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jueves, 10 de febrero de 2011

El viejo en el jardín

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por Ana María Shua



Eran hermosos. Altos, dorados y brillantes. Hermosos. Todo era hermoso esa mañana: la casa grande, con pileta, recién pintada, dulcemente nueva, dulcemente suya, el verde violento del paso en el final de la primavera, el sol calentándole los huesos, la sonrisa metálica de la parrilla, las flores y las plantas del jardín (y tan caro costaba mantenerlo que, por momentos, esos pétalos rojos y violáceos le parecían de oro), el arco iris que se formaba al atravesar la luz los chorros del regador girando su mínima y fresca lluvia sobre el césped. La justa recompensa a una vida larga y laboriosa: productiva.

Todo era hermoso, pero nada tanto como sus nietos: altos, dorados y brillantes, sus cuerpos mojados reverberando al sol, zambulléndose y volviendo a salir de la pileta como delfines, como pájaros.

Martín y Osvaldo eran más altos que él: apenas. Patricia ya tenía cuerpo de mujer y la sentía incómoda, consciente de sus muslos, cuando intentaba sentarla en sus rodillas; no le gustaba que la besara en el cuello como cuando era chiquita. Hasta Silvana, la menor, había gritado esa mañana cuando su abuelo había abierto sin querer la puerta del dormitorio donde se estaba poniendo la malla.

Cerró la puerta enseguida, porque no quería molestarla, y la esperó en el pasillo para disculparse con una broma.

–Cuando un abuelo ve a una nieta desnuda por primera vez, se queda ciego para siempre. Pero la segunda vez se muere –le había dicho.

Y se quedó esperando la risa, que no vino, porque Silvana lo había mirado asustada por un momento, hasta que entendió de golpe y pudo entregarle una sonrisa un poco a la fuerza, avergonzada.

Pensó en Olga y a su lado vino ella, inmediatamente. Gorda, desaliñada, obediente, con un brillo de temor húmedo en los ojos deshilachados que alguna vez habrían sido azules, obediente. Si los viera: si pudiera verlos. La casa, el sol, los nietos, los hijos. Después le gritó que se fuera. Que lo dejara en paz. Pero Olga (obediente) no desaparecía con suficiente rapidez y para alejarse de ella quiso levantarse de la reposera. Sintió que le costaba desprenderse de su asiento, vencer la fuerza de gravedad que tiraba de sus viejos huesos hacia abajo, hacia la tierra. Estaba inmovilizado contra la lona que se adhería con fuerza a su piel, como un imán. Odió la artritis que le deformaba las rodillas, consiguió olvidarla, con un esfuerzo más se encontró de pie.

–¡Osvaldo! –grito, llamando a su nieto mayor–. ¡Osvaldo! Vení acá.

Osvaldo estaba nadando ferozmente de una punta a la otra de la pileta, practicando estilo mariposa, un estilo que a su abuelo siempre la había parecido ridículo y agotador. Soportaba mal la visión de ese cuerpo excesivamente joven saltando fuera del agua en un despliegue de energía que resultaba exhibicionista, casi obsceno: que le estaba vedado. En crawl y en pecho, en cambio, no habría hecho tan mal papel el abuelo, todavía hubiera podido perder dignamente una carrera.

Osvaldo salió del agua a su llamado, agitado por la violencia del ejercicio. El viejo miró sus dientes fuertes y blancos y comprobó una vez más, al verlo parado al lado de él, en el borde de la pileta, que su nieto le llevaba media cabeza. Lo admiró y lo envidió por eso. Me estoy achicando con los años, pensó. A su edad, pensó, sabiendo que era mentira, a su edad yo era tan alto como él.

–Vamos a ver si este viejo todavía tiene fuerza. –Y agarró la muñeca de Osvaldo intentando tomarlo por sorpresa para tirarlo otra vez al agua.

–Qué vas a tener fuerza, si sos un pobre viejito debilucho. –El momento de la sorpresa había pasado y el muchacho se afirmaba sobre sus pies, forcejeando a su vez.

Lucharon un instante con todas sus fuerzas. El abuelo confiaba todavía en el poder de sus manos, de sus brazos. Las piernas, en cambio, no le respondían bien, las malditas rodillas. Hizo un esfuerzo más, desesperado, y sintió que Osvaldo aflojaba su apretón, que se dejaba imperceptiblemente empujar, cayendo cortésmente al agua.

–¿Y? ¡Parece que todavía puede el pobre viejo! –le dijo alborozado cuando Osvaldo volvió a asomar su cabeza resoplando.

–¡Porque me agarraste distraído! –dijo el muchacho, y no era cierto, claro, los dos sabían que se había dejado caer. Pero el abuelo estaba contento de todos modos, contento de la forma en que su hija Marta había educado a sus nietos, en el amor y el respeto a los mayores: contento de haber podido aguantar durante diez intensos segundos esa fingida lucha, un hombre de setenta y un años contra un muchacho de dieciocho.

Un hombre, se dijo, ¡todavía un hombre!, no un pobre viejo. Nunca un pobre viejo, porque para eso estaba la empresa y el dinero, las múltiples formas de dinero: no era él de los que se juegan todo a las patas de un solo caballo. La empresa, entonces, pero también los lingotes en la caja del banco, y las colocaciones hipotecarias, las cuentas en el exterior, esa casa y las otras. Y por eso nunca sería un pobre viejo: un viejo maldito sí, un viejo hijo de puta, pero fuerte, con esa fuerza incomparable que sólo da el dinero y que seguiría sosteniéndolo erguido y desafiante mucho después que la de sus músculos lo hubiera abandonado, mientras lograra conservar un atisbo de lucidez. Pensó en un árbol, un árbol grande que podría ser viejo si no fuera por su savia siempre verde, siempre joven (él podría haber escrito libros si se hubiese dedicado a eso, pero un hombre tiene otras responsabilidades), la savia siempre verde de los dólares corriendo por sus ramas.

–No había papá, no conseguí. –Marta, gritándole desde el auto.

–¿No había qué?

–Carbón. En ningún lado.

–¿Fuiste a lo de don Fermín?

–Fui a todos lados, todo cerrado, ni una gota de carbón había.

–¿Le golpeaste la puerta a don Fermín?

Pero no se le había ocurrido, por supuesto, y esta carencia de recursos en situaciones nuevas era una parte de su típica ineficacia: Marta no sabía y no podía y no se le ocurría. Lo mejor que había sido capaz de conseguir en todos sus años era su marido, un hombre fuerte que la había llevado a remolque, gorda y grande, por la vida. Desde su muerte Marta flotaba a la deriva, una boya grande y redonda en medio del océano.

–Vamos, llevame al pueblo, vas a ver como yo consigo.

–¿Vas a ir así? ¿Descalzo y en malla? –preguntó ella, como si semejante osadía le produjera admiración y espanto.

–Claro, vamos de una vez, que está por llegar tu hermano y el asado va a estar listo para las mil y una.

Manejaba bien, sin embargo, inesperadamente, Martita: parecía revivir cuando sus manos se ponían en contacto con el volante. Tan parecida a Olga, tan obediente. Físicamente parecida, además, sobre todo desde que había engordado. La recordó despeinada y llorosa, buscando la forma de acercarse a él después de la muerte de su madre.

–Ahora somos dos, papá. Ahora nos quedamos los dos solitos y vamos a hacernos compañía –le había dicho, abrazándolo, incapaz de comprender la sensación de exaltación y desafío que se mezclaba en él con el horror y la pena.

Porque Olga había muerto y una pequeña pero nítida voz en su interior no dejaba de repetir por fin. Cuarenta y tantos años de casados. Abrazados al final, es cierto: abrazados como dos boxeadores que han empleado todos sus recursos a lo largo de la lucha y en el último round se enlazan, agotados, en un clinch interminable. Durante más de cuarenta años Olga lo había odiado y temido, durante más de cuarenta años él la había despreciado, durante más de cuarenta años se habían aburrido juntos. Y ahora que todo había terminado, Marta venía a él, a ofrecerle su compañía como si todo pudiera volver a empezar, el aburrimiento, el odio y el desprecio.

Había creído, entonces, que sería fácil rechazarla, separarse de ese abrazo húmedo que había devuelto sin calor. Pero a medida que pasaban los días, la exaltación y el desafío habían terminado por disolverse en una soledad ácida, constante, mientras el horror y la pena seguían allí, aferrados a su carne vieja. Era injusto: era injusto. Después de haberla sentido sobre él como una larga, irreversible invalidez que había arrastrado a lo largo de la vida sintiéndose, bajo su carga, la mitad de sí mismo, seguía haciéndole daño desde su muerte, pesando sobre él con su ausencia cotidiana, esa muerte monótona de la que nunca volvía para ver, por ejemplo, la casa nueva de fin de semana, recién pintada, a sus nietos altos, brillantes y hermosos nadando en la pileta.

Todas las mañanas volvía a despertarse sorprendido en la cama vacía y podía medir el diámetro y la negrura del pozo que Olga había dejado en su vida. Ese pozo que trataba de tapar (no era hombre de pocos recursos él, no de ésos que se sientan a llorar, lamerse las heridas) arrojándole las horas ocupadas en la empresa, los viajes, los proyectos, las comidas, el diario de la mañana y el de la tarde, los fines de semana con los hijos, los asados, los noticieros de televisión y algunas series, y el pozo se lo tragaba todo, el insondable pozo, el triste agujero. Y entonces, allí estaba su hija Marta, viuda también desde hacía tantos años y, naturalmente, se habían “hecho compañía”.

Claro que había carbón, hacía falta un poco de decisión y carácter, nada más, para encontrarlo. Cuando le golpearon la puerta, don Fermín los atendió con un mate en la mano y un humor pésimo. Tenía también carbón y les vendió una bolsa de tres kilos que el abuelo sopesó al tanteo y exigió después que le pesaran en la balanza de adentro. Los dos viejos se miraron fijo: se conocían, se odiaban y se respetaban desde hacía un par de años atrás, cuando empezó la construcción de la casa. Esta vez fue don Fermín el que aflojó primero: que se diese el gustazo, dijo, y fueron a pesar la bolsa, que tenía tres kilos y doscientos gramos de carbón. Los doscientos gramos iban de yapa, les dijo Fermín al despedirse, sonrisa socarrona.

–Tiene la balanza arreglada. Ahora vamos a la carnicería.

–Para qué, papá –suplicante, Marta, odiaba ir de compras con su padre–. Si ya compré ayer, hay de todo en la heladera.

Que le agradecía mucho, eso dijo el abuelo, que muchas gracias y se llevara esa carne de vuelta a su casa de Buenos Aires, era todo ternera, tierna, sí, a lo mejor tierna, pero sin gusto, novillo únicamente tenía que ser para el asado, en el peor de los casos vaquillona.

Discutió agriamente con el carnicero, que pretendía venderle unas tiras ya cortadas. Mucha grasa, más falda que otra cosa, discutió, mientras Marta, en la puerta de la carnicería, miraba hacia fuera avergonzada, como tratando de disimular o atenuar el vínculo que la unía para siempre a ese viejo exigente y desconfiado. Por fin consiguió la carne que deseaba, de animal grande, con poca grasa. Siempre había logrado conseguir lo que deseaba, lo que se proponía, así era él.

–Energía, voluntad y confianza –les dijo alegremente a Martín y a Patricia que lo ayudaban, de vuelta en la casa, a buscar ramitas secas para encender el fuego–. En esas tres palabritas está la clave del éxito. Así llegué yo, así pueden llegar ustedes: conseguir lo que se propongan, todo.

Pronto llegaría Jaime, su hijo tan como él, su hijo preferido, cuyas virtudes nunca había tenido inconvenientes en destacar delante de Marta, en una comparación constante que la empequeñecía, la encerraba en el cerco de su propia debilidad, acentuaba (peor para ella) su torpeza. Tan como él, su Jaime. Nunca habría cometido, por ejemplo, la torpeza de ofrecerse a “hacerle compañía” después de la muerte de Olga. (Tal vez por eso se veían ahora tan poco, tan poquito.)

–¿No comían carne en Europa, no abuelo? –preguntó Martín, mirando las tiras de asado al costado de la parrilla, los chorizos que el viejo pinchaba con un tenedor.

–¿Carne? ¡Claro que sí! Una vez por mes comíamos carne. Hígado una vez por semana.

Hacía muchas preguntas, Martín, últimamente, acerca de ese lugar mítico y misterioso donde el abuelo había nacido, una parcela de tierra que había pertenecido a Rusia, a Polonia y a Alemania y que el viejo llamaba así, Europa, como para oponerla a ese otro lugar al que llamaba América y que a sus nietos les costaba identificar con el país en el que vivían. Una América a la que ellos llamaban Argentina y que volvía a ser América en las raras ocasiones en que el abuelo hablaba de Europa. América, desde el abuelo, estaba habitada por los criollos, a los que llamaba también criollos nativos, personas irresponsables, abiertas, perezosas, despreciables, generosas y confiadas.

No le gustaba recordar, hablar de Europa: para qué. No entendía el interés de sus nietos en ciertas pequeñas circunstancias de su vida a las que nunca había dado importancia, como qué comía o a qué jugaba cuando era chico: prefería atenerse a conceptos más generales, ordenadores de su experiencia, como si los detalles de esos primeros años de su vida se hubieran borrado de su memoria, como si su vida hubiera empezado el día en que pisó la tierra de América, el día en que comenzó su (victoriosa) lucha.

Pero ésta era una oportunidad para hablar con sus nietos, pensó; Martín y Patricia parecían interesados, era la posibilidad de darles una pequeña lección, tratar de hacerles entender, medir, la altura de la plataforma desde la que ellos tenían (por ser sus nietos) el privilegio de lanzarse a la vida. Esparcía las brasas, entre tanto, improvisando un breve discurso. Desde abajo había empezado él, de la nada. Del frío y la miseria de Europa. Nada más que su cuerpo y su mente, su aguda inteligencia, se dijo, habían bajado del barco, un hombre solo frente al mundo, ¡un aventurero!, y el mundo había tenido que bajar la cabeza. Miró y disfrutó una vez más de la casa, la pileta, el jardín, la grasa de la carne chisporroteando ya sobre el fuego.

–Europa –empezó: sería breve–. Ustedes no pueden tener idea de lo que era Europa. ¿Saben lo que comíamos? Papas. Todos los días papas. Y los inviernos. Pero para un hombre como yo, un muchacho fuerte, con energía, voluntad y confianza, lo peor no era la pobreza. Lo peor era que no había posibilidades de progreso, ¿se dan cuenta? No había perspectivas, no había horizontes en Europa.

Acumuló las expresiones que aludían a un mismo significado, progreso, horizonte, perspectivas, en una complacida exhibición de su dominio de un idioma que más de cincuenta años después seguía siendo extranjero.

–¿Pero cómo era, abuelo? ¿Cómo era cuando tenías nuestra edad, en Europa? –volvió a preguntar ansiosamente Martín, decepcionado.

–Terrible: era terrible –el abuelo recalcó el adjetivo como si estuviesen contenidas, concentradas en él todas las desgracias que el fluir lineal de las palabras describiendo los hechos era incapaz de expresar–. Era la guerra. Estaban los nacionalistas polacos por un lado, por otro lado los alemanes, estaba el Ejército Rojo. Una vez, imagínense, me desmayé de hambre. Y una vez...

Y entonces llegó a él el recuerdo. Llegó de verdad, sobrevolando las palabras, irrumpiendo a través de las frases tantas veces repetidas que habían llegado a ser solamente memoria de otras frases, relatos de relatos.

Llegó el recuerdo y en el recuerdo era de noche, las seis apenas pero ya había oscurecido, era noche cerrada. Tenía diecisiete años, iba a caballo y respiraba con placer el aire helado y tenue del bosque. Había olores: el olor del caballo que montaba, el olor del fuego, el olor de los pinos. Los árboles parecían muy negros contra la nieve, a la luz de la luna, él montaba un caballo negro y no tenía nada, nada más que proyectos y deseos y no había viento. Todo estaba muy quieto, muy blanco, había nevado pero no nevaba ya, él montaba a caballo, el caballo era negro y se llamaba Negro y se alejaba del resplandor de la hoguera. Habían cantado alrededor del fuego y habían comido papas asadas al rescoldo y ahora se alejaba a caballo respirando ese aire delgado y frío que le enrojecía las mejillas y le comunicaba una sensación de asombrosa alegría. Echaba el aliento por la boca para verlo convertirse en vapor y salía vapor de los ollares del caballo. Habían comido también la cáscara de las papas, habían cantado alegremente canciones tristes, el caballo dejaba huellas negras en la nieve fresca y todo estaba por hacer. Tenía hambre todavía, en su casa lo esperaba su madre y sus hermanos y la sopa de remolacha con crema, dulce y caliente. Sentía la cabeza liviana y todo era posible. En otra casa del pueblo lo esperaba Olga, sus manos, sus ojos dulces y sumisos, obedientes. Olga, la muchacha más linda del pueblo, la que todos querían, la que solo lo esperaba a él. Tenía diecisiete años y se iría a América así, fuerte y liviano, y también en América Olga sería su mujer, para siempre suya. El caballo galopaba sobre la nieve, el aire frío y quieto golpeaba sobre su cara y el hombre viejo supo, de pronto, con dolor, que estaba recordando un día en el que había sido violentamente feliz y el dolor fue más intenso, se enroscó alrededor de su cuerpo apretándole el pecho y el vientre. El aire helado le hacía salir lágrimas de los ojos cuando el dolor se hizo tan fuerte que alcanzó a verlo, a verse, mientras galopaba dejando atrás el bosque y las hogueras pudo ver por un momento muy breve su propia cara llena de arrugas, lagrimeando, le costó reconocerse, usaba un pantalón muy corto, de colores brillantes, extraños, había sol y césped, los pelos del pecho desnudos ya eran blancos, el vientre desbordaba blandamente el pantalón, la piel le colgaba de los brazos, la cara arrugada era dura, insatisfecha, los ojos desteñidos, como velados, con el borde de los párpados rojizo. Para desprenderse de la sensación de horror y repugnancia se inclinó hacia delante, sobre el caballo, respiró su olor, le acarició el cuello sudado por la carrera, sudado a pesar del frío, se propuso olvidar para siempre esa imagen monstruosa, ese horrible recuerdo del futuro y lo logró durante muchos años, habría logrado olvidarlo para siempre si no hubiera regresado ahora en la memoria, envuelto en el olor del caballo y la silueta de los árboles, mientras daba vuelta demasiado pronto la carne sobre el fuego y lagrimeaba y sus nietos desviaban la mirada, asustados para no verlo llorar.

Entonces se volvió hacia ellos, altos, hermosos y brillantes, sus nietos como pájaros, como delfines, y los miró con odio y les habló suavemente, masticando las palabras, tratando de tragar el odio que sus palabras o su voz le desleían en la boca.

–Para qué –les dijo–. Para qué me van a hacer hablar de cosas tristes. Era terrible, en Europa: mejor olvidarse, ¿no?

Un rato después llegó Jaime con su mujer y comieron el asado, que estaba rico.



Diario Página12 10/2/2011.-



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