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jueves, 4 de julio de 2013

Usted... ¿es normal?”

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Por Adrián Paenza



¿Cómo hacer para determinar si una persona es normal o no? Por supuesto, lo primero que habría que hacer es definir lo que quiere decir ser normal. Podríamos intentar esta definición: se puede considerar normal lo que hace la mayoría de las personas. Por supuesto que esta definición es arbitraria y no sé siquiera si yo mismo estoy de acuerdo. Pero quiero proponer alguna manera de poder empezar a cuestionarnos. Me refiero, claro está, a patrones de conducta. Si los encontráramos ¿podríamos decir que éstos marcan una tendencia a lo que definiríamos como normal? En todo caso, las respuestas a estas preguntas dicen más sobre nosotros, sobre nuestra naturaleza que los patrones más racionales, en donde uno elige (o debiera hacerlo) en forma más educada. Revise conmigo algunos tópicos que aparecen menores pero que tienen que ver con nuestra forma de ser cotidiana. Fíjese cómo se reconoce usted en esta lista de actividades.

-¿Cómo se lava los dientes? ¿Siguiendo algún patrón en particular o en forma anárquica? ¿Y cuántas veces por día?

-¿Cómo se peina?

-¿Hace su cama?

-¿Se maquilla?

-¿Se pinta los bigotes?

-¿De qué lado de la cama duerme?

-¿Escribe en la parte de atrás del papel que ya usó?

-¿Qué guarda en el botiquín?

-¿Qué papeles conserva?

-¿Le cuesta trabajo “tirar” algo?

-¿Permite que su pareja esté en el baño mientras usted está sentado en el inodoro?

Puede tragar una píldora sin agua?

-¿Cómo come el choclo? ¿En forma disciplinada?

-¿Mantiene las dos manos en el volante mientras maneja?

-¿Aprieta la pasta dentífrica desde abajo o le da en el medio?

-¿Usa el corte que tiene en el calzoncillo (si usa boxers) para orinar?

-¿Cómo pone el rollo de papel higiénico? Es decir, el papel, ¿tiene que salir de arriba o de abajo del rollo?

- En un supermercado...

-¿Busca en la parte de atrás para llevarse los alimentos más frescos que venzan más lejos en el tiempo?

-Si descubre, cuando está por llegar a la caja, que hay algo que tiene en el carrito que no quiere, ¿lo deja en cualquier lugar? ¿Lo lleva al lugar de donde lo sacó? ¿Se lo deja a la cajera? ¿Lo esconde detrás de otra mercadería?

- En su casa...

-¿Cómo abre los sobres que le llegan? ¿Con un abridor de cartas o de cualquier forma? ¿Rompe arriba o a un costado?

-¿Le agregaría agua a un licor o un whisky para que haya más cuando tiene una fiesta?

-¿Pondría un vino más barato dentro de una botella de vino de mejor marca?

-¿Les hace la tarea a los chicos?

-¿Usa píldoras para dormir?

-¿Le dice al médico que ponga más dinero en la factura para que la compañía de salud prepaga le tenga que devolver más dinero?

-¿Se lleva objetos de su trabajo para su casa para no tener que comprarlos?

-¿Se mete los dedos en la nariz cuando nadie lo mira? (No me diga que se los mete cuando alguien lo está mirando también...)

- Para mujeres solamente...

-¿En qué orden se viste?

-¿Bombacha, corpiño y luego medias?

-¿O corpiño, bombacha y medias?

-¿O alguna otra combinación?

-¿O directamente no tiene ni idea, ni le importa, ni sigue ningún patrón?

- Afuera de su casa...

-¿Se sienta en inodoros públicos?

-¿Abre la canilla cuando está por orinar en una casa ajena?

-¿Se bañó alguna vez desnudo en alguna playa?

-¿Tomó sol desnudo en alguna parte?

- Hábitos extraños...

Fíjese si se reconoce en alguno.

-Masticar hielo.

-Estirarse los dedos y hacer ruido.

-Tragarse su propia “mucosidad”.

-Comer la parte de arriba de un lápiz o birome.

-Hacer ruido con los dientes.

-Enredar el cable del teléfono.

-Arreglarse el pelo todo el tiempo.

-¿Adelanta el reloj adrede? Si contestó que sí... ¿cuánto tiempo? Si contestó que no... ¿es porque no usa reloj o porque nunca se le ocurrió o le parece estúpido que alguien lo haga?

- En un restaurante...

-¿Devuelve alguna vez la comida?

-¿Se lleva la comida que sobró?

-¿Se enoja con el mozo y no le deja propina?

La lista de preguntas podría continuar “casi” indefinidamente, pero la/lo invito a que usted agregue las que le parezcan más pertinentes o interesantes. Es un ejercicio mental interesante imaginar cómo agruparnos, cómo clasificarnos, buscar patrones que nos distingan.

Más abajo figuran los resultados que encontré dispersos. No puedo dar fe de que sean ciertos, pero quizá sean una buena aproximación.

- Sobre hábitos molestos

Menos del 20 por ciento contestó que no tiene ninguno. Los más populares son golpear los dedos o sacudir ligeramente las rodillas o las piernas. Por otro lado, casi un 45 muerde o mastica hielo, y uno de cada cuatro (27,1 por ciento) se come el lápiz o el capuchón de una lapicera. Y uno de cada cinco hace ruido con los dientes.

- Sobre las uñas

Uno de cada tres chicos se come las uñas en lugar de cortárselas. En los adultos disminuye un poco, pero todavía el porcentaje es alto: 20 por ciento (uno de cada cinco). Respecto de las uñas de los dedos de los pies, uno de cada cuatro, en algún punto de su vida, hizo alguna contorsión para llegar con la boca hasta allí, pero sólo uno por ciento de los adultos admite haberlo hecho.

- Sobre la nariz

Si la nariz pudiera hablar... Sólo una persona de cada diez confiesa meterse los dedos en la nariz y un poco menos del 5 por ciento admite haberlo hecho alguna vez en su vida... ¡vamos!

- Sobre la limpieza

65 por ciento de las mujeres y 62 por ciento de los hombres dicen limpiarse con consistencia aún las partes que no se ven. Pero estos números eran más altos una década atrás: 75 por ciento.

- Sobre la cama

El 21 por ciento de la gente confiesa que NO hace su cama diariamente e increíblemente el 5 de las mujeres dice NUNCA hacerla. Con todo, 71 por ciento de las mujeres sí la prepara con consistencia mientras que el 45 de los hombres reporta hacerlo. De los chicos, a pesar de los padres, sólo el 19 por ciento cumple.

- Sobre revistas

Menos del 10 por ciento dice que las tiene en la casa por alrededor de dos semanas o menos. La mitad de nosotros dice que quedan en la casa por seis meses y sólo el 20 por ciento admite coleccionarlas y el 15 dice que las tira cuando llega la primavera o el otoño.

¿Alguna vez usted dio vuelta una prenda para no tener que lavarla?

Aunque una buena parte de la gente se vio horrorizada ante la pregunta, el 12 por ciento admite haberlo hecho aun como una medida desesperada. El 4 acepta haber usado ropa que ya no estaba en buen estado (pero al derecho) y pospuso enviarlas a la tintorería o haberlas lavado. Hablando de tintorería y lavados, sólo el 29 por ciento de los hombres lava su ropa y sólo el 7 de las mujeres les confían a sus esposos esa tarea.

- Sobre la ropa

Más del 22 por ciento de las mujeres dice que no tiene idea qué se pone primero: la bombacha, el corpiño o las medias... o les pareció muy perverso que se las consultara sobre eso, pero de las que sí contestaron, cerca del 49 por ciento dijo que se pone la bombacha primero y el 19 dice que el corpiño va antes que nada.

Más del 22 por ciento de la gente consultada se pone los zapatos sin desatarlos y 66 por ciento se pone ropa al comienzo del día y no se cambia más, pero hay gente (hombres y mujeres, ya que aquí no hay diferencia) que reconoce que se cambia para ponerse algo más confortable en algún momento del día.

El 54 por ciento de la gente cuelga la ropa no bien se la saca y después, en orden descendente, la apoya en una silla, la deja en el piso o la pone debajo de la cama...

- En las mochilas...

-qué pone la gente?

Más del 82 por ciento pone al menos algo para leer. Más de la mitad, 54 por ciento, tiene una aspirina, el 30 algo para comer, ropa o profilácticos. El 24 lleva un cepillo de dientes, el 6 un teléfono y un 3 por ciento una laptop o computadora portátil.

- Casamientos

El 66 por ciento de la gente usa algún emblema que le recuerda su matrimonio, un anillo preferentemente.

- Puntualidad

El 64 por ciento de la gente se define como puntual... el 35 dice que prefiere llegar un poquito tarde (alrededor de 10 minutos).

- Etica

El 13 por ciento admite hacer la tarea por sus hijos. La mitad de la gente, si golpeó el auto de otra persona y nadie lo vio, se escapa sin decir nada. Sin embargo, los hombres dicen en proporción de un 80 por ciento (cuatro de cada cinco) que ellos dejarían una nota en el parabrisas con sus datos, mientras que menos de dos de cada cinco mujeres lo haría. Un dato curioso es que más del 90 por ciento confiesa que miente regularmente y al menos uno de cada cinco confiesa no pasar un día sin mentir al menos una vez. Más aún: casi la mitad, el 45 por ciento, piensa que no es algo necesariamente malo mentir. El 17 dice que no es que no mienta porque es inmoral o está mal, sino porque les daría miedo o vergüenza ser descubiertos. Y otro dato curioso: cuanto más conocemos a una persona es más probable que le contemos una mentira más grande. El 27 por ciento admite haberse copiado al menos una vez en el colegio o en un examen... (¿nada más?) y casi el 30 dice haber salido al menos una vez (también) de un negocio llevándose algo sin pagar. Más del 6 admite haber agregado agua a alguna bebida para que dure más si tenían invitados y muy pocos más aceptan haber colocado otro whisky en una botella (digamos) de Chivas.

- Cuando nadie mira

El 47 por ciento toma de la botella o come helado directamente del contenedor, y los hombres lo hacen en un 54 por ciento. Casi el 22 por ciento de las mujeres toma leche directamente del cartón y 36,6, de la botella de algún jugo.

- Comida

Virtualmente ninguna persona deja comida en el plato en su casa, pero el 6 por ciento deja algo en el plato en casa ajena o comiendo afuera, porque es bien visto por las reglas de elegancia (que nunca nadie sabrá de dónde salieron). Si uno tuviera que tragar algo que no le gusta, sólo uno de cada cinco lo haría, mientras que la mayoría lo dejaría de alguna manera que representara no perder el tacto, en una servilleta, aunque uno de cada seis lo escupiría directamente. Más del 15 por ciento de la gente prefiere su pizza a temperatura normal o directamente de la heladera. Aquellos que tienen menos recursos económicos se inclinan más por esta variante que aquellos que tienen más posibilidades. Más del 80 come la pizza con las manos y apenas uno de cada cinco la come con cuchillo y tenedor. El 56 por ciento de los hombres reportan su amor por cocinar y el 78 de las mujeres aceptan lo mismo.

- Sobre los dientes

Contrariamente a lo que se piensa, la mayor parte del mundo no se lava los dientes de arriba hacia abajo: menos de la mitad lo hace y en general son personas mayores. Sólo uno de cada cuatro se los lava en un movimiento circular (tedioso) y menos del 13 por ciento lo hace de un lado hacia el otro. Un dato sorprendente es que casi la mitad de la gente (hombres y mujeres juntos acá) dicen que aprietan la pasta dentífrica de abajo... (¡vamos!)

- Duchas y baños

La mayoría de nosotros dice que se baña por 10 minutos. Las adolescentes dicen que le dedican 15 minutos, pero el análisis hecho por los encuestadores da que el promedio es de 4 minutos por ducha y que la temperatura promedio es alrededor de 38 grados.

- Para terminar

Obviamente, no hay nada malo en ser distinto y, de hecho, cada uno de nosotros es “diferente” en algún sentido, pero no deja de ser interesante revisarnos y reconocernos. Normales o no, es lo que somos.

* Hay múltiples tests enInternet que intentan buscar estos patrones. Yo elegí algunos que me resultaron más interesantes y los copié acá, pero no me quiero apropiar ni de la idea del artículo ni de las preguntas que aparecen.

  Diario Página12 6/4/2013.-     .

Shakespeare en Buenos Aires

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por Enrique Medina



Mientras gambeteamos gente bajo una noche espléndida, y a punto de cruzar la avenida 9 de Julio, Nora me pasa la botellita de agua mineral y larga su apasionado espiche sobre las obras del Cisne de Avon:

–Es dar vida, eso es Shakespeare. Y por supuesto muchísimo más, eso... Y si hay reglas de oro, esas reglas de oro deben cumplirse. No puede ser que ninguna de las puestas logre el entusiasmo, sólo hay un páramo, sin ideas ni concepción ni embarazo, sólo abortos...

–Cuidado, que se nos fue la luz verde...

–No puede ser que textos como los de Shakespeare se escapen, vuelen sin quedarte en los oídos. Es que no controlamos nuestro defecto de hablar muy rápido y sin vocalizar. Es obligación del actor ser escuchado, perfectamente, desde la última fila. Lo decía Lola Membrives. Y nos lo repetía Marcelo Lavalle cuando estudié teatro con él. El sí que fue un innovador, y hoy nadie sabe quién es...

–Tenemos olvidos mucho más graves...

–Sí, él mezclaba todo. La primera lección que nos dio, lo recuerdo y me emociona, fue que si se fuma dentro del teatro, el pucho debe deshacerse con la punta del zapato, asegurarse de que se lo apaga... ¿por qué?...

–...

– ...Te estoy preguntando...

–Ah... No sé...

–Porque el teatro para el actor debe ser un templo... ¿Te gustó?...

–Sí. Pero creo que ahora está prohibido fumar en todos lados, ¿no?...

– ...Y que el teatro es texto.

–Ya. Crucemos...

–Textos desaprovechados... Desperdiciar un texto de Shakespeare es imperdonable.

–¿Qué traducciones usaron, Astrana Marín, Menéndez Pelayo, MacPherson, Battistessa?...

–Estás fuera del mercado, vos. Hoy todo el mundo es cantautor... ¿Por qué pagarles derechos a otros cuando puede cobrarlos uno?... Ja, ja... Money-money-money...

–¿Nos sentamos bajo las estrellas?

–Dale... ¡Y los espacios!... Desaprovechados los espacios. Un pecado esos escenarios impecables, regalados para nada...

–Esperá que limpio un poco... Ya.

–Gracias. Creo que no deberían hacerse adaptaciones saltando las épocas y abusando del bombín. Shakespeare es su tiempo, si yo lo ubico en una villa miseria tergiverso todo su espíritu por más que cuide los equivalentes. Creo que nadie superó a Laurence Olivier. ¡Además respetar el original es todo un desafío artístico!, y pretextando adaptaciones y otros pirulines, uno justifica el no jugarse a lo serio...

–No sé, linda... El primero que cambió el escenario fue Richard Burton, en Hamlet. Lo hizo con ropas de calle. Pero obligado. A último momento falló la producción y decidió salir al toro. Creo que él ya había inventado el teatro leído. El afirmaba lo que vos: el teatro es texto. Lo había desafiado a Olivier, a que ambos representaran Hamlet y que el público señalara al mejor. Buscaba publicidad y lo logró. Ahí lo contrató Hollywood para hacer El Manto Sagrado, que fue la primera película en “cinemascope” y no paró más, salvo si veía una botella de whisky. Cuando Zeffirelli le da una vuelta de tuerca al Hamlet de Olivier lo hace en lo profundo y filosófico: El “To be or not to be” de Olivier es en lo alto, ante el cielo y el mar, y con un puñal que se le resbala y cobra significación; en cambio el parlamento de Mel Gibson es en otro tono y descendiendo a las catacumbas. Son diferentes visiones filosóficas de un mismo texto. Pero decir el texto entre dientes, sin modular ni darle matiz, sólo de memoria y rápido como para sacárselo de encima, y además sin que se oiga, no... eso no es Shakespeare, y tenés toda la razón del mundo. Ni tampoco estar como postes, ni tener en cuenta el escenario, todo muy chato, muy chato, nada de creatividad. Salvo, alguno que otro, escapado de la nada, chatura total...

–Actitud que obedece a una chatura general.

La luna se inclina junto al Obelisco haciendo una reverencia. La gente hace espacio sin saber por qué ni para qué. Los semáforos se clavan y los vehículos dejan de cruzar la avenida. Es Shakespeare que avanza con pasos alados y ojos de fuego. Salpicándonos con saliva por la bronca que trae, nos dice: “¡Me cago en el pretexto de la vigencia y me cago en lo obtuso y lo amorfo!..” Agarra mi botellita. Bebe. Está gordo y le pregunto qué carga debajo de la ropa. Me devuelve la botellita y muestra dos inmensas hachas. Pregunta por la calle de los teatros. Indico de dónde venimos. Yergue la testa y, rugiendo cual fiera desatada, apresura su camino.

  Diario Página12 7/4/2010.-     .

El ontólogo

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por Leonardo Moledo


las únicas vías de indagación a la verdad,
son éstas.
La primera, que lo que Es no es posible que
No Sea.
La otra, que lo que No Es es necesario que
No Sea,
un sendero, te digo, enteramente
impracticable.
Pues no conocerías lo que No Es
ni decirlo podrías en palabras.

Parménides, Poema Ontológico

En filosofía, la ontología es una parte de la metafísica que estudia lo que hay, es decir cuáles entidades existen y cuáles no.

Wikipedia


El hombre se sentó en una esquina del bar La Orquídea, puso sus codos sobre la mesa, se agarró la cabeza y pidió medio café: era obvio que se había quedado sin trabajo y escatimaba el gasto de sus ahorros. Una sana simpatía recorrió a la concurrencia y hasta la gorda que todos los días a las cinco se sentaba a llorar durante una hora lo miró con expresión indulgente. El hombre se vio obligado a contar sus desventuras.

–Yo soy ontólogo –dijo– y parece que los ontólogos ya no servimos para nada.

Primero hubo un silencio helado. Al rato... “Pero la gente sigue teniendo dientes que se le pudren –dijo la gorda sorprendida– y aunque ahora todo se soluciona con implantes, siempre va a haber gente necesitada (Nota: la concurrencia confundió el término ontólogo con oncólogo –de ahí la frialdad– y con odontólogo –y de ahí la sorpresa–).

–Ontólogo –repitió el hombre–, recibido con medalla de oro y un trabajo de tesis dificilísimo: determinar la existencia del unicornio.

Todos lo miraron, sin entender mucho

–Es tradicional decir que el unicornio no existe y es tradicional decir que sí –dijo el hombre– y en eso, precisamente, consistió mi trabajo de tesis. Como yo soy ontólogo de la escuela empirista, me trajeron un unicornio; lo examiné con espantoso cuidado y llegué a la conclusión de que no existía, como comúnmente se acepta en el siglo XXI.

–¿Y en qué trabaja un ontólogo? –pregunté.

–Hay muchos lugares donde su presencia es crucial: la policía debería contar con ontólogos profesionales para examinar las pistas y decir si en realidad existen o no. Se ganaría mucho tiempo. O en los hospitales, donde mucha gente acude con síntomas inexistentes; yo puedo en un santiamén decir si son reales o pura hipocondría. Más rápido que un médico, dada mi especialidad.

–¿Y por qué lo despidieron?

–En la repartición municipal donde trabajo, mi tarea era decidir si los problemas son reales, pero cayó un jefe rabiosamente posmoderno, que considera que la existencia es un detalle que no le importa a nadie, y menos al jefe de Gobierno, que sólo mira si un problema es un relato que le traiga votos o no. Además, a Macri fue imposible hacerle entender la palabra “ontología”.

Hubo un silencio lastimoso, que quise aprovechar para aclarar dudas y dudas muy profundas.

–¿Los números existen? ¿El número 2, por ejemplo, existe?

–Yo soy un ontólogo empirista –me contestó–. Muéstreme el número dos y podré contestarle.

Inmediatamente puse dos monedas sobre la mesa (Nota: presumiblemente una de esas monedas era el Zahir, pero el Zahir es una moneda de veinte centavos, que ahora no está en circulación).

–Ese no es el número dos, sino apenas dos monedas. Como objeto de estudio no me sirve: puedo decirle que esas dos monedas existen, claro, pero no puedo decirle nada sobre la existencia del número dos. Tráigame todos los pares de objetos posibles, pares de zapatos, pares de estrellas, pares de edificios, pares formados por un estrella y un zapato, y sin duda podría contestarle. Así, no le puedo decir nada.

–Pero son infinitos –protesté.

–No –me dijo él–. No necesariamente. Si el universo es infinito, obviamente lo son, pero si el universo es finito, es sólo cuestión de paciencia. ¿Pero por qué le preocupa tanto?

–Porque si los números existen, existe todo lo demás –dije.

–Menos el unicornio –sonrió él.

–¿Y dios existe?

–Tráigalo acá y se lo digo.

–Por lo menos esta mesa existe –dije, con mis dudas y recordando un párrafo de Russell. El ontólogo la examinó con cuidado.

Efectivamente existe. Puede usted apoyarse en ella sin miedo.

Le pregunté sobre las leyes de la Naturaleza, sobre los espejos, sobre los laberintos, muy argentinamente sobre los cuentos de Borges y el tango, sobre la calvicie del Rey de Francia (un tópico del Círculo de Viena), y meticulosamente el ontólogo iba separando lo que Era de lo que No Era.

Una sospecha me asaltó:

–¿Y usted existe?

El hombre suspiró: –Ayer, como les contaba, tuve un problema con mi jefe, un posmo de aquéllos, que considera equivalentes todos los relatos, pero como además es un autoritario, exigió que cada una de los empleados se hiciera un autoexamen ontológico. En el fondo él quería librarse de los ontólogos empíricos, en general izquierdistas, y sustituirlos por ontólogos de derecha...

–¿Y? ¿Qué pasó?

–Pasó que me analicé a fondo, hurgué en este conjunto de células y moléculas que es mi cuerpo, y en el conjunto de neuronas que es mi pensamiento, tomé en cuenta hasta el último neutrino y electrón...

–¿Y qué pasó?

–Que concluí que no.

–¿Qué no qué?

–Que yo no existo –dijo mientras empezaba a esfumarse– y lo que vale para mí se puede generalizar.

El hombre ya había desaparecido. Pero yo me miré las manos y vi que se estaban volviendo transparentes.

 
Diario Página12 8/4/2010.-
 
 
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