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lunes, 28 de mayo de 2012

Un mounstro de cien años

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 por Pía Chiesino



En el aniversario número cien de la muerte de Bram Stoker, autor de Drácula, Libro de Arena publicó un comentario sobre este afamado texto que tan de cerca trabaja el horror y la intimidad.



Leí varias veces el Drácula. La trabajé con alumnos, analizando los distintos géneros discursivos, vimos distintas versiones cinematográficas.. Mas allá de haber trabajado bastante con el texto, este momento de la novela siempre me inquieta…me da escalofríos cuando lo leo. Porque acá es donde empieza a caerse la máscara del Conde.

Harker ya sabe que está preso, sabe que Drácula utiliza sus ropas para salir a realizar quién sabe qué clase de actos monstruosos y que con eso lo incrimina.

De hecho, la mujer que le grita cuando lo ve en la ventana, es la madre de un niño que sirvió de “alimento” a las mujeres que viven en el castillo con él.

Pero más allá de lo desagradable que le resulta su presencia, o el saber que se trata de un criminal, a pesar de la sospecha de que incluso piensa matarlo a él, Jonathan Harker desconoce por completo la naturaleza sobrenatural del Conde. En este momento de la novela es cuando la relación de Drácula con la muerte se le hace evidente: por la tierra de cementerio removida, el olor nauseabundo, y el descubrimiento de que duerme en un féretro con los ojos abiertos, y con pocos elementos que nos revelen que está vivo.

Lo que siente Harker es, sencillamente, horror puro. Cuando, posteriormente, el Conde se refiera al viaje a Inglaterra que se supone les espera a ambos, lo que siente el personaje va más allá de la desconfianza: es la certeza de que el viaje va a hacerlo uno solo, y de que va a perder el amor de Mina frente a la seguridad casi absoluta de que va ser asesinado en Transilvania.

No deja de tener un costado conmovedor, de todas maneras, en el contexto de la novela, esa necesidad que tiene el Conde de atravesar los siglos, de vencer a la muerte. Mas allá de lo repugnante que pueda resultar el descubrimiento de los medios a los que apela para lograr ese fin que transgrede todo lo aceptable, la necesidad de Drácula no es la de dejar algo que nos lo recuerde. Necesita estar. En todas partes y para siempre. Estar.

Esa paradoja por la cual, el rechazo a la idea de morir se nutre de la muerte en sí misma, siempre consigue que el Conde creado por Stoker, tenga, a pesar de todo, un aspecto del cual podemos apiadarnos. En este momento en el que la máscara se cae, es cuando, finalmente y a su pesar, empieza el viaje de Drácula hacia su propia muerte.

24 de junio

“Había estado mirando por la ventana algo menos de media hora cuando vi que algo salía de la ventana del conde. Retrocedí, observé cuidadosamente y vi que salía todo su cuerpo. Fue una nueva sorpresa para mí descubrir que se había puesto el traje que yo llevaba en mi viaje hasta allí, y que de su sombrero colgaba la terrible bolsa que las mujeres se habían llevado. ¡No cabía ninguna dudaacerca de sus propósitos y además con mi vestimenta! De modo que esta es su nueva treta diabólica: dejar que los otros me vean (o crean que soy yo), así por un lado queda la evidencia de que he aparecido en los pueblos o aldeas echando mis propias cartas al correo y, por el otro, cualquier maldad que él pueda hacer, la gente del lugar me la atribuirá a mí.

Me enfurece pensar que esto siga mientras tanto yo siga aquí, como un verdadero prisionero, pero sin esa protección de la ley que es incluso el derecho y el consuelo de los criminales. (…)

Mientras estaba sentado escuché un ruido afuera, en el patio: el lacerante grito de una mujer. Corrí a la ventana y abriéndola de golpe espié entre los barrotes.

Ahí afuera había verdaderamente una mujer, con el pelo desgreñado, con las manos abrazadas sobre su corazón, como alguien sofocado por una corrida. Se reclinaba contra una esquina de la entrada. Cuando vio mi cara en la ventana se lanzó hacia delante y gritó con una voz grávida de amenazas.

-¡Monstruo, devuélveme a mi hijo!

Cayó de rodillas y alzando los brazos volvió a decir esas palabras en tonos que atormentaron mi corazón. Luego empezó a arrancarse el pelo y a golpearse el pecho, dejándose llevar por toda la violencia de la emoción desenfrenada. Finalmente se echó hacia adelante y, aunque yo no podía verla, podía escucharla golpear la puerta con sus manos desnudas.

En algún sitio, bastante por encima de mí, probablemente en la torre, escuché la voz del conde llamando en su susurro duro y metálico. Su llamado pareció ser respondido desde lejos y por todos lados por los aullidos de los lobos. Antes de que hubiese pasado mucho tiempo, una manada de ellos entró, como cuando un dique se desborda, a través de la amplia entrada del patio.

No hubo gritos de la mujer y los aullidos de lobos duraron poco. Al rato se fueron yendo de a uno, todavía relamiéndose los hocicos.

No sentí lástima por la mujer, porque sabía lo que le había sucedido a su hijo y era mejor que estuviese muerta. ¿Qué haré? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo escapar de este horripilante mundo de noche, lobreguez y miedo?

25 de junio

Hasta que no sufre los horrores de la noche nadie sabe qué dulce y agradable puede ser la mañana para su corazón y sus ojos. Cuando esta mañana el sol subió tan alto que alumbró la parte superior del gran portón que está frente s mi ventana, el alto punto iluminado fue para mí como si la paloma del arca hubiera traído la luz. Mi temor se evaporó como una vestimenta vaporosa a la que el calor disuelve.(…) Siempre ha sido de noche cuando he sido molestado o perturbado, o de algún modo puesto en peligro o atemorizado. Todavía no he visto al conde a la luz del día. ¿Será posible que duerma cuando los otros están despiertos y que esté despierto cuando todos duermen? ¡Si sólo pudiera llegar hasta su cuarto! Pero no hay camino posible. La puerta siempre está cerrada, no tengo forma de llegar a él.

Sí que hay un camino si uno se atreve a tomarlo. Por donde ha pasado su cuerpo, ¿por qué no puede pasar otro cuerpo? Yo mismo lo he visto arrastrarse desde su ventana. ¿Por qué no puedo hacer lo mismo y arrastrarme para entrar por se ventana? Es una opción desesperada, pero mi necesidad es más desesperante aún. (…) Descendí poniendo mucho cuidado en donde pisaba porque las escaleras eran oscuras, la única iluminación eran pequeñas aberturas en la pesada mampostería. Al final había un pasadizo oscuro semejante a un túnel , al final del cual se percibía un olor mortal y nauseabundo: el de la tierra vieja removida. A medida que avancé por el pasadizo, el olor se hizo más intenso y más cercano. Finalmente abrí una pequeña puerta que estaba entornada y me encontré en una vieja y arruinada capilla, que evidentemente había sido utilizada como cementerio. El techo estaba agrietado y en dos lugares se abrían escaleras que llevaban a bóvedas., pero el suelo había sido cavado recientemente y la tierra puesta en grandes cajas de madera, claramente las que habían traído los eslovacos (…)

Bajé incluso a las bóvedas, donde había una tenue luz, aunque hacerlo fue horroroso para mi alma. Fui a dos de estas pero no vi nada, sino fragmentos de viejos féretros y montones de polvo. Sin embargo, en la tercera hice un descubrimiento…

¡Allí, en una de las grandes cajas, de las que pude contar cincuenta, sobre un montón de tierra recién excavada, yacía el conde! Estaba muerto o dormido. No podía saberlo a ciencia cierta porque sus ojos estaban abiertos y fijos pero tenían la vidriosidad de la muerte y sus mejillas tenían el calor de la vida a pesar de su palidez, además sus labios estaban rojos como nunca. Pero no había ninguna señal de movimiento: ni pulso, ni respiración, ni el latido del corazón…”


Libro de papel, 20/4/2012 .-



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