meando cuando entró el mozo.

–Te van a rajar, Pachequito –dijo sin mirarlo, como si hablara con el espejo manchado–. Eso le está diciendo ahora al otro ladri.

–Si me rajan yo sé muchas cosas –dijo el otro lentamente.

El mozo meneó la cabeza.

–Muchas cosas...

–Sí, muchas. ¿Y qué pasa si hablo?

–¿Quién te va a escuchar? –el mozo lo conocía bien del barrio: buen pibe pero un poco lenteja–. ¿En serio te afanaron algo?

Pachequito se volvió mientras se abrochaba. Le guiñó un ojo.

–En serio –y sonrió.

El mozo lo vio salir. Iba a seguirlo pero se quedó un momento más. Ahora meó él. Bostezó, estaba cansado porque las dos últimas noches había dormido poco y mal. En la villa, a dos cuadras de su casa, habían estado toda la noche haciendo quilombo con la música al mango. Y sobre todo los petardos, las bengalas, esos fuegos artificiales que costaban un huevo.

–Esos negros revientan la guita en cualquier cosa –dijo, pensó para sí.

Cuando volvió, el doctor todavía hablaba por teléfono, vuelto hacia la puerta, acodado al mostrador.

El mozo atendió a una pareja en la vereda y al regresar escuchó el diálogo.

–¿Y el muchacho que estaba conmigo, no lo vio? –decía Miranda.

–No. Recién estaba ahí –dijo el patrón.

El doctor se metió la mano en el bolsillo, se palpó inquieto. Reprimió una puteada.

–¿Le falta algo?

–No, nada. ¿Cuánto le debo?

–Se hizo humo –dijo el mozo y le dio el ticket.



Diario Página12 2/1/2012.- .