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jueves, 29 de septiembre de 2011

Ernest Hemiway - Adiós a las armas

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El 27/9/1929 se publicaba este libro , de el tenemos este fragmento




“En el tardío verano de aquel año vivíamos en una casa de una aldea que a través del río y la llanura miraba las montañas. En el lecho del río había piedrezuelas y peñascos, secos y blancos en el sol, y el agua era clara y corría rápida y azul por los canales. Pasaban tropas frente a la casa y a lo largo del camino, y el polvo que levantaban cubría las hojas de los árboles. Los troncos de los árboles también estaban polvorientos y las hojas cayeron temprano ese año y veíamos las tropas marchando por el camino y el polvo levantándose y las hojas agitadas por la brisa cayendo, y los soldados marchando, y después el camino blanco y desnudo, a excepción de las hojas.
La llanura estaba rica de cosechas; había muchas huertas de árboles frutales y más allá de la llanura las montañas eran pardas y desnudas. Había combates en las montañas y por las noches podíamos ver los fulgores de la artillería. En la oscuridad parecían relámpagos de verano, pero las noches eran frescas y no se experimentaba la sensación de una tormenta próxima.
Algunas veces en la oscuridad oíamos marchar las tropas bajo la ventana y los cañones que pasaban arrastrados por los tractores. Había mucho tránsito por la noche y numerosas mulas en los caminos con cajas de municiones a cada lado de sus monturas de carga y camiones grises que conducían hombres, y otros camiones con cargas cubiertas de lonas que avanzaban con más lentitud en el tránsito.
Había también grandes cureñas que pasaban de día, arrastradas por tractores, cubiertos los largos camiones con ramas verdes y otras llenas de hojas verdes y de parra tendidas sobre los tractores. Hacia el Norte podíamos mirar a través de un valle ver un bosque de nogales y detrás de él otra montaña de este lado del río.
Se combatía en esa montaña también, pero sin éxito, y en el otoño, cuando llegaron las lluvias, todas las hojas cayeron de los nogales y las ramas quedaron desnudas y los troncos ennegrecidos por la lluvia. Los viñedos estaban escuetos y sin ramas también, y toda la región húmeda y parda y muerta con el otoño. Había niebla sobre el río y nubes en la montaña, y la tropa estaba embarrada y húmeda bajo sus capotes; los fusiles estaban mojados y bajo los capotes las dos cartucheras de cuero delante de los cinturones, las cajas de cuero gris cargadas con las espoletas de los largos y finos cartuchos de 6,5 milímetros abultaban hacia delante bajo los capotes, de modo que los hombres, al marchar por el camino, pasaban como si estuviesen embarazados de seis meses.
Había pequeños automóviles grises que pasaban muy apresurados; casi siempre había un oficial sentado junto al conductor y otros oficiales en el asiento trasero. Hacían saltar más barro aún que los camiones, y de si uno de los oficiales del asiento trasero era de estatura muy reducida, sentado entre dos generales, tan pequeño que no alcanzaba a verse su rostro sino la parte superior de su gorra y su estrecha espalda, y el automóvil iba muy velozmente, era, probablemente, el Rey. Residía en Udine y pasaba casi diariamente por allí para ver cómo iban las cosas, y las cosas iban muy mal.
Al principio del invierno llegó la lluvia permanente, y con la lluvia llegó el cólera. Pero fue detenido, y al final sólo hizo siete mil víctimas en el ejército.



Fragmento de:


Adiós a las armas
Ernest Hemingway
Barcelona, Círculo de lectores, 1965


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