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martes, 26 de febrero de 2013

Contestador

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por Liliana Hecker
Novelista, cuentista y ensayista, Liliana Heker es una de las escritoras más reconocidas de la Argentina. El relato que se reproduce pertenece al libro La crueldad de la vida (Alfaguara, 2001), y fue incluido en la compilación Cuentos (Punto de lectura, 2009).




Los artefactos no me son propicios. Puedo resolver con cierta elegancia un sistema de ecuaciones con ncógnitas y ni siquiera le temo al producto vectorial, pero basta que ensaye multiplicar veintitrés por ocho en una vulgar calculadora de bolsillo para que cifras altamente improbables invadan la pantallita y, pese a mis intentos desesperados, perseveren en quedarse ahí. Para decirlo de una vez por todas, aun la más arcaica de las batidoras eléctricas tiende a insubordinarse apenas la toco.

Pero el contestador era otra cosa para mí. Lo creía un artefacto benévolo, un amortiguador gentil entre el mundo exterior y yo. Confieso que mi primer -remoto- contacto con uno de ellos no fue amable: yo estaba llamando por teléfono a un poeta melancólico; olvidé (o no tuve en cuenta) que además era veterinario. Luego de unos segundos irrumpió su voz, sólo que solemne y odiosa, y dijo: “Soy el contestador telefónico del doctor Julio César Silvain; tiene treinta segundos para contarme su problema”.

Ahora las cosas han cambiado. Sin que nada lo haga prever, Bach o Los Redonditos pueden irrumpir en nuestra oreja y atenuarnos toda angustia, y una voz amistosa o seductora, o el escueto anuncio: “Flacos, no estoy o me zarpé; llamen después”, anticipan con bastante aproximación qué vamos a encontrar cuando por fin nos atienda un humano.

Conscientes de esta cualidad anticipatoria, Ernesto y yo, apenas tuvimos un contestador pusimos singular esmero en la grabación. Verano porteño fue el resultado de un análisis minucioso: yo redacté el mensaje (distante pero cordial) y él lo leyó con voz grata. Todo parecía benigno. No sólo por la libertad que el contestador nos otorgaría en el futuro y por su virtud poética -¿no hay cierta belleza en la sucesión arbitraria de mensajes, en el contraste a veces violento entre los tonos y los propósitos de unos y otros?-; era benigno sobre todo por la esperanza. Sí.Aunque nunca hablábamos de eso, nos pasaba que al regresar de un viaje o de una mera tarde fuera de casa, apenas activábamos el playback había un suspenso, un instante brevísimo pero embriagador en el que los dos sabíamos que una noticia afortunada podía saltar sobre nosotros y catapultarnos a la alegría. Cierto que muchas veces un acreedor o una madre nos traían tristemente a la realidad, pero quién nos quitaba ese instante privilegiado en que el mensaje era puro futuro y la felicidad podía estar al acecho.

Hasta que el lunes 28 de abril todo cambió. Llegamos a casa, apretamos el playback y, como siempre, esperamos la salvación. Justo después del mensaje de un estudioso de Texas apareció la voz. Era una voz de mujer, sonriente y aliviada, como de quien se ha liberado de una carga pertinaz. Decía: “Nico, habla Amanda; lo estuve pensando todos estos meses y tenías razón: no podemos vivir separados. Llamame”. Me inquieté; era evidente que Amanda no dudaba del amor de Nico, ¿cuánto tardaría en deponer su orgullo y volver a llamar (esta vez al número correcto) sí se aclaraba todo? Después me olvidé, hasta que el miércoles, mientras me estaba bañando, volví a escuchar la voz: “Nico, habla Amanda; hace dos días que estoy...”. Salí chorreando del baño; cuando llegué al teléfono Amanda había cortado. El mensaje del sábado ya aportaba algunos detalles oscuros sobre el carácter de Nico; según Amanda, él también había hecho lo suyo para que esto terminara, ¿qué se venía a hacer el ofendido ahora? Ernesto y yo nos miramos con desaliento; el amor es un estado excelso e infrecuente, no podíamos dejar que estos dos se desencontraran. Decidimos desconectar el contestador y quedarnos en casa todo el fin de semana.

Inútil: Amanda no llamó. Dos veces, eso sí, atendí yo y me cortaron con violencia; el mensaje del martes nos indicó que mi voz no había hecho más que empeorar las cosas. Probó Erparecer, Amanda también le cortó a él. Creí entender la razón: a esta altura, ella no tenía el menor interés en facilitarle las cosas a Nico. Si estaba en casa, que se tomase el trabajo de llamar él, qué diablos, si todavía creía que este amor “tan exaltado por él en otros tiempos” (tonito irónico de Amanda) seguía valiendo la pena.

El quinto mensaje nos decidió: era desolador y vengativo. Se están destruyendo, dijimos. Había que idear una solución. Calculamos que, si Amanda recordaba mal el número, era probable que el teléfono de Nico se pareciera al nuestro. Empezamos por variar un número cada vez. Cuarenta y cinco posibilidades, y otras diez incluyendo aquellas características que podrían confundirse con la de casa. Nos llevó dos días. Encontramos a dos personas llamadas Nicolás, pero no conocían a ninguna Amanda. En dieciocho casos nos respondió un contestador. Nos pareció que ahí lo más sencillo sería que yo misma, imitando lo mejor que podía la voz de Amanda, grabase el primer mensaje.

Por Amanda, cada vez más despiadada, supimos que mi mensaje no había llegado a destino. Encaramos la variación simultánea de dos cifras. Para ordenar el trabajo hice un cálculo previo: hay 6.075 combinaciones posibles, sin contar las variantes por característica. A razón de sesenta llamados por día, antes de cuatro meses terminábamos. El amor de esos dos y la recuperación de nuestra alegría, ¿no valían el esfuerzo? Ernesto se encargó de los humanos; yo, de grabar el primer mensaje en los contestadores. Todo en vano; Amanda seguía registrando pormenores cada vez más oprobiosos sobre los hábitos de Nico. Un día Ernesto tuvo lo que creyó una revelación. Dijo:

–No sé si yo hubiese contestado al primer llamado de Amanda. Al fin y al cabo, fue ella la que lo dejó.

Me agobió el porvenir pero tuve que darle la razón. Mientras seguíamos avanzando con los primerizos empecé a grabar, en los contestadores ya registrados y con odio creciente, los mensajes sucesivos de Amanda. Mientras, su ferocidad seguía aumentando en nuestro propio contestador. Ayer tuve un desfallecimiento. El mensaje de Amanda aludía a un suceso particularmente repugnante de la relación entre ellos dos.

–No hay nada que hacer –le dije a Ernesto–; Amanda, a esta altura, ya no podría volver con Nico. Ahora lo único que quiere es destruirlo. Nos miramos con fatiga. Habíamos entendido que era inútil seguir buscando a Nico; aunque lo encontrásemos ya nada detendría los mensajes sangrientos de Amanda.

Entonces recibimos un nuevo mensaje en el contestador. Era una voz de mujer, sonriente y aliviada. Decía: “Nico, habla Amanda; lo estuve pensando todos estos meses y tenías razón, no podemos vivir separados. Llamame”. No era la voz de Amanda: la conozco demasiado bien. Era la imitación de mi propia voz imitándola. Dios, alguien a quien yo había llamado (y cuántos vendrían detrás) iniciaba el infructuoso trabajo de unir a Amanda y Nico. Algo irreparable está desencadenado. Ahora, el acto de escuchar los mensajes del contestador da miedo: ¿con cuál etapa del odio de Amanda nos vamos a encontrar? Ya no hay paz para nosotros.



Revista el Monitor N° 24
Ministerio de Educación
Presidencia de la Nación

sábado, 23 de febrero de 2013

Los infalibles

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por Enrique Pinti



"La primera impresión es la que vale", decimos frecuentemente poniendo cara de "intuitivos natos", esa cara de los tontos que hablan de las cosas inmediatamente después de que sucedieron. "Yo sabía", "yo vi algo raro", "yo, donde pongo el ojo pongo la bala", "a mí es muy difícil que me puedan seducir con sonrisitas y zalamerías, yo tengo olfato, es cuestión de piel, ¿viste? La química no se produce, y cuando no hay química no hay nada". Todos somos expertos y tenemos vista de lince y ojo de buen cubero, sobre todo cuando la desgracia le ocurre al vecino. Cuando nos defraudan a nosotros no sabemos qué decir y entonces la retórica va por el lado de "yo sabía, ¿viste? Pero tengo el gran defecto de ser demasiado bueno y, aunque me doy cuenta de todo, igual me cuesta entender que no todos son tan buenos como yo y por no quedar mal me dejo embromar; soy demasiado bueno, ¿viste?" Nadie nos cree, ni nosotros nos creemos, pero avanzamos en la mentira sin dar el brazo a torcer. ¿Y si reconociéramos nuestros errores? Eso sería algo así como ciencia ficción. No hacerse cargo de las metidas de pata parece ser la ley no escrita para muchos seres humanos, que prefieren la sanata a la cruda y a veces amarga verdad. ¿Qué es eso de "mi gran defecto es mi bondad y pureza"? ¿Desde cuándo eso puede ser enunciado como defecto? Pero vivimos en sociedades que prefieren cualquier cosa antes que admitir un error, porque para muchos equivocarse es "perder", palabra maléfica y siniestra en este mundo de "ganadores". Nos inculcan desde muy temprana edad la noción de triunfo a cualquier precio; nos enseñan a despreciar al débil, a idolatrar al líder carismático y a negar cualquier acto que signifique un yerro o un tropezón de esos que, como dice el tango, "cualquiera da en la vida". Entonces, hay que armar la coraza del infalible, del superhombre que la tiene clara, que nunca duda y que con mano firme y dura avanza por la vida ganando batallas y salvando obstáculos como en una maratón triunfal. Y nos volvemos insoportables, fatuos, obvios hasta el ridículo y más previsibles que final de telenovela. Equivocarse, ser engañados y perjudicados moral o económicamente por malversadores de sentimientos o ladrones de esperanzas forma parte de la experiencia vital de la que casi nadie se salva; es una manera de madurar y aprender el difícil arte de vivir. Dividir al mundo en perdedores y ganadores es peligroso. Dar a las razas, las religiones y los sistemas de gobierno la categoría definitiva de "éxito" o "fracaso" es más peligroso aun. Y, en el plano individual, no valorar el "mal paso" como una experiencia no deseada, pero absolutamente probable, puede constituir una manera totalmente errada para el desarrollo vital.

La realidad no es tan sencilla como muchos creen. Claro que duele pegarse golpes, claro que no los queremos ni para nosotros ni para nuestros seres queridos, pero forman parte de la vida, y quien intente eludirlos disfrazándose de Superman descubrirá que la kriptonita no abunda en el mercado y sentirá que su vuelo se hace más y más rasante, pudiendo a veces terminar en un panzazo maestro con el tren de aterrizaje averiado. La prueba y el error son las mejores maneras de pasar por esta breve vida y, si somos buenos en lo nuestro, que lo digan los otros y no nuestra vanidad y prepotencia.



Revista LaNación 15/10/2006.-

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