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domingo, 23 de diciembre de 2012

Entrevista a Christian Plantin - El hacer argumentativo. Pedagogía y teoría de la argumentación

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por Jorge Warley

Universidad Nacional de La Pampa
Universidad de Buenos Aires

 
Christian Plantin es doctor en Filosofía y Letras, graduado en Bruselas, Bélgica, país en el que nació, y actualmente se desempeña como director de investigaciones en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), en Lyon, Francia. Se ha especializado en el estudio de la argumentación, tarea que lo llevó a publicar numerosos artículos y libros que ya han sido traducidos a diversos idiomas. En 2010 visitó Buenos Aires donde brindó una serie de charlas y conferencias sobre su especialidad.

Hace poco más de dos décadas, el Ministerio de Educación francés le encargó a Plantin la elaboración de un tratado que sistematizara los elementos básicos de la teoría de la argumentación con vistas a la formación de los docentes que se desempeñan en los últimos años de la escuela media. Ahora el libro se acaba de editar en la Argentina, lleva por nombre El hacer argumentativo y suma la firma en coautoría de Nora Muñoz —la encargada de "adaptar" y ejemplificar lo escrito por Plantin al ámbito rioplatense—.1

Lo interesante de este manual introductorio —así se puede entender, creemos, la iniciativa institucional que le dio vida— es que permite ordenar la enseñanza de la lengua en el cierre del ciclo de los estudios secundarios con vistas a desarrollar y reorientar muchos de sus presupuestos básicos.

El carácter pedagógico del volumen está claramente indicado. Se trata, según el nombre elegido por el autor, de 29 fichas ordenadas en 6 capítulos (Definición, Vocabulario, Conectores, Análisis, Síntesis y Producción), que a la vez en su interior se subdividen en un conjunto de breves apartados ordenados numéricamente.

Sin mucho preámbulo teórico en el inicio ("De la lengua de la argumentación al discurso argumentativo"), Plantin parece definir la práctica lingüística de la argumentación con una vaga referencia pragmática: "Consideramos la argumentación una 'forma de hacer' con las pa­labras, un juego del lenguaje entre otros", afirma, y es esa noción de juego la que se enfatiza en el prólogo:

El capítulo 5 "Síntesis" (fichas 23 a 26) nos permitirá pasar de estos problemas de comprensión del juego argumentativo a la síntesis activa de los argumentos. El alumno es estimulado a ir y venir de un punto de vista al otro, de una posición argumentativa a la posición antagonista, antes de tomar distancia del juego para hacer una re­capitulación y situarse frente a éste (11. El subrayado es nuestro).

La vaga referencia a Ludwig Wittgenstein que se podría establecer conviene mejor desplazarla para afincar una visión pragmática general de la cuestión. Es decir, una perspectiva donde las normas lingüísticas se ven subordinadas a la necesidad y a "las intenciones de los locutores". Y se agrega programáticamente en el capítulo uno:

La enseñanza del vocabulario, como la de la sintaxis que es tribu­taria de aquél, no constituye un contenido autónomo. No se trata de mejorar las performances de jugadores de Scrabble (un juego de ingenio fundado en habilidades en el uso de vocabulario) sino de formar las capacidades de comprensión y de producción de textos funcionales en situación, respondiendo a ciertas exigencias intelectuales. El aprendizaje de las palabras está al servicio de la expresión y de la comunicación, por lo tanto, del aprendizaje del texto (22).

En el capítulo respectivo, el segundo, se focaliza precisamente en la hegemonía de los verbos y los sustantivos a la hora de ordenar un texto argumentativo, y en las diversas transformaciones. Claro que colocar en primer plano esta intencionalidad comunicativa práctica no supone abjurar de la revisión de las nociones gramaticales que, de una manera general, podríamos llamar más tradicionales en los estudios de la lengua. Así Plantin y Muñoz dicen:

Las palabras son acá instrumentos de expresión que es necesario fijar para poner en uso, pero también nociones que deben ser objeto de un trabajo de reflexión (11).

En ese mismo sentido apunta el capítulo tercero, dedicado a los conectores, pronombres y conjunciones. Como para que queden claros esos "otros usos" que el trabajo sobre el discurso argumentativo involucra, aunque, por supuesto, su desarrollo no sea materia de este breve tratado, se puede leer al comienzo del capítulo inicial:

La argumentación es una actividad de tipo racional, que utiliza la lengua de todos los días, de la que supone un buen manejo (13).

Así, nos parece que lo más interesante que El hacer argumentativo pone en juego didáctico es ese lugar estratégico que puede ocupar el estudio y la práctica de la argumentación en el desarrollo de los estudios de lengua de la escuela media. Considerados en su conjunto, desde el reconocimiento de los puntos de vistas que se ponen en juego y cuyo análisis correcto determina la buena comprensión de un texto, hasta la producción de discursos argumentativos bien desarrollados y la descripción de los enfrentamientos polémicos en los textos extensos y de mayor complejidad.

Entrevista a Christian Plantin

Si bien se le aclaró que se trataba de interrogaciones que podía interpretar de manera amplia y utilizar como simples puntos de partida para sus respuestas, el breve cuestionario que se envió por correo electrónico a Plantin fue el siguiente:

1) El libro le fue originalmente encargado por las autoridades de la educación francesa y orientado hacia la formación de los docentes. ¿Qué aportes cree usted que la teoría de la argumentación supone para la enseñanza de la lengua? ¿Pueden complementarse tales aportes con las formas tradicionales de enseñanza de la gramática?

2) Más allá de que se tratara de cumplimentar una solicitud oficial, ¿cuál fue "su" objetivo? ¿Estaba convencido de la necesidad de incorporar esa problemática? ¿Era su pretensión ayudar a una cierta "reforma" o actualización en la enseñanza de la lengua o un cometido tal estaba lejos de su pensamiento?

3) ¿Cuál es el balance que, desde el presente, puede realizarse de esta experiencia pedagógica iniciada hace ya más de dos décadas?

Las preguntas-guías fueron redactadas en castellano y en esa misma lengua accedió a responder gentilmente el especialista, y lo hizo muy bien, por cierto. El objetivo era el de obtener alguna información complementaria. Como introducción a sus respuestas, Plantin señaló "agrupo en primer lugar las preguntas referidas a diversos aspectos institucionales y después las que conciernen a la enseñanza de la argumentación". Así se transcriben en su totalidad a continuación2.

I . Aspectos institucionales

El Hacer argumentativo está escrito, en efecto, a partir de un texto concebido dentro de una perspectiva educativa. Corresponde a la tercera parte de la tesis que defendí en 1988 en la Universidad de Bruselas. Al concluir esta tesis, se puso en contacto conmigo Simone Darantière, del Centro Nacional de Documentación Pedagógica (CNDP) —una institución original, cuya función era producir documentación a "precio de costo" para los estudiantes y profesores, y que cumplió notablemente con su promesa— que había constituido un grupo sobre cuestiones de enseñanza de la argumentación. Era una iniciativa totalmente original a fines de los años 80.

Efectivamente, recién en los años 90 aparecieron cuestiones relativas a la argumentación en los programas de enseñanza secundaria. Ciertamente estas modestas fichas no dieron origen a estos cambios, digamos que han participado del movimiento.

Debo reconocer que jamás me preocupé, sin duda equivocadamente, por una posible institucionalización de esta forma de enseñanza. No cuento con la experiencia de "terreno" que me permita tomar posición acerca de las tentativas de reforma a la enseñanza de la gramática en Francia. Esta cuestión provoca entre nosotros tales pasiones políticas que aquel que se involucra en ella se ve atrapado en una lucha agotadora y posiblemente sin frutos. La enseñanza del francés en Francia es un lugar de identificación intenso por sus actores profesionales y por una clase política que encuentra allí un pretexto y los medios para realizar un ajuste de cuentas.

Me parece que la única estrategia posible debe ser indirecta: hacer las mejores propuestas, lo más claramente posibles, y que la gente interesada se apropie de ellas. Es lo que yo he intentado hacer, y pienso continuar con un pequeño diccionario de argumentación, pero es otra historia. La enseñanza de la argumentación es un espacio de iniciativa, de auto-organización y de libertad, y es de esperar que se mantenga el mayor lapso de tiempo posible.

Éste es el trabajo original que Nora Muñoz ha retomado por entero y ha enriquecido en su adaptación al español.

II. Argumentación, lengua, enseñanza de la lengua y de las competencias discursivas e interaccionales.

Este pequeño libro le debe todo a los estudiantes de la Universidad Libre de Bruselas, a los que les di cursos prácticos de argumentación entre 1983 y 1988. Todos los ejercicios —sería mejor hablar de pequeños problemas— todas las observaciones que allí figuran, en conjunto y en detalle, están ligados a dificultades efectivamente encontradas por estos estudiantes. Estoy en contra de la idea de ejercicios concebidos a priori, como "aplicaciones" de una teoría.

La argumentación es una actividad lingüística, que requiere unas competencias gramaticales y pragmáticas y también interaccionales.

Las competencias que la argumentación desarrolla están ligadas antes que nada a una práctica del lenguaje en interacción. Argumentar es ejercer la "función crítica" del lenguaje. Esquemáticamente, argumentar supone que se manejan tres posturas dentro de un grupo de habla, la de proponente (afirmar en público una posición) oponente (oponerse, decir que no se está de acuerdo, y por qué), y finalmente la de tercero, posición de duda, aquel que es capaz de preguntarse, de suspender su juicio y de escuchar lo que dicen los unos y los otros. Es cierto que estos aprendizajes deberían ser asumidos mucho antes dentro de la formación lingüística.

¿En qué puede contribuir la teoría de la argumentación a la enseñanza de la lengua?

El estudio de las orientaciones argumentativas propuesta por la teoría de la argumentación en la lengua de Jean-Claude Anscombre y Oswald Ducrot3 proporciona un excelente ejemplo de aporte a nuestra visión de la lengua. Se sabe que existen relaciones de restricción en el interior de un enunciado, como la que el verbo ejerce sobre su sujeto; en "X ladra", X es obligatoriamente un perro, real o metafórico. Ducrot ha mostrado que restricciones de este tipo son ejercidas por un enunciado sobre su continuación: el enunciado "Pedro es inteligente" tiene una orientación hacia una clase de enunciados como "resolverá el problema"; no se dice, dentro de circunstancias estándares "Pedro es inteligente, sin duda fracasará". Traducido libremente, diremos que los encadenamientos de enunciados no se hacen en referencia constante a lo real, sino que la lengua impone sus propias obligaciones sobre el desarrollo del discurso. Incluso en otros términos, diremos que el locutor tiene la impresión de razonar de forma tan razonable como racional, en tanto que no hace más que enhebrar unas cuasi-tautologías semánticas, y no hace más que "dejar hablar a la lengua".

En cambio, la visión dialogal en la que me sitúo, requiere que la enseñanza de la lengua tome en cuenta la realidad del lenguaje en interacción, que es un mundo teórico y práctico.

Sobre el plano de los aportes a la enseñanza de la lengua, esta concepción incita a poner en primer plano el proceso de producción y de comprensión en sus dimensiones textuales, contextuales e interaccionales. Es necesario captar el sentido de la acción lingüística en curso. La comprensión del sentido de un texto argumentativo no es una penosa reconstrucción apilando los sentidos de las palabras para obtener enunciados y el sentido de los enunciados para construir el sentido del texto. Recordamos, por cierto, en la obra el apólogo chino del sabio que muestra las estrellas y del tonto que mira el dedo. La comprensión es, en primer lugar, global: ¿cuál es la situación argumentativa, cuál es el problema?

Por ejemplo, si buscamos lo que quiere decir la expresión "terreno cubierto de nieve", es necesario en primer lugar preguntarse ¿de qué se trata? ¿Qué estamos haciendo? La expresión se comprende de forma muy diferente si se trata de esquí o de caza. Si se trata de hacer esquí, "cubierto de nieve" supone una capa continua. Pero si se trata de reglamentar la caza, se considera "terreno cubierto de nieve" un terreno donde puede haber grandes placas de tierra o de rocas sin nieve. ¿Por qué? Porque se trata precisamente de dejar una chance a los animales. Si la caza está prohibida solamente cuando la capa de nieve es continua, como para los esquiadores, la interdicción estaría vacía de sentido y no tendría eficacia.

¿Qué tipo de gramática supone la enseñanza de la argumentación?

En una perspectiva argumentativa, la enseñanza de la lengua debe estar abierta a la problemática del discurso, de la interacción, de los géneros y de las situaciones. Personalmente, pienso que los instrumentos más útiles son las gramáticas de "superficie", como las que han desarrollado Zellig Harris4, o, en Francia, Maurice Gross5. Estas gramáticas tienen un concepto de transformación directa de enunciado a enunciado, que se corresponde bien con realidades observables en el juego de los argumentos. Los diccionarios son instrumentos indispensables, y lo son más en tanto se abren a la consideración de construcciones sintácticas, por una parte, y de estereotipos de palabras, por otra. Si la palabra doxa tiene un sentido incuestionable, es precisamente en el diccionario donde se ve el funcionamiento de la doxa. A través de sus ejemplos y sus paráfrasis, el diccionario es un potente legitimador de frases y de inferencias entre las frases.

Es necesario añadir, pero sería sin duda una provocación, que la gramática que necesitamos en argumentación es el género de gramática cognitiva cuyos fundamentos han sido asentados por Aristóteles en el Organon.

Sobre la necesidad de integrar esta problemática

Los trabajos sobre la argumentación desarrollados desde la mitad del siglo XX son de una riqueza fascinante. Reflejan ciertamente las preocupaciones de la época. La obra de Chaïm Perelman está marcada por la preocupación de la racionalidad del discurso socio-político desde los años 19506, mientras que las de Jean-Blaise Grize7 y Ducrot son totalmente ajenas a esa problemática. Tienen lugar en el ambiente lingüístico-estructuralista de los años 1970 y de la psicología cognitiva de Jean Piaget, en lo que concierne a Grize.

Las teorías críticas a partir de la obra de Charles Hamblin (1970)8 están en el origen de aportes vigorosos a la pragmadialéctica9 y la lógica informal10, por entonces nacientes.

Personalmente, siempre me ha asombrado el aire de familia que caracteriza esos enfoques, y en el fondo siempre he querido trabajar si no sobre una unificación de las teorías al menos sobre una articulación de esas propuestas.

No se trata de meter todo en una, las diferencias se mantienen profundas, pero si se pueden distinguir cuestiones en disputa (por ejemplo, sobre las cuestiones tradicionales de la prueba, de la persuasión, el rol de las emociones o la responsabilidad de la instancia crítica) es precisamente porque es posible establecer un estado del arte.

De todo esto se deduce que, desde que yo comencé a trabajar al principio dentro del marco de la teoría de Ducrot, fascinado por la riqueza del Tratado de la argumentación (Perelman), estaba fuera de duda para mí que hacía falta alguna tomar esta problemática desde el lado de la educación. Pero antes de la experiencia en Bruselas, no concebía la extraordinaria riqueza de datos que me habrían de ser revelados gracias a los trabajos y los problemas de los estudiantes, a lo largo de esos cinco años.

Sobre los objetivos

En Bruselas nosotros partimos de constatar el fracaso de un programa, que pretendía mejorar las prácticas lingüísticas a partir de una enseñanza del "buen uso" y que consistía en rehacer otra vez los ejercicios que los estudiantes no llegaban a resolver. Es como si, frente a alguien que no habla español, usted esperara hacerle comprender repitiéndole la misma frase cada vez en volumen más alto. Mi objetivo era simple: se trataba de ayudar a los estudiantes de letras y ciencias humanas a dominar los lenguajes universitarios, los que se supone, y con buen criterio, son fundamentalmente argumentativos. El trabajo sobre la argumentación tiene algo de particular y es que requiere que se reflexione sobre lo que se está haciendo mientras se lo está haciendo; la buena práctica de la argumentación supone una suerte de metalenguaje de la argumentación. En la práctica, esto significa que para refutar a alguien o para alinearse con su posición, es necesario ser capaz de analizar correctamente lo que él dice.

Es por esta razón que nosotros nos proponemos esta obra como una obra transversal: aquí se encuentran pequeños ejercicios extremadamente simples, accesibles y, esperamos, agradables a cualquier persona capaz de hablar su propia lengua (Tus padres te dicen: "¡No saldrás esta noche! ¡Tu hermana esperó a tener 16 años para hacerlo!" ¿Qué respondés?), como así también orientaciones hacia contenidos teóricos sustanciales (por ejemplo sobre la cuestión de los estructuradores de los discursos argumentados), en la medida en que tengan consecuencias prácticas. Hay otros estructuradores del discurso argumentativo además de las "pequeñas palabras" conectoras.

Sobre las reformas y las innovaciones en la enseñanza de la lengua

Dentro de este marco local, no se trataba de ayudar a la reforma sino de impulsarla de la A a la Z.

No se trataba de la enseñanza de la lengua en el sentido del conocimiento de los mecanismos y la terminología y las teorías lingüísticas. Se trataba de mejorar las competencias de producción oral y escrita, dentro de un marco preciso, las competencias en los géneros universitarios.

En consecuencia, mis problemas cotidianos estaban orientados a encontrar un medio de resolver lo siguiente:

Nos encontramos con "dicen la misma cosa", a propósito de textos que, ciertamente, todos hablaban de la corrida de toros, pero unos para prohibirla y los otros para refutar a los primeros. Estamos acá exactamente en el caso del apólogo chino.

Un porcentaje importante de estudiantes (¿un cuarto?) distingue mal, en un texto, lo que es la conclusión, la tesis defendida, la posición del locutor, y, por otra parte, los argumentos, las buenas razones que presenta a favor de esa tesis. Hablo de textos argumentativos claros, no de textos vagamente argumentativos donde cada uno puede leer los implícitos que le vengan bien.

Masivamente, los estudiantes no comprenden los fenómenos de polifonía, y el estilo indirecto libre, ni por lo tanto la ironía de los textos —ni tampoco, por lo demás, la ironía de sus profesores—.

Existen grandes estructuras argumentativas, de apariencia evidente (como "Yo hago esto. Algunos dicen que es absurdo. Para ello, dan este y este otro argumento. Rechazo el primero por tal razón y el segundo por tal otra. Y continúo con mi trabajo") que son comprendidos de inmediato sólo por un número pequeño de estudiantes.

Estos errores gravísimos son lamentablemente previsibles, a pesar de que cada uno de sus puntos ha sido objeto de una enseñanza sistemática en su formación anterior. El hecho de que estos problemas no sean resueltos, ni siquiera a veces sospechados, debería, como se dice en lenguaje administrativo en francés, "interpelar fuertemente a los responsables".


Notas



1 Plantin, Christian y Muñoz, Nora Isabel (2011). El hacer argumentativo. Buenos Aires: Biblos, "Ciencias del lenguaje".
2 El contacto con Plantin se debió a la necesidad de información para el comentario periodístico de El hacer argumentativo que se realizó en el programa radiofónico "Desde el aula" el lunes 20 de junio de 2011 (FM La Tribu 88.7, Ciudad Autónoma de Buenos Aires). En dicha emisión, quien firma este artículo sólo reprodujo las respuestas de Plantin de manera fragmentaria y parcial, en relación con el formato y los tiempos propios del medio. Aquí se transcriben de manera completa, tal cual Plantin las envió originalmente, con la organización y los subtítulos por él propuestos, y con el simple agregado de unas pocas notas aclaratorias al pie para que el lector pueda tomar mínima nota de las obras y los autores con los cuales Plantin dialoga.
3 La referencia es el volumen ya clásico L'Argumentation dans la langue (Bruxelles; Liège: P. Mardaga, 1983) cuya autoría comparten los dos autores que Plantin menciona.
4 Mathematical Structures of Language (New York, Interscience Publishers, 1968).
5 Entre sus obras más destacadas vale mencionar los tres volúmenes de la Grammaire Transformationelle du Français, publicados entre 1968 y 1986 en París por la editorial Larousse.
6 La referencia es el Traité de l'Argumentation. La Nouvelle Rhétorique, publicado en 1958, que Perelman redactó en colaboración con Lucie Olbrechts-Tyteca (Paris, Presses Universitaires de France, 1988).
7 Refiere principalmente a De la Logique à l'Argumentation (Genève; Paris: Droz, 1982).
8 Refiere a las obras "The Effect of When It's Said" (Theoria 36: 249-264) y Fallacies (London: Methuen), ambas de 1970.
9 Se reconoce en esta corriente a un grupo de académicos de la Universidad de Ámsterdam, junto con algunos investigadores de otras universidades, que se han dedicado al desarrollo del método así llamado pragmadialéctico para el análisis del discurso argumentativo. Frans H. van Eemeren, Rob Grootendorst, Sally Jackson y Scott Jacobs son los más destacados representantes de esta corriente, y Reconstructing Argumentative Discourse, de 1992, uno de los volúmenes que incluye a los cuatro mencionados y mejor los representa.
10 Como opuesta a la lógica formal, disciplina que desde la Antigüedad clásica se detiene en el estudio de los argumentos en su forma técnica o artificial, la lógica informal -o no formal—, se propone el análisis de los argumentos tal como se presentan en la vida diaria y se desenvuelven en torno a una "racionalidad práctica".


WARLEY, Jorge. El hacer argumentativo: Pedagogía y teoría de la argumentación. Entrevista a Christian Plantin. Anclajes, Santa Rosa, v. 15, n. 2, nov. 2011 . Disponible en . accedido en 23 dic. 2012


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jueves, 30 de agosto de 2012

De lectores y prácticas lectoras - "la multiplicidad de pactos de lectura en los albores del tercer milenio"

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por Estela María Zalba
Universidad Nacional de Cuyo. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales




En este trabajo nos proponemos analizar el fenómeno de la lectura en el actual escenario sociocultural. Para poder dar cuenta de la complejidad de la problemática encarada, trabajaremos desde un enfoque que combina básicamente dos focalizaciones: la explicación sociohistórica y la reflexión conceptual sobre la temática, proveniente de distintas teorías semióticas.
Con respecto al ‘estado de la cuestión’, las posiciones –una vez más- tienden a oponer dos visiones: una apocalíptica que preanuncia el fin de los tiempos para el acto de leer, la otra inspirada por una especie de ingenua euforia que confunde las posibilidades de que el sempiterno sueño de la ‘biblioteca universal’ se realice a modo de un hipertexto global, con la existencia de una efectiva y sostenida práctica lectora universal. Procuraremos una mirada ‘en equilibrio’.
La lectura de textos escritos hoy
Contrariamente a lo que cierto sentido común profetiza, no estamos necesariamente asistiendo al ocaso de la lectura, entendida ésta, en una aproximación muy general, como “una actividad cultural o de deleite para el hombre alfabetizado” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p.592). En la medida en que dure la actividad de producir textos mediante la escritura (en sus diferentes soportes), seguirá existiendo la actividad de leerlos. Pensemos, en tal sentido, en las innumerables acciones lectoras que realizamos cotidianamente: leemos el periódico, los mails que recibimos, los intextos escritos de una página web, carteles, instructivos, folletos, afiches callejeros, incluso libros – o fragmentos de ellos-. En la enumeración realizada se advierte una variedad de textos, cuya lectura requiere de diversas estrategias lectoras.
Tal vez lo que el sentido común detecta, pero no logra discriminar con claridad, son las modificaciones producidas en las modalidades de lectura, que algunos autores denominan como el “orden de la lectura”. Estos cambios han traído aparejados, a su vez, ritmos y trayectos diferentes de interacción con los textos, algunos de los cuales pueden entorpecer fuertemente la real comprensión de lo que se lee. Valga como ilustración de este último fenómeno, la dificultad para el abordaje de la lectura de textos académicos, que presentan algunos estudiantes al ingresar a los estudios superiores, problema que algunos especialistas designan como “analfabetismo relativo”.
Hemos señalado que el hábito lector no está desapareciendo. Para ilustrar esta aseveración haremos referencia a una serie de datos aportados por las investigaciones de la UNESCO sobre el particular1: el número de los alfabetizados es cada vez mayor en términos numéricos, aunque hay zonas en las que todavía persisten “bolsones” importantes de analfabetismo (África (fundamentalmente en países de economía rural), algunos países de América Latina y Asia (sobre todo en los países musulmanes)); la producción de libros crece vertiginosamente en todo el mundo (sobre todo en los países centrales); en lo que respecta a la prensa, es muy abundante la circulación de ejemplares en países con una antigua tradición de periodismo escrito. En relación con este último aspecto, habría que agregar la creciente incorporación de un nuevo tipo de lectores: los navegantes de diarios digitales, muchos de ellos, incluso, antiguos consumidores del periódico impreso.
Si profundizamos en el análisis de los casos enumerados anteriormente, es evidente la relación que existe entre el grado de desarrollo económico, político y social de los países y/o regiones con la calidad e intensidad de la actividad lectora, tanto de libros como de periódicos (papel o digital); como así también el papel que juega la existencia o no de una tradición cultural vinculada con la valoración del hábito lector, estrechamente ligada, por otro lado, con los niveles de escolaridad de los ciudadanos (y la calidad de los procesos de escolarización).
¿Qué entendemos por lectura?
Leer, en un sentido amplio, implica la interacción de un sujeto con un texto- entendido éste en un sentido que excede lo meramente gráfico-verbal2-, con el objeto de interpretarlo, elaborando una representación mental de su significación. Si bien esa representación es, en primera instancia, mental, puede ‘traducirse’ a una segunda representación de naturaleza semiótica (verbal oral o escrita, gráfico-espacial, icónica, plástica, entre otras), en la que queda ‘documentada’ la interpretación. Sin embargo, la mayoría de las lecturas no quedan registradas, lo que le confiere al acto de leer un carácter de efímero y fugaz.
La lectura es una de las prácticas vinculadas con los textos; la otra es su producción. A diferencia de la lectura, toda producción deja sus huellas en el discurso producido: algunas explícitas, diáfanas y evidentes; otras, implicadas, soterradas y ocultas, pero inferibles, es decir, que siempre es posible su búsqueda, su indagación, por parte de un lector laborioso y perspicaz. La tarea del lector, desde esta perspectiva, es una especie de re-armado de un conjunto de piezas significativas que el texto ofrece organizadas con una lógica aparente, y a veces engañosa y tramposa, pero cuyo sentido –siempre en fuga- exige de una atenta tarea reconstructiva (o más precisamente, deconstructiva – reconstructiva) . La linealidad del lenguaje (verbal o escrito) es una de esas trampas que se le ofrecen al lector: el sentido no es lineal ni es la sumatoria de los segmentos sucesivos: hay que volver, dar saltos, relacionar secuencias no contiguas, activar ciertos supuestos que –a modo de un iceberg- sólo muestran una pequeña parte. La ilusoria referencialidad de las
imágenes es la trampa que estos textos ofrecen a los lectores poco entrenados. Este salto cualitativo en la lectura implica, además, pasar de la instancia material de la textualidad (Greimas & Courtés, 1990), o de los “paquetes textuales”, como los denomina Verón (1996), a la instancia del discurso, en donde el sentido se produce y despliega.
La actividad del lector consiste, entonces, en construir un discurso, a partir de los elementos instruccionales, aportados por la materialidad de un texto-manifestación. El lector deconstruye la materialidad textual para encontrar las “huellas” , los indicios, que le permitan construir el discurso, tarea que puede recomenzar con cada nueva lectura del texto: “Un discurso no es, pues, una realidad evidente, un objeto concreto ofrecido a la intuición, sino el resultado de una construcción” (Maingueneau, 1980, p.21)
Pero no todos los lectores son indagadores de sentidos, hay lectores para quienes el texto es un pretexto para sus propias búsquedas obsesivas y, mediante la lectura, descargan o ‘subliman’ fobias, temores, odios y amores; otros para los cuales los textos ajenos son fuente de inspiración para sus propios textos; también encontramos lectores que simplemente se deleitan con la lectura, sin mayores pretensiones interpretativas, y, finalmente, podemos encontrar diversas e interesantes combinaciones de los anteriores. Hay, entonces, muchos modos de relacionarse con los textos, muchos tipos de lectura y de lectores. Umberto Eco (1993, 1995, 1998) intenta una aproximación y discrimina diversas prácticas asociadas con la lectura, tipificándolas: interpretación, sobreinterpretación y uso. La interpretación es la actividad que tiene por objeto la búsqueda de la inteligibilidad discursiva, mediante un proceso conjetural: “Esta conjetura debe ser aprobada por el conjunto del texto3 como un todo orgánico. Esto no significa que, sobre un texto se puede formular una y sólo una conjetura interpretativa. En principio se pueden formular infinitas. Pero, al final, las conjeturas deberán ser probadas sobre la coherencia del texto (..)” (Eco, 1998, p.41).
Esta diversidad de prácticas lectoras deberían inclinarnos a aceptar sin matices la tesis que sostiene que “la lectura no está previamente inscrita en el texto” (Cavallo & Chartier, 2001, p.15), sin embargo más allá de la irreductible distancia entre la producción o generación del discurso y su reconocimiento (Verón, 1996) o apropiación, existen ciertas propiedades en el producto que orientan, preanuncian y, por qué no, condicionan, su posible apropiación.
Las diversas especulaciones sobre la problemática de la lectura y la interpretación, tales como la estética de la recepción, la hermenéutica, las teorías semióticas del “lector modelo” o la deconstrucción, han elegido como objeto de investigación no tanto los acontecimientos empíricos de la lectura (objeto de una sociología de la recepción) cuanto la función que desempeña el acto de lectura, ya sea que se lo entienda como una actividad de co-construcción o de-construcción del texto, es decir que conciben ese acto “como condición eficiente y necesaria de la misma actuación del texto como tal. (..) El aserto subyacente en cada una de esas tendencias es que el funcionamiento de un texto (no verbal, también) se explica tomando en consideración, además o en vez del momento generativo, el papel desempeñado por el destinatario en su comprensión, actualización e interpretación, así como la manera en que el texto mismo prevé esta participación.” (Eco, 1998, p.22)
Todo texto, entonces, exige la cooperación interpretativa del lector ya que: “... es realmente una máquina perezosa que descarga gran parte de su trabajo en el lector” (Eco,1993, p.271). El conjunto de las estrategias de cooperación interpretativa supuestas en el propio texto es lo que Eco denomina lector modelo. Los “niveles de cooperación” son de diversa índole, acorde con el aspecto discursivo que se deba actualizar: semántico-léxico, semántico-isotópico, retórico, narrativo, cognitivo-inferencial (activación de distintos esquemas cognitivos), enunciativo, entre otros.
Por otro lado, desde una perspectiva sociohistórica, “conviene asimismo tener en cuenta que la lectura es siempre una práctica encarnada en ciertos gestos, espacios y hábitos”, que remiten a una “historicidad de los modos de utilización, de comprensión y de apropiación de los textos” (Cavallo & Chartier, 2001, p.17).
A lo largo de la historia, además, los diversos discursos sociales han ido encontrando y/o generando sus “formas de la expresión” (Hjelmslev, 1971): la oralidad, la escritura, lo audiovisual, lo multimedial., los que algunos consideran como macrosistemas de comunicación. Lo interesante de estos grandes sistemas es que, si bien han ido surgiendo en una secuencia cronológica fuertemente vinculada al desarrollo tecnológico humano, no han ido sustituyéndose sino complementándose: “Ninguna gran tecnología de comunicación fue reemplazada por la siguiente aunque cada una, por supuesto, evolucionó en el tiempo y fue mejorando sus procedimientos técnicos. (..) Las tecnologías son complementarias: por eso terminan mezclándose en dispositivos «multimedia»” (Verón, 2001, p.62)
A su vez, estos diversos sistemas de comunicación se han ido actualizando en diferentes formatos o “medios” de comunicación. Entendemos por medio de comunicación a todo “soporte tecnológico inserto en una sociedad, asociado a prácticas determinadas de producción y de apropiación. Una de las múltiples mediatizaciones de la escritura es el libro (...) Cada «producto» mediático se caracteriza por una coherencia enunciativa determinada, en la que reposa el contrato de comunicación a través del cual se articula su producto” (Verón, 1999, p.145)

El contrato de lectura

La noción de pacto o “contrato de lectura” es elaborada por Eliseo Verón con el objeto de “comprender el vínculo entre el medio y el lector” (Verón, 1999, p.95). “La metodología del contrato de lectura se inspira en la teoría de la enunciación.”(Verón, 1999, p.95) .
La teoría de la enunciación (Benveniste (1969), 1995) distingue el acto de la enunciación de su producto: el enunciado. Esta teoría explica el acto de la enunciación como el acto, único e irrepetible, mediante el cual el sujeto se apropia del lenguaje y produce su enunciado, constituyendo simultáneamente la instancia compleja “yo - tú - aquí - ahora” y dejando en dicho producto - el enunciado- las marcas, las huellas, de su enunciación. En el acto de la enunciación se construyen, entonces, los papeles del enunciador (yo: el que produce el enunciado) y del enunciatario (tú: el destinatario del enunciado). Ahora bien, enunciador y enunciatario son entidades discursivas, construidas en y por el discurso o, como señala Verón, “entidades del imaginario de la comunicación” (Verón, 1999, p.95). Al instaurarse estos roles enunciativos se establece, simultáneamente, una relación intersubjetiva de una naturaleza determinada: el ‘contrato enunciativo’.
El acto de la enunciación, conjuntamente con el contrato que establece, se actualiza y realiza en la puesta en discurso. Por lo tanto, todo enunciado discursivamente realizado presupone el cumplimiento de un particular contrato enunciativo, es decir que existiría una relación de presuposición lógica entre un discurso y el contrato enunciativo que éste actualiza y realiza. En este contrato, el enunciador elige una determinada manera de organizar el contenido, mediante la selección de ciertas estrategias enunciativas y discursivas y de determinado soporte o formato, esto exige –a su vez- por parte del enunciatario, un conjunto de “estrategias de cooperación interpretativa” (cfr. ut supra, “lector modelo” (Eco, 1993)); además se actualizan una serie de restricciones, reglas o “modos de producción”, institucionalizadas por las prácticas sociales, asociadas al tipo de discurso social (literario, periodístico, publicitario, político, etc.) en el que se inscribe esa enunciación, las que también constituirán parte del contrato enunciativo.
Lo que a todo lector empírico se le ofrece, entonces, no es simplemente un texto que habla de determinado tema sino una particular y compleja “manera de decir” (Verón, 1999, p.96). Esta “manera de decir” genera una peculiar relación con el lector que interactúa con esa forma textual: esa relación es el pacto o contrato de lectura. En general, los pactos de lectura ‘propuestos’ por diversos soportes discursivos suelen cumplir con tres condiciones: regularidad, ya que sus características enunciativas peculiares se reiteran y permanecen durante un período de tiempo relativamente extenso; diferenciación, en la medida en que dichas características permiten distinguirlo de otros y sistematicidad de las propiedades exhibidas.

El contrato de lectura en la Modernidad

A lo largo de esa etapa histórica que denominamos “Modernidad” se desarrollaron y consolidaron ciertas “modalidades” de la lectura, cuya aceptación tácita por parte de escritores y lectores presuponen un pacto o contrato de lectura, específicamente con el libro, soporte discursivo característico de ese periodo.
Propondremos una serie de características implícitas en el ‘pacto de lectura’ con el libro (en muchos aspectos extensible al texto impreso en general) durante la Modernidad. Las modalidades de producción y de lectura han estado vinculadas fuertemente a: 1) el proyecto ideológico-cultural de la Ilustración; 2) el texto escrito como “forma de la expresión” privilegiada, que trae aparejados: (a) el predominio del esquema perceptual “visual- lineal”, como consecuencia de la decodificación lingüístico-escritural y (b) necesidad de un proceso de lectura “progresivo” y “acumulativo”, impuesto por la organización lógica (plan textual) de los contenidos discursivos, subsidiaria de la estructuración lingüístico verbal secuencial y su diagramación gráfico-espacial; y, finalmente, 3) ciertos “rituales” de lectura vinculados a los comportamientos de los lectores, como la “lectura silenciosa”, considerada por Cavallo & Chartier como “la primera «revolución de la lectura» de la Edad Moderna” (Cavallo & Chartier, 2001, p.47).
Asimismo, cada cultura, en sus diversos ámbitos discursivos (religioso, político, literario, etc.) fue consolidando un “canon”, es decir, “un elenco de obras o de autores propuesto como norma o como modelo” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 599). Si bien podríamos atribuirle a estos corpora textuales diversas funciones socio-culturales, es factible englobarlas en el dispositivo magníficamente descripto por Foucault al explicar los diversos procedimientos de control, selección, organización y distribución del discurso que una sociedad genera para “conjurar” sus poderes y peligros, gobernar el evento aleatorio y “esquivar su pesada y temible materialidad” (Foucault, 1987). Si bien el dispositivo foucaultiano se refiere claramente a la producción del discurso, es altamente factible proponer su incidencia en la consolidación de los mencionados cánones: “De una actitud cultural e ideológica de esta naturaleza derivaron y derivan elencos de obras aconsejadas en las bibliotecas de lectura pública y a los lectores individuales, los verdaderos «cánones» propuestos en catálogos y en revistas especializadas, todo el aparato normativo y pedagógico que los operadores del libro (autores, editores, intelectuales, periodistas, bibliotecarios, etc.) transcriben cotidianamente (..)” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 600-601). El canon, entonces, también ha incluido clasificaciones, catalogaciones y jerarquizaciones que han permitido una sistematización de la producción bibliográfica creciente en los diversos campos disciplinares. Esta tarea generó su propia especialización: la bibliotecología.
Los criterios de selección y jerarquizaron, establecidos en la constitución de los cánones en las diversas áreas disciplinares, también han precedido la selección de textos sugeridos para la enseñanza, en tanto que la educación es el espacio simbólico privilegiado para las diversos modos de reproducción socio-cultural.
Durante algunas etapas históricas sociopolíticamente adversas a la libertad de expresión, en diversos escenarios geográficos, se produjo una tarea de doble selección: por un lado, un elenco de obras autorizadas para ser leídas y, por otro, un index o índice de obras ‘prohibidas’.
Mientras que el canon opera en el ámbito de la prescripción, por cuanto propone lo que se “debe leer”, es decir, el repertorio de textos que todo lector informado, culto, actualizado “no puede dejar de leer”; el índex se instaura en el campo de la prohibición, en la medida en que establece un conjunto de obras que “deben no leerse”, por lo tanto sólo deja al lector ante la opción impotente de ‘no poder leerlas’.4
En la medida en que la industria editorial fue haciéndose poderosa, tuvo una fuerte incidencia en la conformación de ciertos cánones y, como veremos más adelante, en su ulterior deconstrucción. A su vez, los periódicos, básicamente en sus diversos suplementos (culturales, de divulgación científica, etc.), han funcionado como difusores masivos de los cánones imperantes. Incluso podríamos extender el concepto de canon a otras producciones culturales: el cine, el teatro o la música, en cuya imposición social han tenido incidencia no sólo los periódicos, sino también los otros massmedia (radio y televisión).

Transformaciones posmodernas

Durante la etapa histórico-cultural que estamos transitando, para cuya denominación se ha consensuado el término de “Posmodernidad”, se produce una crisis que afecta –en diverso grado- las características de las modalidades de lecturas propias de la modernidad, lo que supone una reformulación, todavía en proceso, de los ‘pactos de lectura’ preexistentes y la generación de nuevos contratos ante el advenimiento de nuevos objetos de lectura.

a) La deconstrucción del canon y de los hábitos lectores implicados

Uno de los aspectos que inciden en la crisis, a la que aludimos, es cierta modificación en el ‘status quo’ del libro que, con la consolidación de la ideología del mercado, propia de las sociedades neoliberales, ha pasado a convertirse en una “mercancía” más y los lectores en potenciales consumidores. Una consecuencia de esta transformación es la desaparición paulatina de los ‘cánones’:
“Estos aspectos consisten tanto en manipuladas debilidades de la oferta, es decir, de la producción, como en imprevistos movimientos nuevos de la demanda, que, al sumarse y superponerse confusamente terminan por menoscabar la autoridad de aquel “canon” universal de los textos escritos y que hasta ahora nunca había sido atacado en su totalidad.
Así pues, por una parte, la oferta, dominada por el terror a una crisis de mercado considerada siempre eminente, ha “enloquecido”, en el sentido de que ha perdido a todos los niveles (y especialmente a los más fuertes) un campo de referencia en el que moverse con relativa seguridad y entrega al público productos de Triviallitteratur y clásicos en ediciones modernizadas, instant-books periodísticos de pésima elaboración, ensayos filosóficos o lingüísticos y recopilaciones de chistes, novela negra, ciencia-ficción y política, historias del vestido o del sexo y novela rosa, todo ello de modo indiferenciado, es decir, sin que el sello editorial, ni el aspecto comercial, ni, sobre todo, el precio sirvan para discriminar, para reordenar el amasijo de textos cotidianamente producido” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 608).
Esta discepoleana descripción de un “cambalache” libresco ilustra la destrucción de ese dispositivo ordenador y jerarquizador, que representaba el canon, sin que un nuevo modelo organizador lo haya sustituido todavía.
Si bien, en diversos momentos históricos también fue discutido un canon existente, al que se le opuso e impuso un nuevo paradigma o modelo, estos cambios fueron paralelos al desarrollo de diferentes modos de producción escrita, novedosos soportes y prácticas de lectura, que generaron inéditos ‘contratos de lectura’. Un caso de ‘crisis’ y renovación o irrupción de un nuevo contrato de lectura con el texto escrito impreso lo encontramos durante el siglo XIX. La impugnación del Romanticismo a los textos fuertemente ‘normatizados’ del Neoclasicismo generó una nueva concepción del acto de escribir, transformaciones en los modos de producción discursiva, en los tópicos de las narraciones y en los géneros discursivos, incluso la aparición de un formato novedoso como el folletín, que implicó la conformación de un nuevo público lector y de su correlativo contrato de lectura.Así pues, por una parte, la oferta, dominada por el terror a una crisis de mercado considerada siempre eminente, ha “enloquecido”, en el sentido de que ha perdido a todos los niveles (y especialmente a los más fuertes) un campo de referencia en el que moverse con relativa seguridad y entrega al público productos de Triviallitteratur y clásicos en ediciones modernizadas, instant-books periodísticos de pésima elaboración, ensayos filosóficos o lingüísticos y recopilaciones de chistes, novela negra, ciencia-ficción y política, historias del vestido o del sexo y novela rosa, todo ello de modo indiferenciado, es decir, sin que el sello editorial, ni el aspecto comercial, ni, sobre todo, el precio sirvan para discriminar, para reordenar el amasijo de textos cotidianamente producido” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 608).
Esta discepoleana descripción de un “cambalache” libresco ilustra la destrucción de ese dispositivo ordenador y jerarquizador, que representaba el canon, sin que un nuevo modelo organizador lo haya sustituido todavía.
Si bien, en diversos momentos históricos también fue discutido un canon existente, al que se le opuso e impuso un nuevo paradigma o modelo, estos cambios fueron paralelos al desarrollo de diferentes modos de producción escrita, novedosos soportes y prácticas de lectura, que generaron inéditos ‘contratos de lectura’. Un caso de ‘crisis’ y renovación o irrupción de un nuevo contrato de lectura con el texto escrito impreso lo encontramos durante el siglo XIX. La impugnación del Romanticismo a los textos fuertemente ‘normatizados’ del Neoclasicismo generó una nueva concepción del acto de escribir, transformaciones en los modos de producción discursiva, en los tópicos de las narraciones y en los géneros discursivos, incluso la aparición de un formato novedoso como el folletín, que implicó la conformación de un nuevo público lector y de su correlativo contrato de lectura.Así pues, por una parte, la oferta, dominada por el terror a una crisis de mercado considerada siempre eminente, ha “enloquecido”, en el sentido de que ha perdido a todos los niveles (y especialmente a los más fuertes) un campo de referencia en el que moverse con relativa seguridad y entrega al público productos de Triviallitteratur y clásicos en ediciones modernizadas, instant-books periodísticos de pésima elaboración, ensayos filosóficos o lingüísticos y recopilaciones de chistes, novela negra, ciencia-ficción y política, historias del vestido o del sexo y novela rosa, todo ello de modo indiferenciado, es decir, sin que el sello editorial, ni el aspecto comercial, ni, sobre todo, el precio sirvan para discriminar, para reordenar el amasijo de textos cotidianamente producido” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 608).
Esta discepoleana descripción de un “cambalache” libresco ilustra la destrucción de ese dispositivo ordenador y jerarquizador, que representaba el canon, sin que un nuevo modelo organizador lo haya sustituido todavía.
Si bien, en diversos momentos históricos también fue discutido un canon existente, al que se le opuso e impuso un nuevo paradigma o modelo, estos cambios fueron paralelos al desarrollo de diferentes modos de producción escrita, novedosos soportes y prácticas de lectura, que generaron inéditos ‘contratos de lectura’. Un caso de ‘crisis’ y renovación o irrupción de un nuevo contrato de lectura con el texto escrito impreso lo encontramos durante el siglo XIX. La impugnación del Romanticismo a los textos fuertemente ‘normatizados’ del Neoclasicismo generó una nueva concepción del acto de escribir, transformaciones en los modos de producción discursiva, en los tópicos de las narraciones y en los géneros discursivos, incluso la aparición de un formato novedoso como el folletín, que implicó la conformación de un nuevo público lector y de su correlativo contrato de lectura.
Otra mutación relevante de esta crisis en las modalidades de la lectura de lo impreso tiene que ver con cierto comportamiento de los lectores, al que caracterizaremos como síntoma de un “desorden de la lectura”, que se va abriendo camino en las áreas culturalmente más avanzadas. Nos referimos a un modo de lectura que “algunos proponen expeditivamente que se defina como ‘posmoderno’ y que se configura como ‘anárquico, egoísta y egocéntrico’, basado en un único imperativo: «leo lo que me parece»” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 615).

b) Interferencias audiovisuales

Entre los rasgos del actual escenario sociocultural que deben tomarse en consideración para poder completar el panorama de la situación, destacaremos el bien conocido hecho de que el texto impreso no constituye, hoy eResulta pertinente, entonces, explicitar las características “lector modelo” previsto por el “macrodiscurso televisivo” (González Requena, 1995), para poder luego analizar su incidencia en la reformulación del contrato de lectura con el texto escrito (especialmente el libro y el periódico).
El lector modelo propuesto por el macrodiscurso televisivo es un sujeto cognitivo que procede por hipercodificación6, lo que le permite incluso a partir de la decodificación y casi simultáneo re-conocimiento de un fragmento de un texto-ocurrencia descubrir el género (texto-tipo) del que se trata.
Si bien es una característica de los géneros discursivos en general, el conformar un discurso “típicamente rutinizado y predecible” (Philips en Wertsch, 1991 ), por cuanto tienen “formas de construcción globales, típicas, definidas y relativamente estables” (Bajtin en Wertsch, 1991), lo que llama la atención en el caso de los géneros televisivos es el hecho de que a partir de una serie reducida de indicadores semióticos (a los que consideramos como ‘marcadores de diferencia’), fuertemente ligados a los modos de configuración icónica y a las características den día, el único medio de acceso a la información ni su lectura el principal instrumento de culturalización, ya que habrían sido, según muchos, ‘sustituidos por la televisión’. En tal sentido, las sociedades urbanas actuales son sociedades altamente mediatizadas: los massmedia audiovisuales y, en forma creciente y, paulatina, los multimedia interactivos, se han constituido en los medios de comunicación predominantes.
Comenzaremos analizando la televisión, por cuanto constituye –todavía.- el medio hegemónico de comunicación en nuestras sociedades latinoamericanas. Las nuevas prácticas de lecturas que la televisión ha generado no pueden dejar de influir en los lectores, sobre todo los más jóvenes o, aquellos que no siéndolo, pueden calificarse como “hijos de la televisión”, noción acuñada por Bechelloni (1990), y que, en una investigación realizada5, hemos caracterizado con los siguientes rasgos: son aquellos sujetos cuya socialización ha sentido fuertemente la influencia de la televisión y, por lo tanto, la conformación de sus estrategias y modos de “lectura” primarios, han sido fundamentalmente desarrollados a partir de su interacción con los textos audiovisuales, por lo tanto, al ingresar al sistema educativo formal, han debido desarrollar, como hábito de lectura secundario, la lectoescritura de textos verbales.
Resulta pertinente, entonces, explicitar las características “lector modelo” previsto por el “macrodiscurso televisivo” (González Requena, 1995), para poder luego analizar su incidencia en la reformulación del contrato de lectura con el texto escrito (especialmente el libro y el periódico).
El lector modelo propuesto por el macrodiscurso televisivo es un sujeto cognitivo que procede por hipercodificación6, lo que le permite incluso a partir de la decodificación y casi simultáneo re-conocimiento de un fragmento de un texto-ocurrencia descubrir el género (texto-tipo) del que se trata.
Si bien es una característica de los géneros discursivos en general, el conformar un discurso “típicamente rutinizado y predecible” (Philips en Wertsch, 1991 ), por cuanto tienen “formas de construcción globales, típicas, definidas y relativamente estables” (Bajtin en Wertsch, 1991), lo que llama la atención en el caso de los géneros televisivos es el hecho de que a partir de una serie reducida de indicadores semióticos (a los que consideramos como ‘marcadores de diferencia’), fuertemente ligados a los modos de configuración icónica y a las características de los dispositivos de la puesta en superficie, percibidos en un lapso extremadamente breve (2 ó 3 segundos) los sujetos realicen su reconocimiento. En tal sentido postulamos la presencia de procesos cognitivos a los que denominaremos “metonímicos”, tomando como base las características de las operaciones lógico-cognitivas.
Hablaremos de proceso metonímico, subsumiendo en él dos figuras: la metonimia y la sinécdoque. La diferencia entre ambas figuras consiste en que en el caso de la metonimia se elige una cualidad perceptible, un elemento concreto, para representar un concepto abstracto, en tanto que ese elemento figurativo, esa cualidad perceptible, forme parte o sea una manifestación de ese todo que es el concepto abstracto (ej.: los colores de la bandera de un país, elemento figurativo perceptible, representan esa ‘nacionalidad’, en tanto que concepto). En el caso de la sinécdoque, el elemento seleccionado representa a un objeto concreto, ya sea como parte física y perceptible de ese todo, ya sea como causa material de un efecto material (ejs.: las clásicas “proas” representando a los barcos; los “cascos azules”, a los soldados de la ONU).
La metonimia es el tropo privilegiado, central, de un discurso que instala una instancia de la enunciación esclava de sus percepciones y fascinada por el cuerpo del otro; esta figura retórica destaca la puesta en discurso del mundo fragmentado, calidoscópico perpetrado por una instancia privada de juicio (entendido éste como un acto de entendimiento consciente), que reúne los retazos dispersos de actos perceptivos sucesivos y diferentes. (Darrault-Harris, 1996). Esta explicación nos describe tanto el modo de enunciación de un sujeto que edita un videoclip como el modo de reconocimiento del espectador que realiza un zapping.
El zapping o “síndrome del pulsador “ (Calabrese, 1996) es una forma individual de consumo que “se adecua a las condiciones de percepción ambiental, se hace fragmentado, rápido y recompuesto sólo al final” (Calabrese, 1996). A través del zapping el consumidor típico de la cultura mediática “se ha habituado a recibir un mensaje construido con mensajes no homogéneos y, sobre todo, si se le juzga desde una perspectiva racional y tradicional, carente de “sentido”; pero se trata de un mensaje que necesita de un mínimo de atención para que se lo siga y disfrute y de un máximo de tensión y participación lúdica para ser creado” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 617).
Otra característica del nuevo contrato de lectura con lo televisivo se vincula con las potencialidades que ofrecen la multiplicidad de géneros y formatos presentes en el macrodiscurso: nos referimos a la factibilidad de constituir “públicos segmentados”, que contribuyen a “forjar microculturas” (Jost, 2002, p.31). Las modalidades y apropiaciones, que cada uno de estos públicos establezca, están contemplados en la posibilidad misma de disponer de un “margen de maniobra”, avalada por el propio contrato enunciativo. Un interesante caso lo constituyen los segmentos de públicos constituidos por adolescentes y jóvenes. Jost analiza este fenómeno y postula que “las jóvenes generaciones constituyen su identidad generacional a través del culto de la televisión” (Jost, 2002, p.31), uno de cuyos rasgos característicos lo constituiría “el culto de lo fantástico”, que emparentaría, agruparía, a los jóvenes de manera transversal, “federando el conjunto de una clase de edad” que comparte “valores comunes” y “una misma simbolicidad” (Jost, 2002, p.33).
El zapping como práctica de consumo, avalada por un contrato de lectura implícito y generada por las particularidades del “modo de decir” televisivo, que termina imponiéndose en el circuito cultural mediático, supone lo contrario de la lectura entendida en sentido tradicional - tal como la explicitáramos anteriormente- lineal, progresiva y acumulativa; “mientras que está muy cercana a la lectura en diagonal, interrumpida, a veces rápida y a veces lenta, como es la de los lectores desculturizados” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 616). A este tipo de lector, Chartier lo denomina “lector salvaje”.(Chartier, 1998)
La paulatina consolidación de estas prácticas lectoras anárquicas, están convirtiendo la lectura en un fenómeno fragmentado y diseminado, absolutamente carente de reglas. A diferencia de lo que sucede, como ya señaláramos, con los medios de comunicación electrónicos y en especial con la televisión, cuyos “lector modelo” y “canon” de programas tiende rápidamente a unificarse y a “homologar al público de cualquier tradición cultural ” (Petrucci, en Cavallo & Chartier, 2001, p. 625). La fragmentación, como modo de producción y organización textual-discursiva y como modalidad de reconcimiento o lectura, constituye uno de los rasgos de esa homologación que avala el contrato de lectura con lo televisivo.

c) El incipiente contrato de lectura con el hipertexto7

La producción electrónica de textos y las modalidades de lectura que éstos implican constituyen la “tercera revolución de la lectura sobrevenida desde la Edad Media” (Cavallo & Chartier, 2001, p.51).
La característica más importante, según Bettetini & Colombo- de estos nuevos medios la constituye la interactividad. Esta modalidad enunciativa genera un producto particular: el hipertexto. Éste constituye “ (..) una sucesión de bloques de textos individuales (..) con enlaces electrónicos que los conectan entre sí. (..) El hipertexto es un medio informático que relaciona información tanto verbal como no verbal. Por su parte los bloques de texto no son necesariamente verbales sino que pueden vincular información de todo tipo: ya sea visual, sonora o animaciones” (Landow, 1997, p. 86).
Esta “estructura en red” se caracteriza por una serie de rasgos particulares. Es una forma heterogénea y metamórfica, en permanente composición; se organiza desde una lógica fractal, ya que cualquiera de sus componentes puede – a su vez- reorganizarse como una red en sí mismo; su modo de estructuración tiende a la disipación, ya que no posee una unidad orgánica y su crecimiento o encogimiento, su composición o su recomposición permanentes dependen de un exterior indeterminado, sea éste la adición de nuevos elementos o la conexión con otras redes. El hipertexto constituye un espacio de representaciones, donde se entrelazan y se multiplican las conexiones que tejen los sentidos; en consecuencia, es policéntrico: posee diversos centros que son puntos en perpetuo movimiento, que se organizan como rizomas momentáneos.
Estas características refuerzan la tendencia hacia la fragmentación e individuación, advertible ya en la videocultura . “Si en el texto descrito por las teorías semióticas “fuertes” la secuencialidad (narrativa o pragmático–conversativa) es un dato esencial de la construcción isotópica y por consiguiente de la homogeneidad del texto mismo, la navegación se basa en la homogeneidad ofrecida por la subjetividad del usuario. Es la experiencia del usuario la que da un sentido a los recorridos reales de utilización, mucho más que las previsiones de los programadores”. (Bettetini & Colombo,1995,p. 240). Sin embargo, sólo son posibles aquellos recorridos que, por deducción lógica, el sistema permite, aunque su combinatoria sea –en algunos casos- muy amplia y variada.
La lectura del hipertexto requiere principalmente de operaciones de asociación, por parte del usuario. El hecho de saltar de un nodo a otro, con la consecuente ruptura espacio-temporal que esto supone, implica entender, como parte de un mismo razonamiento, datos dispersos; es decir, postula un lector preocupado por la constante búsqueda de asociaciones y con una gran capacidad de retención en su memoria operativa, que le permita recordar los recorridos realizados. El proceso de lectura es, por una parte, una constante negociación entre los múltiples recorridos previstos en la virtualidad del sistema (el hipertexto) y los trayectos que va actualizando el ciberlector al recorrerlo. Por otro lado, navegar un hipertexto no implica necesariamente la comprensión de sentidos sino un recorrido lúdico que simula la ‘lectura’.
Ese proceso de negociación, que es la base de la hipertextualidad, supone también un riesgo, ya que puede convertirse en la razón de un fracaso comunicativo: “La ejecutabilidad de la interacción depende, por consiguiente, de la verificación de una congruencia entre el modelo de usuario prefigurado por el sistema y el individuo real, por ejemplo, en cuanto al umbral mínimo de competencias y conocimientos requerido para el intercambio comunicativo. (...) Existe, por tanto, una serie de posibilidades de fracaso de la comunicación interactiva debidas a la existencia de diferencias entre las competencias y los objetivos posibles prefigurados por el sistema y los propios del usuario mismo” (Bettetini & Colombo,1995,p. 171).
Como todo texto, el hipertexto instituye un lector modelo, o para ser más precisos un ‘navegante modelo’, como parte “de su propio mecanismo generativo” (Eco, 1993, p.79), cuyas posibles estrategias de interacción están previstas “mediante un cálculo probabilístico”, ya que “generar un texto significa aplicar una estrategia que incluye las previsiones de los movimientos del otro” (Eco, 1993, p.79). La libertad y creatividad del ciberlector para interactuar con el hipertexto son paradójicamente aparentes.
d) El nuevo pacto de lectura en la prensa gráfica
Para completar nuestro panorama haremos referencia a la transformación del pacto de lectura en la prensa gráfica.
Desde mediados del siglo XIX el periodismo gráfico comenzó a adquirir su impronta masiva como medio de difusión de la información y de formación de la opinión pública. Fue a partir de entonces que el diario, dadas las peculiares y favorables condiciones de producción de la época, estableció un “pacto de lectura” con su cada vez más creciente público lector. Este pacto al que aludimos determinaba implícitamente, por un lado, cuáles eran las características del discurso periodístico informativo –tanto en el tratamiento y estructuración de la noticia como en los aspectos formales: los formatos y la diagramación del periódico -; y, por otro, suponía la aceptación de estas características por parte de los lectores. Estas modalidades de la producción discursiva periodística influenciaban en las rutinas, comportamientos y estrategias de interpretación de los lectores.
Pero a partir de mediados del siglo XX comenzaron a producirse una serie de transformaciones en el escenario cultural de las sociedades de masas que afectaron la hegemonía de la prensa escrita en la difusión de la información y en la formación de la opinión pública. Destacamos entre dichas transformaciones el surgimiento y consolidación de la televisión como medio de comunicación. La televisión, en este caso, impactó de forma decisiva en los modos de acceso a la información de la población: con el “directo” se modificó lo que tradicionalmente fue la “primicia” periodística, la inmediatez entre el hecho que está sucediendo y su transmisión a millones de personas fue adquiriendo, cada vez más, ribetes insospechados, gracias a los avances tecnológicos como el satélite. En ese sentido, un ejemplo paradigmático ha sido la cobertura de la CNN del ataque a las torres gemelas.
Los modos de producción audiovisual imponen una nueva e indudablemente más atractiva representación del mundo: imágenes en movimiento, sonidos y música se convierten en los nuevos instrumentos para construir la información. La crónica de los acontecimientos se personaliza: vemos y oímos a sus protagonistas.
Ante estos cambios, el tradicional “pacto de lectura” entre el diario y su público, empezó a desgastarse, a perder vigencia y la prensa fue perdiendo espacios y lectores. Se hizo imprescindible una transformación que permitiera atraer de nuevo al público, había que ofrecerle al lector de periódicos un “modo de decir” interesante y diferente del televisivo.
Las transformaciones apuntaron a tres órdenes de estrategias enunciativas8: las relativas al formato, las vinculadas con los modos de tratamiento del contenido y la segmentación temática para sectores diferenciados de lectores.
En relación al formato: una diagramación más atrayente, menos solemne, en la que se destaca el peso cada vez más fuerte de las imágenes (fotos, caricaturas, infografía) y el estallido del color en las páginas otrora monótonamente grises. Una tendencia al destacado de los titulares, mediante el aumento del tamaño de la tipografía. Incluso los diarios “serios”, se animan –cuando la ocasión lo amerita- a un título ‘catástrofe’. También sufre modificaciones, en ciertos casos, el tamaño del periódico, con una tendencia a formatos más pequeños.
Respecto de los modos de tratamiento del contenido, estos cambios son más radicales, ya que tienen que ver con la manera de construir la noticia: predominan el análisis y profundización de la información, se observa un aumento significativo de la presencia de artículos que siguen una estructura argumentativa y en donde se fortalece el denominado “periodismo de opinión”, ya no sólo en las editoriales sino en un sinnúmero de notas firmadas por periodistas y también por colaboradores provenientes de diversos campos disciplinares (sociólogos, politólogos, psicólogos, economistas, filósofos, escritores, entre otros); se produce un importante desarrollo del periodismo de investigación en torno de temas y hechos sobresalientes. Prácticamente perdida la posibilidad de la primicia, el diario nos ofrece a cambio el espacio para la reflexión, para el análisis de causas y consecuencias y para la interpretación de lo que está detrás del mero acontecimiento. Esta modalidad discursiva propone explícitamente una representación argumentativa particular de los acontecimientos ‘construidos’ por las “noticias”, es decir, una representación que se estructura en torno de una tesis o conjunto de proposiciones que, a partir de un razonamiento, traducen directa o indirectamente (mediante aserciones, juicios, etc.) la toma de posición de un sujeto ante a una temática.. Los editoriales y los artículos de opinión de columnistas y otros redactores “conforman el discurso de opinión más ampliamente divulgado en la sociedad (..)[aunque] su influencia se puede atribuir más a la influencia de las elites que a la influencia popular masiva.“ (van Dijk, 1997, p. 276, el agregado entre corchetes es nuestro).
En esta puesta en discurso de las opiniones se va generalizando una característica fuertemente vinculada con la consolidación de los sistemas democráticos: la confluencia polifónica de los puntos de vista de diversos actores sociales. Así, el discurso periodístico, en tanto que discurso público por excelencia, se constituye en el lugar en el que se inscriben las pugnas del universo de creencias de una comunidad. Es el discurso que legitima o deslegitima, incluye o excluye, las diversas representaciones sociales que emergen en el escenario social. Por lo tanto, en los textos que conforman el archigénero de opinión es factible establecer distinciones entre los modos de construcción de la realidad social en devenir en el discurso periodístico, según las operaciones de puesta en discurso (inclusión / exclusión; legitimación / deslegitimación) de los diversos sistemas de creencias e ideologías de los distintos grupos y actores sociales.
Otra característica, desprendida de la anterior, es una paulatina pérdida del anonimato debido al hecho de que la mayoría de las notas son firmadas por sus redactores. Al individualizarse el autor se personaliza el discurso y, en consecuencia, el periodismo gráfico deja de lado el efecto de pseudo-objetividad que le daba el anonimato.
A las peculiaridades enumeradas se agregan los suplementos dirigidos a franjas de público bien delimitadas (jóvenes, niños, mujeres, entusiastas de los deportes, usuarios de computadoras, economistas), la incorporación de la revista semanal como parte de la oferta del periódico y los números especiales que acompañan algún acontecimiento social de relevancia. Esta segmentación temática para sectores diferenciados de lectores estaría en consonancia con las tendencias hacia la fragmentación e individuación anteriormente explicitadas.
Un fenómeno interesante que deberemos analizar, en la medida en que se consoliden y sistematicen sus prácticas lectoras, es el periódico en soporte digital. Actualmente, la mayoría de los diarios de relevancia tienen su versión en Internet. Si bien en un comienzo, ésta era simplemente una transposición del periódico impreso, con el tiempo ha adquirido identidad propia, por la incorporación de todas las posibilidades que brinda el soporte multimedial y la estructuración hipertextual. El diario digital, en la medida en que se consolida como una nueva “forma de la expresión” genera, con sus lectores, un contrato de lectura diferente. Incluso le devuelve al periódico la capacidad de recuperar la primicia, dada las posibilidades del formato.

A modo de cierre

Los textos escritos (libro, periódico), las prácticas lectoras a ellos asociadas y los lectores se han transformado. En este proceso han incidido diversos factores: la aparición y posicionamiento de otros medios de comunicación con sus correspondientes “formas de la expresión”, cambios socioculturales tales como el rechazo del canon, la creciente individuación del sujeto, la fragmentación como característica de reconocimiento y apropiación, la pérdida del orden progresivo y lineal de la lectura y la proliferación caótica de textos impresos.
En algunos casos, como el de la prensa gráfica, debido quizás al imperativo económico, se debió generar una serie de transformaciones y re-pactar un nuevo contrato de lectura. Pero la lógica del desarrollo del conocimiento que el libro tradicional representaba no es tan fácil de reconvertir.
Por su parte, las características de los nuevos formatos textuales como el hipertexto están generando nuevos modos de interacción con el texto (ya no impreso sino electrónico), cuyas características aún no terminamos de perfilar.
Al comienzo afirmamos que no se ha perdido la lectura –en un sentido amplio-, que lo que está mutando son las modalidades de lectura, debido a la aparición de nuevos soportes textuales y modalidades enunciativas. Los lectores “nostálgicos” (Chartier, 1998) lo resienten. Aunque todavía es muy pronto para cerrar un diagnóstico definitivo.

Notas

1 Esta información ha sido extractada del libro Historia de la lectura en el mundo occidental de Cavallo & Chartier.
2 Entendemos por texto a todo “conjunto sígnico coherente” (Lotman);en tal sentido, consideramos texto no sólo los producidos en lengua natural, sino también mediante otros sistemas semióticos: un cuadro, un vídeo, un film, una puesta teatral, etc.
3 Eco utiliza el término texto en un sentido abarcador, por lo tanto su noción de “texto” subsume la distinción que nosotros hacemos entre texto y discurso
4 Hemos basado este análisis en las “Modalidades” del deber y del poder, categorías propuestas por la Semiótica discursiva (Cfr. Greimas & Courtés, 1990; Courtés, 1997; Fontanille, 2001)
5 Este aspecto fue desarrollado en nuestra investigación “Modos de reconocimiento de los géneros audiovisuales en distintos grupos sociosemióticos” (1998)
6 La hipercodificación, planteada como modo de producción semiótica, consiste en la existencia de reglas propias de la “puesta en discurso” (reglas retóricas, reglas de géneros o tipos textuales, entre otras), que se sobreañaden a las reglas del lenguaje base (=código). A su vez, es factible postular un trabajo por hipercodificación como modo de reconocimiento, lo que daría origen a un “pacto de lectura” entre las instancias productoras y consumidoras de un discurso dado
7 Recuperamos, en este apdo., algunos de los resultados obtenidos en nuestro proyecto de investigación “Desafíos de una educación para el futuro: el desarrollo de nuevas matrices cognitivas en el marco de la videocultura y de las NTCI” (2003).
8 Trabajamos sobre los cambios observados durante la última década en los diarios argentinos.
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Dirección URL del artículo: http://bdigital.uncu.edu.ar/117.
Fecha de consulta del artículo: 30/08/12.


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viernes, 6 de mayo de 2011

Hacia una semiótica de la comunicación

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por Herón Perez Martínez
Doctor en letras, especialidad en lenguas románicas, por la Universidad de Bourgogne, Francia




La semiótica de la cultura no consiste sólo en el
hecho de que la cultura funciona como un sistema
de signos. Es necesario subrayar que ya la relación
con el signo y la signicidad representa una de las
características fundamentales de la cultura.
I. M. Lotman



PRELUDIO

Es hoy muy común acercarse a estudiar lo relativo a la comunicación desde la casi exclusiva perspectiva del periodismo en sus diferentes modalidades. Sin embargo, la comunicación humana, bien se sabe, es un sistema de procesos muchísimo más amplio e importante abarcado por ese variado universo de actividades sociales al que se le suele dar el nombre de cultura. Por lo demás, entre las disciplinas desarrolladas en torno al lenguaje durante el siglo XX, la semiótica se ocupa, por definición, de estudiar los diferentes procesos de comunicación con que el ser humano organiza las diferentes acciones que conforman su vida cotidiana: la semiótica es la disciplina cuyo objeto es estudiar la comunicación. En su proceso de conformación, amén de las reflexiones sobre la naturaleza de su objeto y de las metodologías a su alcance, la semiótica tiene alrededor de treinta años estudiando procesos especiales de comunicación como la televisión, la publicidad y el cine. No es pequeño el caudal de experiencias metodológicas acumulado espectacularmente en ese mismo lapso.

Proponemos, por consiguiente, que el importante campo de estudios de la comunicación eche mano este caudal, y que sobre los postulados fundamentales de la semiótica amplíe sus intereses al universo de la semiótica de la cultura, entendida como la "disciplina que examina la interacción de sistemas semióticos diversamente estructurados, la no uniformidad interna del espacio semiótico, la necesidad del poliglotismo cultural y semiótico" (en Martínez, 2001:18). Una tal semiótica partiría de la convicción cada vez más extendida no sólo de que, como dice Lotman, "la cultura en su totalidad puede ser considerada como un texto" (ibidem:19), sino en la ya aludida acepción, sobre la cual el consenso de los estudiosos es casi unánime, de que el conjunto de los procesos de comunicación que conforman la cultura es reductible a un sistema de textos de sustancia y organización complejas. El acercamiento, entonces, a los procesos de comunicación cultural desde la semiótica de la cultura, nos permitiría explorar cómo funciona nuestro bagaje de sentido dentro de nuestra cultura y, por tanto, la riqueza de nuestras axiologías y los principios fundamentales de nuestras lógicas, ahondar nuestros procesos de constitución cultural cuyos resultados redundarían, sin más, en un conocimiento más a fondo tanto de lo que es nuestra cultura como de lo que es nuestra comunicación, los valores que las mueven, las direcciones hacia donde se encaminan y la lógica que las mueve. Estaríamos con ello, por tanto, en las entrañas de las múltiples y variadas comunicaciones que tienen lugar en nuestra cultura.



TODA CULTURA ES SEMIÓTICA Y TODA SEMIOSIS DESEMBOCA EN LA COMUNICACIÓN

Pese a que el nombre es relativamente reciente, las reflexiones sobre el signo, la comunicación y los diferentes procesos que en ambos intervienen se remontan a las viejas reflexiones griegas sobre el lenguaje. Empero, parece haber un acuerdo en que los rusos están entre los primeros que se interesaron en la investigación de los procesos de comunicación que conforman lo que llamamos "cultura". Desde el formalismo hasta la semiótica de la cultura de Lotman, los rusos estuvieron entre los primeros al abordar, en su múltiple interés por el lenguaje, algunas de las más importantes e influyentes investigaciones del siglo XX sobre la cultura popular y sus múltiples mecanismos de comunicación agrupables hoy en las disciplinas del folklore. No sólo eso: en el formalismo ruso se gestaron las más fecundas tesis sobre los distintos procesos de comunicación. Con enfoques muy creativos y desde disciplinas y orientaciones teóricas cuya fecundidad ha demostrado el paso del tiempo, se han proyectado las más imaginativas propuestas para explorar competentemente los variados procesos de comunicación en las sociedades contemporáneas.

A raíz de este tipo de investigaciones es posible hoy asentar que toda cultura está estructurada como un magno sistema semiótico cuyos textos, organizados jerárquicamente, remiten a una extensa gama de lenguajes cuya gramática se atiene a reglas parecidas a las de las gramáticas de las lenguas naturales. Y, como agrega Lotman en el texto que nos sirve de epígrafe, "la relación con el signo y la signicidad representa una de las características fundamentales de la cultura" (Lotman, 1998). La cultura es un magno sistema, de lenguajes, lenguas, textos y mecanismos de mediación expresiva de la más variada índole. Es, en suma, un magno, complejo y jerarquizado sistema de comunicación que se manifiesta y funciona a través de una muy variada textualidad cuyo léxico está constituido por signos no sólo de distinta "sustancia", sino de distinta índole y donde las reglas de combinación que la gobiernan son en parte distintas y en parte análogas entre un lenguaje y otro.

Es tarea de la semiótica a secas, a partir de esa textualidad, identificar cada uno de esos distintos sistemas de signos, descubrir sus respectivas gramáticas, estudiar sus mecanismos de funcionamiento y, en suma, aprender a leer los textos que la configuran y constituyen en su conjunto lo que es nuestra civilización. Por lo general, no se trata sólo de sistemas jerarquizados y como superpuestos estratigráficamente: se trata, más bien, de sistemas semióticos trabados entre sí de tal manera que, en conjunto, forman, como decía, un magno sistema semiótico que se basa en la índole semiótica de la cultura, puesto que esta está hecha de comunicación: todo proceso cultural es semiótico.

Hoy se cuenta, para la investigación semiótica de los procesos sociales de comunicación, con una serie de herramientas adicionales que contribuyen a poner de manifiesto conceptos, mecanismos y perspectivas que dotan a la investigación sobre las distintas modalidades de comunicación social no sólo de mayor precisión sino agudeza para llegar hasta aspectos a los que antes era impensable hacerlo. Disciplinas como la pragmática, el análisis del discurso, ciertos desarrollos de la retórica, la lingüística cognitiva, y hasta la hermenéutica, permiten hoy análisis más finos de las ideologías, fundamentos lógicos y motivaciones que subyacen a textos culturales y a conductas sociales. Lo mismo hay que decir de escuelas, movimientos e investigadores cuyas aportaciones hacen más tranquila y confiable la investigación sobre el variado y múltiple universo de la comunicación social.

No obstante, la semiótica de la cultura está por hacerse. Los brillantes avances que ha logrado la semiótica literaria, sobre todo en los terrenos de la narratividad de los relatos, no han sido alcanzados en otras formas de narratividad en textos verbalizados de otra índole, para no hablar de los textos no verbalizados donde la semiótica apenas explora niveles de una descriptividad muy rudimentaria. Hay varios síntomas que parecen indicar que la semiótica de la cultura, no importa la espectacularidad de algunos resultados de algunas semióticas, como la de la publicidad, no parece concebirse a sí misma de otra manera que en funciones descriptivas cuyas tareas son de las más humildes y primitivas en el universo de la episteme. Creemos, por tanto, llegado el momento en que asociada con disciplinas como la hermenéutica pueda pasar, por tanto, a una fase explicativa: comprender para explicar y explicar para comprender parecen dos momentos de un mismo proceso hermenéutico semiótico que puede decirnos no sólo cómo funcionan las cosas de la cultura sino por qué lo hacen así.



INVESTIGACIÓN SEMIÓTICA DE LA COMUNICACIÓN CULTURAL

Aunque en buena medida la aplicación de los análisis semióticos al estudio de los procesos de comunicación que tienen lugar en el diario conformarse de una cultura es una práctica semiótica joven, hay una serie de antecedentes teóricos, de trabajos previos y de tipos de análisis que permiten augurar un más rápido proceso de maduración. Por un lado, la aplicación de métodos semióticos a una gran variedad de textos del ámbito de la comunicación publicitaria y comercial; por otro, el gran avance que ha tenido la semiótica en ámbitos tan desarrollados como el cine o la televisión; y luego, el gran desarrollo de conceptos, métodos y experiencias hacen augurar que este edificio, hoy en construcción, llegue pronto a su madurez a lomos de un bien probado bagaje conceptual .

En efecto, si bien la semiótica de la cultura es una disciplina joven y en muchos aspectos está por hacerse, no es poca la experiencia acumulada a lo largo del último tercio del siglo XX y en lo que va del presente siglo. En el seno del formalismo francés, por ejemplo, a mediados de la década de 1970 empezaron a multiplicarse las investigaciones del sistema cultural, que concebía al mundo como un sistema de signos organizados de tal manera que los valores de unos incidían y determinaban los valores de los otros, haciendo circular un bagaje de sentido con el que se movían los intereses, dinámicas y acciones de todos los individuos participantes en las cotidianidades de nuestras culturas. Así, desde principios de la década de 1960, éditions du Seuil empezó a publicar una serie de investigaciones sobre la comunicación cultural a la que llamó, precisamente Communications, trabajos de los que hoy se debe echar mano para terminar de construir el edificio de la semiótica de la cultura, como una manera de acercarnos con mayor profundidad a los sistemas de comunicación que actualmente funcionan entre nosotros.2

Con inquietudes e intereses distintos, surgió un grupo que se aglutinó en torno a Roland Barthes,3 donde exploraron una serie de territorios y metodologías que desembocan en la semiótica, a raíz de los trabajos de A. J. Greimas. Por la misma época, el recientemente desaparecido Jean Baudrillard, por ejemplo, publicó El sistema de los objetos, donde opina que los todos los objetos que conforman nuestra cotidianidad rebasan las funciones técnicas de sus fabricantes y vendedores y van configurándose socialmente a través de significados secundarios, en un inexorable proceso de resignificación donde lo funcional–semiótico devora lo tecnológico en un constante y espectacular proceso de semiofagia. En efecto, los objetos que constituyen nuestra cotidianidad (que ya tiene una forma y una función dotados por la tecnología), son socialmente dotados de funciones adicionales y, hasta cierto punto, secundarias, con lo que adquieren nuevas significaciones.

Simultáneamente, empezó a llamar la atención de los investigadores de los procesos de comunicación cultural la importancia creciente que fueron adquiriendo las imágenes en los cada vez más desarrollados y poderosos medios de comunicación de masas. Así, hubo una serie de investigaciones sobre la prensa, el cine y la televisión. Un ejemplo de estas investigaciones, métodos y resultados lo puede tener el lector en el libro de Lorenzo Vilches, La lectura de la imagen. Cada vez más, las investigaciones sobre los medios de comunicación de masas se inclinan hacia la herramienta teórico–metodológica de la semiótica de la cultura. En Sudamérica, por ejemplo, hace ya muchos años se mostró el interés por investigar el mundo de la imagen, del cine, de la publicidad y de la televisión. La experiencia allí acumulada es un rico caudal que contribuirá, en mucho, a la hora de armar una semiótica de la cultura desde los medios de comunicación de masas.

Como ejemplo de este tipo de aportaciones, el lector puede ver el libro de Rafael del Villar Trayectos en semiótica fílmico televisiva. Cultura audiovisual, cine, video clip, publicidad, video educativo. En concreto, el autor presenta, describe y propone una serie de herramientas de análisis y códigos de cuantos signos, variados y multiformes constituyen una materia prima, muy modernizada para acceder sobre otros presupuestos, a ese enorme campo. En concreto, presenta los intentos de una semiótica de la cultura comunicativa avanzada, penosamente de una heterogeneidad teórico metodológica en la década que va de 1960 a 1970,4 que en la siguiente generación, la de 1980 a 1990 decide basar sus investigaciones semiótico–culturales en trabajos sobre investigaciones concretas.

Muy espectaculares han sido los resultados que sobre esta vía han conseguido las investigaciones sobre publicidad comercial. Un ejemplo de este tipo de investigaciones es el libro de Jean Marie Floch, Semiótica, marketing y comunicación, que es una especie de escaparate de herramientas teórico metodológicas de las que puede echar mano el publicista para estudiar los comportamientos del mercado y planear, en consecuencia, la mejor publicidad en ese contexto.

Muy útiles para el tipo de análisis aquí implicados han sido las reflexiones, usos y aplicaciones a campos hoy de actualidad de intuiciones, movimientos y escuelas que brotaron en un determinado momento del siglo XX y que, pasada la euforia, parecían haberse extinguido y que, sin embargo, están reapareciendo ahora con nuevas orientaciones, con nuevas claridades y con aplicaciones muy actualizadas a los problemas del momento. Se trata, como se ve, de las aportaciones de la segunda hora que hoy, como ya es normal en las humanidades, saltan de campo en campo –al fin de cuentas las fronteras en el universo humanístico son cada vez más artificiales y frágiles– y sirven como herramienta de precisión en campos diferentes de los que surgieron (ALED, 2006).5

Por tanto, para contribuir a la construcción del edificio de semiótica de la cultura es preciso hacer un acucioso inventario de las investigaciones, herramientas metodológicas, conceptos teóricos probados hasta ahora, ver los horizontes, límites, fracasos y, en fin, servirse de lo ya logrado y probado, y así ir recogiendo su caudal teórico metodológico para construir sobre tierra firme el edificio que el estudio riguroso de la comunicación cultural requiere.



POSTULADOS PARA UNA SEMIÓTICA DE LA CULTURA

En efecto, creemos que ese caudal de logros de las investigaciones semióticas sobre distintos procesos de nuestras comunicaciones sociales puede servir de base para cualquier reflexión ulterior sobre la comunicación cultural desde la perspectiva semiótica. También es necesario llevar a cabo un inventario de los conceptos provenientes de la lingüística que aún pueden tener vigencia en futuras investigaciones. He aquí, pues, en forma de postulados, algunos de esos conceptos todavía básicos:

1. Una cultura puede ser analizada como un conjunto de textos construidos por sendos lenguajes, alimentados por una cuota de sentido que genera el conjunto de las significaciones que circulan y funcionan en un determinado ámbito social.

2. Se puede asumir como texto cultural a cualquier proceso de comunicación de cuantos tienen lugar en el seno de una sociedad y que configuran la cultura de esa sociedad, independientemente de la sustancia de que estén hechos.

3. En la conformación de cualquier semiótica de la comunicación debe ser básico el postulado del lingüista danés Luis Hjelmslev para quien: "todo proceso tiene un sistema subyacente" (1971:21). Por tanto, una primera tarea de la semiótica de la cultura es poner de manifiesto los lenguajes que subyacen a los textos que la conforman.

4. Por tanto, todo análisis semiótico de cualquier proceso de comunicación debe poner de manifiesto tanto su nivel superficial como su nivel profundo.

5. Todo análisis semiótico debe llevarse a cabo con una metodología análoga al análisis sintáctico por constituyentes inmediatos (Rodríguez, 2005: 38 y ss.): el análisis sólo se agota hasta llegar al nivel profundo.6

6. Por tanto, el análisis semiótico de procesos de comunicación cultural puede echar mano, con mucha ventaja por ejemplo, de herramientas hoy puestas a circular en el análisis del discurso.

7. De acuerdo con el anterior postulado, el análisis semiótico de procesos de comunicación cultural sólo se agota hasta llegar, en el fondo, a las unidades de sentido conformadas, para usar la terminología barthesiana, por las tópicas y las figuras del discurso cultural. Es decir, el análisis semiótico de los procesos culturales sólo se agota hasta dar con los contenidos que subyacen a los procesos culturales (Pérez, en ALED, 2006:25).

8. Todo análisis semiótico de los procesos de comunicación cultural ha de poner de manifiesto, con claridad, las estructuras lógicas subyacentes...

9. Todo análisis semiótico de los procesos de comunicación cultural ha de poner de manifiesto, con claridad, la circulación de bienes, dosis de sentido, axiologías y el cúmulo de objetos implicados en el proceso, de tal manera que se muestre el carácter dinámico de estos procesos de comunicación.

10. Los textos y los lenguajes constitutivos de las culturas son análogos a los textos lingüísticos cifrados, por tanto, en el más importante de los lenguajes de una cultura, el de las lenguas naturales.

11. Por lo anterior, mientras la semiótica de la cultura alcanza su madurez epistemológica conviene que tenga en su horizonte referencial, al menos como punto de partida, los conceptos y las técnicas de la más importante metodología lingüística desarrollada en el estudio de textos y configuraciones verbales. Sin descuidar, sin embargo, la advertencia de Umberto Eco cuando dice: "no todos los fenómenos de comunicación pueden explicarse con las categorías de la lingüística" (1972:23).

12. El análisis semiótico es un instrumento que permite mostrar cómo tiene lugar en las sociedades la producción de sentido, el tipo de los mecanismos que funcionan en ellas, así como la capacidad e incapacidad que los mecanismos semióticos para producir las cuotas de sentido que circulan culturalmente y mostrar cuáles son las leyes básicas de las conductas vigentes en ese grupo social.

13. El análisis semiótico es un instrumento que permite mostrar los sentidos subyacentes en los textos culturales, inventariar sus unidades léxicas que conforman sus estructuras significativas, descubrir las reglas de combinación de esas unidades y establecer los sentidos que son capaces de producir. La disciplina desde la cual se practica este análisis semiótico en configuraciones significativas no verbales, suele recibir el nombre de semiótica de la cultura.

14. La semiótica de la cultura puede ser útil, también, para estudiar la correlación funcional de diferentes sistemas de signos.

15. Tanto la expresión "semiótica de la cultura" como la disciplina a que ella se refiere tiene hoy un amplísimo campo de posibilidades. Puede, por ejemplo, consistir en el estudio de las similitudes, puntos de encuentro y colaboración entre diferentes culturas. Igualmente, se da semiótica de la cultura en el estudio de la historia, bajo la perspectiva semiótica, de la historia de un determinado grupo humano. Así, las aportaciones de los trasterrados españoles a la cultura mexicana, o el estudio comparado entre la época porfiriana y la de la modernidad salinista.

16. Puede construirse una semiótica de la cultura en el estudio de los mass media como constructores o destructores de la cultura. Ello implica que una semiótica de la cultura bien pueda dedicarse a estudiar los modelos de comunicación tanto como el desplazamiento de las comunicaciones en el tiempo y en el espacio.

17. En cada cultura funciona un acervo de signos y sentidos agrupables por tipos. De ellos forman parte los códigos y las convenciones sociales tanto explícitas como implícitas. Tales códigos culturales son sistemas dinámicos que tienen lo histórico y lo sociocultural como importantes reactivos suyos.

18. El medio material es determinante en la configuración de un código semiótico. Son, en efecto, varias las teorías en torno a los códigos de la cultura y varias también las tipologías de ellos.

19. Las categorías lingüísticas de paradigma y sintagma pueden ser útiles en semiótica de la cultura para analizar conductas culturales. En lingüística, un paradigma es una manera de clasificar los signos, en tanto que los sintagmas son secuencias o conjuntos concretos de que se conforma un texto o enunciado.

20. En semiótica, se entiende por paradigma una clase de elementos capaces de ocupar un mismo lugar en la cadena sintagmática o, si se quiere, por un conjunto de elementos sustituibles entre sí en un mismo contexto y socialmente aceptables como objetos–signo: una gorra, una cachucha, un sombrero y un rebozo en determinados contextos pueden desempeñar la misma función aunque su valor semiótico sea socialmente diferente en cada caso.

21. Los elementos de una misma clase pueden ser reconocidos por la prueba de conmutación y mantienen entre sí relaciones de oposición que el análisis ulterior puede formular en términos de rasgos distintivos; las oposiciones distintivas permiten, a su vez, constituir subclases dentro del paradigma. Por tanto, para la semiótica de la cultura los paradigmas son clasificaciones de los signos según la función que son susceptibles de desempeñar. Todos los elementos que pueden desempeñar la misma función dentro de una frase semiótica pertenecen al mismo paradigma. Si los elementos son conmutables es que pertenecen al mismo paradigma, es la conmutación: si son conmutables pertenecen; si no, no. Es el mecanismo usado por N. S. Trubetzkoy para distinguir el fonema de la forma acústica sin valor fonológico. (1973:29 y ss.) El arquitecto y el ingeniero son conmutables en el proceso semiótico de la construcción de una barda; lo son también en el de impartir clases de matemáticas en una universidad. No lo son, en cambio, en la construcción de una casa. En general, dos elementos de un paradigma pueden pertenecer juntos a tantas series cuantos sean los rasgos distintivos que compartan. Se puede acudir, aquí, a la teoría de conjuntos.

22. Considerado sincrónicamente como una totalidad, un paradigma debe ser pensado como un espacio donde se encuentran colocalizados los valores posicionales. Por ejemplo, el menú de un restaurante es de hecho un paradigma en tanto que la secuencia de platillos que el cliente efectivamente escoge, su "orden", es un sintagma cultural. Igualmente sucede en un supermercado: sus departamentos y estantes constituyen el paradigma de posibilidades de consumo de los clientes en tanto que el "carrito" de compras con los productos seleccionados que pasa ante la caja registradora son los sintagmas que a partir del menú de opciones cada cliente conforma según sus posibilidades y deseos.

23. En suma, para el análisis semiótico de un objeto se puede tomar como paradigma al conjunto de elementos u objetos asociados entre sí, y por uno o varios rasgos de pertenencia, de tal manera que cada uno sería intercambiable con el otro dentro de una misma estructura sintagmática con tal, sin embargo, de que cada uno de ellos tenga su valor semiótico propio. En semiótica del cine y de la televisión, por ejemplo, pertenecen al mismo paradigma del "cambio de toma" el corte, el desvanecimiento de la imagen, etc.

24. Una clase es un conjunto de elementos que poseen en común uno o varios rasgos distintivos dentro de un sistema cultural.

25. Con la expresión de rasgo distintivo se designa la figura o unidad (no–signo) de cada uno de los dos planos (expresión/contenido) del lenguaje, considerada como mínima según el nivel de pertinencia escogido y reconocida como diferente en relación, al menos, con otra figura.

26. La conmutación es una prueba o test que debe servir para mostrar si la sustitución de un elemento por otro se da en el mismo plano y nivel (sintagmático). Por tanto, la conmutación es la operación mediante la cual el analista verifica la identidad paradigmática de dos formas semióticas. Mesa y silla conmutan en el paradigma del mobiliario, pero no en el de los asientos.

27. En un sistema cultural hay tantos paradigmas cuantos elementos se requieran para llenar las diferentes funciones dentro de los diferentes sintagmas que constituyen ese sistema con sus respectivos subsistemas y frases culturales.

28. El paradigma es una categoría proveniente de la lingüística saussureana que, aplicada a los objetos de una cultura asumibles como unidades léxicas, permite agruparlos y establecer sus propiedades de combinación o sintagmáticas: objetos, decíamos, de la misma función cultural. Esta es una manera de clasificar los signos de una cultura. En efecto, los signos y, en general, los objetos de una cultura que tienen siempre un valor significativo en ella y actúan como tales, pueden ser agrupados según su función en el sintagma o comunicación cultural. Así, por ejemplo, el grupo formado por las prendas de vestir y los accesorios es, desde el punto de vista del uso social vigente, un paradigma a partir del cual un individuo hace sus selecciones sintagmáticas. Hay prendas de vestir monofuncionales, como el calzado, y prendas de vestir polifuncionales como el rebozo. Las prendas monofuncionales que desempeñan la misma función dentro del sintagma cultural se eliminan entre sí. Para una mujer, por ejemplo, la falda y el pantalón se eliminan entre sí de manera que, en circunstancias normales, es socialmente inaceptable que alguien emplee ambas prendas a la vez.

29. Como en la comunicación verbal, los sintagmas culturales pueden ser gramaticales o agramaticales. Estas categorías están determinadas por los usos vigentes en una determinada comunidad cultural. Son gramaticales las secuencias de objetos que socialmente son tenidas como "correctas" por los miembros de una determinada cultura en sus usos y costumbres. Y agramaticales, por tanto, las secuencias incorrectas. La gramaticalidad de una secuencia puede, además, ser aceptable o inaceptable según las circunstancias como el tiempo, el lugar o la ocasión. Una secuencia indumentaria de short, sandalias, playera y sombrero, por ejemplo, puede ser gramaticalmente correcta, pero inaceptable en un baile de gala.

Una cultura, por tanto, es analizable desde la perspectiva de la semiótica como un lenguaje cuyo léxico, constituido, amén del complejo sistema de sentido abinado dinámicamente a los significantes, por el acervo de objetos que tienen validez en esa cultura, y está estructurado en forma de un conjunto de paradigmas de esos objetos que abarcan los diferentes aspectos de su vida cotidiana. Hay, así, el grupo de objetos de vestir constituido, por ejemplo, por calzoncillos, brasiers, calcetines, zapatos, huaraches, sandalias, pantuflas, tenis, medias, shorts, pants, pantalones, faldas, guayaberas, camisas, corbatas, sacos, chamarras, sombreros, boinas, pañoletas, rebozos, cachuchas, etc. Prendas como estas forman parte del paradigma del vestir. Como sucede con todos los paradigmas, las prendas de vestir y los accesorios de ornato que los constituyen tienen como regla básica de funcionamiento sintáctico que no se pueden llevar al mismo tiempo sino que se excluyen mutuamente: en la misma parte del cuerpo –la cabeza, por ejemplo– sólo se puede llevar una prenda a la vez.



ESTRUCTURAS SINTAGMÁTICAS DE LA COMUNICACIÓN CULTURAL

Los paradigmas de objetos culturales constituyen, tomados en su totalidad, el sistema que funciona en una cultura como la lengua es el sistema que está detrás de las diferentes maneras sociales e individuales de hablar. Dichos paradigmas son, por tanto en cuanto entidades, una abstracción que remite al universo de virtualidades de expresión de esa cultura. Como sucede con el lenguaje hablado, los individuos se adscriben, por lo general, a un reducido tipo de actualizaciones de esa virtualidad y la tipología de sus actualizaciones o sintagmas de la vida real es aún más reducida en órdenes como la indumentaria, la comida, la vivienda, la especialización profesional, la lectura, el cine, la música, etc.

Las hablas son de naturaleza sintagmática. Se habla mediante la secuencia de elementos léxicos o palabras combinados según una serie de reglas que, por ello, se llaman reglas sintácticas: las hablas sólo existen en los diferentes textos que pronunciamos o producimos en las diferentes circunstancias de un día, de una semana, de un año, de una vida. De esta manera, son analizables como sintagmas culturales los siguientes: la manera concreta como cada uno de nosotros anda vestido el día de hoy, el conjunto de alimentos que efectivamente desayuné, los libros que he leído durante mis vacaciones en la playa, el carrito de las compras hechas en la tienda Gigante el domingo por la tarde, mi recorrido por la Costa Azul el verano pasado, etc.

El análisis paradigmático de la cultura funciona mediante un sistema de oposiciones binarias que, a partir de las funciones que cada uno de los elementos de una cultura desempeña, determinan las unidades de que consta un determinado paradigma cultural. En toda cultura, en efecto, funciona una extensa red de oposiciones binarias en que se construyen las diferentes significaciones que allí circulan como arriba–abajo, adentro–afuera, rancho–ciudad, culto–inculto, pobre–rico, hombre–mujer, anciano–joven, feo–bonito, elegante–vulgar, inteligente–tonto, macho–maricón, útil–inútil. Las reglas sintagmáticas relativas tanto a la gramaticalidad o agramaticalidad de una secuencia o combinación, como a su aceptabilidad o inaceptabilidad, constituyen las reglas de producción de sentido dentro de esa cultura.

El conjunto de sintagmas de que se componen las elecciones de los individuos, las ciudades, los ranchos, las naciones o los diferentes tipos de agrupaciones humanas, la escuela, la universidad, el SNI, la migración a Estados Unidos, etc., en un periodo de tiempo dado, constituyen respectivos programas narrativos. Un programa narrativo está constituido por una secuencia de acciones que de acuerdo con una de esas finalidades lleva a cabo un individuo: constituyen trayectorias que apuntan a una dirección u otra. Un programa narrativo cultural está constituido, en efecto, por las secuencias sintagmáticas de un sujeto cultural en un periodo de tiempo dado. En los programas narrativos hay, además de la estructura superficial constituida por las secuencias, una estructura profunda de índole ideológica que determina a esas secuencias y les da sentido.

La narratología cultural debe tener en cuenta tanto las secuencias híbridas como de elementos, por ejemplo, verbales y visuales, así como la secuencias de sintagmas pertenecientes a un ámbito cultural, por ejemplo la indumentaria, puesto en relación con sintagmas de otros ámbitos y de otra substancia del significante: un individuo vestido de una determinada manera, que come determinada secuencia de platillos, vive en un tipo determinado de residencia que va de acuerdo con su medio de transporte y con el restaurante donde come, etc.

En los sintagmas particulares y en las secuencias de sintagmas son significativos tanto los signos escogidos como los omitidos por el sintagma. En efecto, puesto que uno de los postulados del análisis estructuralista consiste en que sólo existe sentido en y por la diferencia, son las relaciones las que constituyen los tejidos significativos. Si todo texto, en efecto, supone un sistema estructurado de relaciones, entonces los elementos de un texto sólo pueden adquirir su significado y ser reconocidos como significantes en virtud del juego de relaciones que hay entre ellos. Es posible analizar los sintagmas y, en general, los programas narrativos en la textualidad cultural distinguiendo entre la enunciación y el enunciado ya determinando, mediante el análisis, quién es el enunciador y quién el destinatario, ya distinguiendo en el enunciado mismo entre su sujeto y su objeto.

El film es un tipo de textualidad cifrada en códigos visuales que fundamenta lo que podríamos llamar los "signos icónicos" a partir del concepto peirceano de icono: signo que tiene cierta semejanza innata con el objeto al que se refiere. Con Eco, podríamos decir que los signos icónicos si bien no poseen las propiedades del objeto representado

reproducen algunas condiciones de la percepción común, sobre la base de los códigos perceptivos normales y seleccionando esos estímulos que pueden permitirme construir una estructura perceptiva que posea la misma significación que la experiencia real denotada por el signo icónico. (1972: 23, 28 y 80)

Esta definición se basa en el presupuesto de que los esquemas gráficos reproducen las propiedades relacionales de un esquema mental y, finalmente, en el postulado de que "la convención regula todas nuestras operaciones figurativas", como dice Eco (idem). El "signo icónico construye un modelo de relaciones entre fenómenos gráficos homólogo al modelo de relaciones perceptivas que construimos al conocer y recordar al objeto" (ibid.: 37). Aunque difícil, es posible codificar los signos icónicos. El resultado, difícil de obtener, son códigos débiles muy cercanos a los idiolectos.

Una de las categorías más importantes de la lingüística funcionalista es la de la doble articulación del signo lingüístico. Se entiende por doble articulación la hipótesis funcionalista según la cual todo texto es descomponible en dos tipos de elementos: en sus elementos significativos –como las oraciones, sintagmas o morfemas, fonemas–, en el plano del contenido; y, en el plano de la expresión, en sus unidades no significativas como los sonidos del habla. Al primer tipo de descomposición o articulación se le llama primera articulación. A la descomposición del significante en unidades no significativas se le llama segunda articulación. Cada una de las articulaciones está en un plano diferente: la primera articulación está en el plano del significado; la segunda, en cambio, en el del significante.

En la aplicación de esta categoría al análisis de procesos culturales, hay que abolir el dogma lingüístico de la doble articulación del signo bajo la convicción de que existen códigos de comunicación con tipos variados de articulación. Al respecto, Umberto Eco señala:

es un error creer que: 1 ° todo acto comunicativo se funda en una "lengua" próxima a los códigos del lenguaje verbal; 2° toda lengua debe tener dos articulaciones fijas. Es más fecundo admitir que: primero, todo acto comunicativo se basa en un código; segundo, que no necesariamente todo código tiene dos articulaciones fijas, (ibid.: 51)

De esta manera, Eco muestra: códigos sin articulación –el bastón blanco del ciego, el semáforo, las líneas del autobús señaladas mediante letras del alfabeto–, códigos que sólo cuentan con la segunda articulación –líneas de ómnibus con dos cifras que significan "recorrido de X a Y"–, códigos que sólo cuentan con la primera articulación –la enumeración de los cuartos de un hotel (hab. 201 significa "habitación número 1 del segundo piso")–, códigos con doble articulación –las lenguas, números de teléfono con número de país, área, zona–, códigos con articulaciones móviles –las barajas (colores, figuras, números, para formar secuencias como la escalera real). El cine, según Eco, presenta un código de tres articulaciones: las figuras, los signos y los sintagmas. Por lo demás, se pueden reducir a cuatro los tipos de sintagmas fílmicos: sincrónicos, diacrónicos, sintópicos y diatópicos.



LA DIFÍCIL PRÁCTICA: A GUISA DE EJEMPLO

El análisis semiótico de un texto cultural, independientemente de la sustancia de su forma, puede darse desde tres perspectivas diferentes: desde el exterior del texto mismo, desde el texto mismo y, finalmente, desde el lector. Desde el exterior, se podrían distinguir tres maneras de analizar semióticamente textos o sistemas culturales: una se interesa por su autor, la segunda por el contexto social en que funciona el texto o sistema cultural en cuestión, y la tercera se interesa en el bagaje de sentidos implicados en esa textualidad: es decir en el aspecto ideológico discursivo del conjunto. Al análisis semiótico de un texto o de una cultura desde su autor, se le denomina "análisis semiótico genético" y consiste en rastrear las relaciones entre el objeto de análisis y su autor. Por ejemplo, se puede estudiar el arco de triunfo que a petición del cabildo catedral compone Sor Juana Inés de la Cruz en 1680 con su Neptuno Alegórico en honor del nuevo virrey, el marqués de La Laguna, desde la personalidad de la monja poetisa con su profundo clasicismo mostrado en el resto de sus obras y, en general, en sus estudios. En cambio, al análisis semiótico de texto, estructura, proceso u objeto cultural hecho desde sus relaciones con la sociedad se le puede llamar "análisis semiológico social" y consiste en explicar el objeto de análisis a partir de la sociedad: para qué sirve, cuánto se le aprecia, en qué contextos sociales funciona, cuál es el sentido que en ese contexto tienen, quiénes lo usan, cuál es su sistema de producción, cuál es su sistema o manera de llegar a sus usuarios, etc.

En cambio, desde el texto u objeto cultural mismo, se puede practicar el "análisis semiótico morfo–estructural", que consiste en describir cuidadosamente el "nivel superficial" descomponiéndolo en los diferentes elementos de que consta y estableciendo escrupulosamente las diferentes relaciones que hay entre todos ellos y, en general, el sentido que del conjunto se desprende. Hacer, en suma, una primera lectura suya. A esta descripción de superficie corresponde, por ejemplo, establecer las características de la lengua en que el conjunto está cifrado, las distintas funciones implicadas en el texto, las acciones que lo constituyen y, finalmente, la narración que lo organiza.

El análisis semiótico de un texto o proceso cultural se orienta a la lengua, identificando los niveles de sentido que pueden ser tanto de índole distribucional, si se trata de relaciones de elementos situadas a un mismo nivel (por ejemplo relaciones de arriba–abajo, de derecha–izquierda, proximidad–lejanía, inmediatez–mediatez –piénsese, por ejemplo, en las relaciones de los objetos de un supermercado: la leche Sello Rojo, con la leche Lala o con las diferentes frutas del sector–), o bien tratarse de relaciones integrantes cuando se trata de las relaciones entre elementos de diferente nivel (siguiendo con el ejemplo del supermercado: las relaciones de sentido entre un producto –un paquete de frijoles "mayocoba" Morelos– con el departamento de deportes).

Por lo que se refiere a las funciones, hay tres pasos: a) la determinación de las unidades; b) la clasificación de las unidades y, en fin, c) el establecimiento de la sintaxis funcional. Para determinar las unidades de un proceso cultural o texto, hay que establecer el carácter funcional de sus segmentos. En un supermercado, por ejemplo, los diferentes departamentos que lo constituyen están determinados por la función: cada departamento exhibe una oferta de productos unidos por una relación funcional. Por ejemplo, el departamento de vinos y licores presenta la oferta de la tienda de bebidas espirituosas que incluyen, por ejemplo, a las cervezas, que si bien no son clasificables, estrictamente, entre los "vinos y licores" comparte con ellos el carácter de "bebida espirituosa" en la medida en que su contenido tiene el carácter de "espirituoso" porque el alcohol que contiene se evapora.

Cada uno de los departamentos, por lo demás, tiene un grado de especialización en algún tipo de producto que comparten entre sí una serie de rasgos unificadores de tipo funcional por los que se justifica el que vayan en el mismo departamento objetos como tenis y pants, por ejemplo. Como hay muchos tipos de correlaciones, hay muchos tipos de funciones. Todas las funciones de un conjunto unidas sintácticamente constituyen un relato y determinan la narración, última parte del análisis. El principio por el que se guía el análisis semiótico se basa en el principio: un conjunto cultural está hecho de funciones; según la cantidad y tipo de correlaciones de que se compone un conjunto así serán sus unidades y, por ende, sus funciones. Cada función es una unidad de contenido. Las funciones, por tanto, determinan las unidades de los diferentes conjuntos y permiten establecer tipologías y, desde luego, los diferentes paradigmas que se constituyen a partir de configuraciones mayores. En el ejemplo del supermercado, el arroz se contrapone a las pastas en la medida en que desempeñan la misma función: ocupan el mismo lugar en un sintagma alimenticio ordinario. En cambio, los distintos tipos de arroz del departamento correspondiente constituyen un mismo paradigma en el que selección para el sintagma la hace el cliente a partir del precio del producto, la marca, la calidad experimentada o, simplemente, la costumbre. El análisis semiótico a este nivel puede echar mano de la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos Llorach.7

El segundo de los pasos relativos a las funciones consiste, como decía, en determinar las clases de las unidades, establecidas en el paso anterior, que, de nuevo, puesto que se trata de establecer su sentido, estas unidades pueden ser distribucionales si se trata de unidades que tienen por correlatos unidades del mismo nivel. En el caso del supermercado, por ejemplo, el arroz tiene por correlato del mismo nivel al aceite en la medida que están unidos por la función que ambos productos desempeñan al guisar una sopa de arroz. Estas funciones distribucionales corresponden a las que Propp señala para el cuento fantástico. Hay una gran cantidad de programas narrativos que están constituidos y que se pueden establecer a partir de estas clases de unidades distribucionales. Las unidades integrantes, en cambio, están constituidas por todos los indicios:

la unidad envía no a un acto complementario y consecuente, sino a un concepto más o menos difuso, necesario, sin embargo, para el sentido de la historia: indicios que caracterizan a los personajes, informativos relativos a su identidad, notaciones de atmósfera, etc. Para comprender para que sirve una notación indicial hay que pasar a un nivel superior (acciones de los personajes o narración) porque es solamente allí donde aparece el desenlace del indicio. (Bello, 1997: 42)

Un supermercado, por ejemplo, consta de departamentos y cada departamento, a su vez, está constituido por góndolas que, por lo general, están constituidas por productos que guardan entre sí alguna analogía funcional. Hay, por ejemplo, un departamento de blancos constituido por las prendas interiores de vestir; otro departamento de útiles escolares; otro de frutas y verduras; otro, claro está, de abarrotes, y así sucesivamente. Dentro de ese magno departamento de abarrotes, por ejemplo, las salsas, los chiles, las mayonesas y las mostazas, están en la misma góndola porque las une la función "aderezo" que cumplen en una comida y, por tanto, a un sintagma o programa narrativo tipo constituido por una secuencia de funciones sintagmáticas como: aperitivo + vino +entrada + sopa + carne + postre. O bien: agua + tortillas + chile + frijoles.

Cada uno de los productos que en un supermercado se exhiben constituyen el léxico de un lenguaje cuyas reglas de sintaxis están establecidas por los núcleos culturales que en esa sociedad funcionan. Hay unos ámbitos culturales que consumen tales o cuales productos, y otros que consumen otros. Esos núcleos culturales determinan, por tanto, la selección sintagmática y las secuencias narrativas que, por ello mismo, caracterizan o revisten a uno u otro de los personajes que coexisten en una sociedad: fumar cigarros Faros, calzar huarache, usar sombrero y comer tortillas con chile delinea un estatus social, una personalidad cultural y hasta, si se quiere, una ideología. En otro caso, son indicios que apuntan hacia un mismo personaje el emplear raquetas de tenis, el jamón y, en general, los productos del departamento de carnes frías, el yoghurt o las verduras precocidas. Esas secuencias delinean los niveles narrativos y con los que hay que relacionar los indicios.

Por lo general, el procedimiento de análisis parte de la mera identificación de las unidades léxicas, continúa especificando las reglas sintagmáticas y termina, a nivel superficial, por establecer los diferentes programas narrativos con su correspondiente ideología. Empero, el supermercado es como la lengua: todo en él es virtualidad. El supermercado, por tanto, si bien es en sí un texto cultural, debe ser considerado principalmente como un gran paradigma lingüístico. En el análisis semiótico, por tanto, la descripción inicial de superficie debe hacer un recuento de los ámbitos de pertenencia y funcionalidad de cada uno de esos elementos de superficie, de su valor primario, etc. Una vez hecha esta descripción, el analista debe trazar escrupulosamente las reglas de comportamiento de cada componente, sus valencias y valores primarios. Es decir: su gramaticalidad y agramaticalidad tanto como su aceptabilidad e inaceptabilidad. Se pasa así, al análisis del nivel profundo para buscar el sentido tanto de cada una de las frases y elementos, como del conjunto: cuál es la lógica que subyace al orden, por ejemplo, de los artículos en un supermercado; al colocarlos unos arriba y otros abajo, al juntar los productos de distinta especie o de distinta marca, al seleccionar las marcas, etc.

Finalmente, el análisis semiótico de un texto cultural puede hacerse desde la perspectiva de la recepción con categorías como el interpretante dinámico de Peirce, el horizonte de expectativas de la estética de la recepción y, en fin, la categoría de la "tradición" en el sentido de la hermenéutica gadameriana.



COLOFÓN

La semiótica de la cultura, por tanto, es un edificio que cuenta con muchos y sólidos cimientos pero que, en general, sigue respondiendo a la imagen de un edificio en construcción: y aun es comparable a un campo en proceso de ser desbrozado y abonado que sólo en parte está listo para ser sembrado. Con lo rico que es el universo de la comunicación para la investigación, son pocas aún las búsquedas que se atreven a usar ya este camino pese a que ya son muchos los resultados que parecen mostrar que este sendero no se anda en vano. El semiotista de la cultura, hoy, tiene muchas tareas a realizar y muchas sendas que explorar: la semiótica es, desde esa perspectiva, más un proyecto que se lanza hacia el futuro que una obra ya hecha que invite a echar la mirada hacia atrás. Uno de esos senderos, ya esbozado, por la semántica, parece invitar, por ejemplo, a conformar un corpus de procesos semióticos presentes en todas las culturas, desde la perspectiva de unos hipotéticos universales semióticos, para estudiarlos, hacer tipologías de ellos, describir sus propiedades, su capacidad de sentido y sus funciones. Todo ello apoyándose, en primera instancia, en las investigaciones ya realizadas en el sistema semiótico por excelencia que es la lengua; pero luego desde la hipótesis de que hay otros posibles modelos epistémicos muy distintos cuyos rasgos y posibilidades aún hay que puntualizar.


Bibliografía

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NOTAS

1 El Colegio de Michoacán
2 Véase, por ejemplo, los volúmenes titulados La semiología (Buenos Aires, Ed. Tiempo Contemporáneo, 1970), Lo verosímil (Buenos Aires, Ed. Tiempo Contemporáneo, 1970), Análisis estructural del relato (Buenos Aires, Ed. Tiempo Contemporáneo, 1970), Los objetos (Buenos Aires, Ed. Tiempo Contemporáneo), 1969, Análisis de las imágenes (Buenos Aires, Ed. Tiempo Contemporáneo, 1970). O bien, Roland Barthes, Sistema de la moda, Colección comunicación visual, Barcelona, Ed. Gustavo Gili, 1978. El volumen de Roland Barthes, La aventura semiológica (Barcelona, Planeta–Agostini, 1994) reúne las principales exploraciones hechas por él en el campo de la comunicación cultural.
3 Para una información más detallada pueden verse obras como la biografía de Roland Barthes escrita por Louis–Jean Calvet (Barcelona, Dedica, 1992), o la de ángeles Sirvent Ramos, Roland Barthes. De las críticas de interpretación al análisis textual, Universidad de Alicante, 1989. O bien, la reseña que sobre el grupo Tel Quel escribe Philippe Forest, Histoire de Tel Quel 1960–1982 París, ed. du Seuil, 1995.
4 El modelo de investigación semiótica de corte estructuralista sigue teniendo sus adeptos, como lo muestran obras como la de Jenaro Talens y otros, Elementos para una semiótica del texto artístico, Madrid, Cátedra, 1995.
5 Asociación Latinoamericana de Estudios del Discurso (ALED).
6 Véase el concepto de estructura profunda y de estructura superficial tanto en la lingüística chomskyana como en la semiótica greimasiana.
7 El funcionalismo en lingüística está muy difundido y hay una buena cantidad de obras que lo documentan.



PEREZ MARTINEZ, Herón. Hacia una semiótica de la comunicación. Comun. soc, Guadalajara, n. 9, jun. 2008 . Disponible en http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-252X2008000100003&lng=es&nrm=iso. accedido en 06 mayo 2011.



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